El agujero negro de la monarquía

Además de con la Iglesia, que es un muro catedralicio, en España nos solemos topar con la monarquía, cuya opacidad es similar a la de los agujeros negros. Es un singularidad espacial, una curvatura espacio-tiempo que nos devuelve constantemente a la Edad Media desde el siglo XXI. Sobre el rey, la fortuna de la Casa Real, de sus cuentas en Suiza o los fondos en paraísos fiscales de sus miembros no se puede preguntar, o mejor dicho, se puede, como ha hecho IU, pero nadie contestará porque de los agujeros negros no escapa nada, ni siquiera la luz.

Los 1.000 días del reinado de Felipe VI, cumplidos este mes, han permitido renovar las glorificaciones sobre la Corona y la persona que la ciñe, de la que se destaca su modernidad, su rectitud y su prudencia. Según se nos ha dicho, el nuevo rey ha superado con nota el juicio de Noos y el bloqueo político, ha subido en las encuestas y ha normalizado la institución, que vuelve a servir a la Marca España y a la venta de corbetas a los amigos del Golfo.

La apertura de la Casa Real ha llegado a un punto en el que es posible conocer que Barak Obama regaló al jefe del Estado una cazadora, que el presidente de Colombia le obsequió con una vajilla y que Mohamed VI le entregó un portafolios, se supone que de piel de primera calidad. Los tiempos en los que llegaban a Zarzuela descapotables de alta gama hasta el punto de convertir la residencia en un concesionario ya han pasado, o eso se cuenta. El nuevo rey es como el agua, muy transparente y, en opinión, de algunos un poco insípido.

En lo que no ha habido cambios ni siquiera se esperan es en ese asunto de los dineros, que no admiten ni el control parlamentario ni el del Tribunal de Cuentas, cuyo presidente bastante tiene con emitir informes sobre el crowdfunding de Pedro Sánchez, algo para lo que, por cierto, carece de competencias, aunque no haya nada imposible para la gran coalición fiscalizadora. La Constitución consagra la igualdad de todos ante la ley menos la del monarca, que es inviolable, irresponsable y puede hacer de su capa un sayo o, si se pone exquisito, un terno de Armani.

El rey de España ya no pega tiros en Botsuana para alegría de los paquidermos pero sigue utilizando la asignación presupuestaria de su Casa como si se tratara de fondos reservados, por mucho informe de auditoria externa que se nos endilgue. Y a diferencia de otras casas reales, que dan cuenta pormenorizada de su patrimonio y de sus inversiones, las estimaciones sobre su fortuna sólo se pueden leer en Forbes.

Su consagrada inviolabilidad no sujeta a responsabilidad alguna significa que no puede ser enjuiciado ni en el supuesto de delito flagrante, por lo que hay que agradecer que entre las aficiones del jefe del Estado no esté cachondearse del Código Penal. El asunto tiene un lado positivo: el rey es la única persona que podría tuitear un chiste de Carrero Blanco sin exponerse a una condena judicial. Alguna ventaja tendría que tener el cargo.

Los intentos de devolver la monarquía a la era de los viajes espaciales y de la conquista de Marte pasa inexorablemente por abrir la institución al control de los ciudadanos. Y para ello no es preciso una reforma constitucional, que tampoco vendría mal, sino simple voluntad de someterse estrictamente a la Ley de Transparencia. La experiencia también ha demostrado las ventajas de prohibir a todos aquellos que se benefician directa o indirectamente de las asignaciones estatales la realización de negocios o la formalización de contratos con las Administraciones públicas.

La única pregunta que el Congreso ha admitido a IU ha sido la de si el Gobierno considera la posibilidad de convocar un referéndum para elegir entre monarquía y república. Va a ser que no.