Para fumar la pipa de la paz hay que llevar tabaco

Para contradecir a Puigdemont, que se fue a Harvard a pintar varios cuadros de España firmados por Caravaggio, Rajoy se presentó este martes en Barcelona ante los empresarios que suele frecuentar al norte del Ebro con un aguinaldo de 4.200 millones en obras hasta 2020, que por dinero esta vez no va a ser. Casi la mitad -1.882 millones- irían a la red de cercanías, en la que se pretende invertir 4.000 millones hasta 2025, a ver si de una vez por todas cientos de miles de catalanes dejan de acordarse de la madre de sus gestores cuando intentan llegar al trabajo. Un pico se destinaría a acabar el corredor ferroviario mediterráneo en 2020 y el resto se lo llevarían carreteras, como el cuarto cinturón de Barcelona y las conexiones con puertos y aeropuertos. En definitiva, un alicatado hasta el techo de la cocina y los cuartos de baño en gres de primera calidad.

Según explicó Rajoy a los allí reunidos, entre ellos algunos de los llamados a convertirse en los contratistas, todo ello será posible porque España –sí, lo habrían adivinado- es un gran país. Y ya puestos, les pidió ayuda para ganar la batalla al independentismo y facilitar el triunfo de la sensatez y la moderación. “Es tiempo de sellar grietas”, afirmó Rajoy, algo muy sensato ante el lamentable estado de algunas infraestructuras.

En otro tiempo no tan lejano las promesas del presidente habrían sido recibidas con alborozo, pero resulta que Rajoy tiene merecida fama de mal pagador y escaso crédito. El plan, que se supone ideado por Supersoraya tras varios meses de febril actividad en el país de los secesionistas, no deja a de ser un envoltorio de celofán de proyectos adjudicados, paralizados o simplemente olvidados.

No es anecdótico que el tramo catalán del corredor mediterráneo debiera haberse finalizado en 2015 o que la demora en la renovación de las cercanías acumulen un retraso de diez años. Los 1.000 millones de inversión anual que se prometen son similares a los 1.050 millones presupuestados en 2015, de los que se ejecutaron una mínima parte. Y algunas obras en carreteras ya fueron iniciadas en la etapa de José Blanco en Fomento, cuando comprobaba lo bien que sabía el Vega Sicilia que trasegaba por cortesía del grupo Monbús y de su presidente Raúl López, imputado pero generoso.

Está muy bien lo de pagar las facturas, aunque no parece que a estas alturas la cuestión territorial pueda abordarse a pico y pala porque el actual callejón sin salida no es un problema que pueda resolver Florentino Pérez, el ubicuo, con una tuneladora. Ni siquiera con la condonación parcial de la deuda catalana de 70.000 millones con el Fondo de Liquidez Autonómica, en la que supuestamente trabaja Hacienda como compensación al déficit fiscal no reconocido pero real que sufre Cataluña.

Es irónico que a las puertas del profetizado choque de trenes el único guiño del Gobierno sea mejorar la red ferroviaria, mientras se confía en que sean los tribunales y no el diálogo político los que desactiven un conflicto que culminará con el anunciado referéndum, con unas elecciones bastante más plebiscitaras que las anteriores y, previsiblemente, con un proceso de desobediencia civil difícilmente manejable.

La llamada ‘operación diálogo’ tiene mucho de lo primero y bastante poco de lo segundo, porque la premisa esencial del diálogo es tener algo que decir, salvo que lo que se pretenda sea inhabilitar a media clase política catalana y ganar el combate por incomparecencia, que es otra posibilidad. De Europa llegan lecciones para todos: la negociación de un segundo referéndum de independencia aprobada por el Parlamento escocés tendría que llamar la atención del Ejecutivo, enrocado en la ilegalidad de esta misma consulta en estas latitudes; y la propia finalidad del referéndum, esto es, evitar la salida de Escocia de la UE, debería ser un aldabonazo para la Generalitat, en la medida en que una hipotética independencia llevaría aparejada la inmediata exclusión de la pretendida república catalana de las instituciones europeas.

Caben reproches en ambas direcciones pero urge explorar vías de entendimiento que no sean férreas ni de tres carriles. Lo contrario equivale a prender fuego al polvorín y resignarse a que la deflagración no nos alcance. Como se ha dicho aquí alguna vez, para fumar la pipa de la paz hay que llevar tabaco.