La anatomía de Susana Díaz

De hacer caso a las crónicas, la anatomía política de Susana Díaz es bastante singular. La presidente andaluza tenía una mano derecha, Verónica Pérez, que venía a ser su miniyo, una mujer tan entregada a la causa del socialismo que ha hecho de ella su profesión. Sin llegar a cumplir los 40 años, Pérez consiguió escribir una de las páginas más gloriosas del partido al proclamarse como su ‘verúnica’ autoridad en la antesala del comité federal que dio matarile a Pedro Sánchez. Tras aquel episodio memorable cedió la extremidad a Mario Jiménez, portavoz de la Gestora, un tipo pragmático que pudo ser león en la sucesión de Griñán en Andalucía y no pasó de ser la cola del felino. Hoy es el ratón que tiene Susana, además de su diestra.

Como no todos pueden ser manos, porque la andaluza parecería un pulpo, a Miguel Ángel Heredia le asignaron dos sentidos claves: los ojos y oídos. El secretario general del grupo socialista en el Congreso es un diputado tan vocacional que lleva más de 20 años sentado en el escaño. Heredia, secretario general del PSOE de Málaga, es el paradigma de ese partido ganador que no deja de retroceder en apoyo ciudadano desde que él se presenta a las elecciones. Su penúltima contribución a la causa fue pasar lista a los militantes que pensaban acudir a un acto de Díaz a principios de marzo. Su interés, lógicamente, se centraba en los ausentes.

Impagable en su función visual y auditiva, Heredia ha dejado mucho que desear con el tacto, tal y como ha demostrado la grabación desvelada por el diario El Mundo de una reunión interna del pasado 20 de noviembre en la que el malagueño explica a una treintena de jóvenes socialistas su versión del golpe palaciego que acabó con Sánchez. Según relató, el depuesto había llegado a un acuerdo para ser presidente del Gobierno con el apoyo de los nacionalistas, algo que había que impedir a toda costa: “A mí me llama cuatro días antes Toxo y me dice que Tardà, el amigo de Rufián, que ya tenían el acuerdo cerrado, que lo había dado por hecho y por eso nosotros hacemos todo lo que hacemos aquella noche”.

Aquel día Heredia se vino arriba. El PP es el adversario pero Podemos es el enemigo, y a Pablo Iglesias hay que “dispararle” sin cesar porque es muy malo y nos odia. Al PSC habría que disolverlo, preferiblemente en ácido sulfúrico, y si queda sitio en la cubeta aprovechemos para dar un baño a Margarita Robles, que es una “hija de puta” que opina sin estar afiliada. No es ya que Heredia esté reñido con el tacto; es que carece de gusto y hasta de cerebro.

Pillado en un renuncio, Heredia ha corrido a pedir disculpas, que lo de dimitir está mal visto. Lo ha hecho con Margarita Robles, que las ha aceptado en nombre de su madre. No ha podido hacer lo mismo con Toxo, con el que jamás había hablado pese a esa supuesta llamada de advertencia del sindicalista, y que ya puestos le ha tildado de insidioso, torticero y mentiroso. Y se ha postrado arrepentido ante los autónomos, policías y guardias civiles, de los que había dicho que eran más de derechas que el grifo del agua fría.

A diferencia de lo ocurrido con algunos afiliados asturianos, expulsados del partido por acordarse en términos similares de la progenitora del presidente de la Gestora, no está previsto para Heredia ninguna medida disciplinaria. Un error lo puede cometer cualquiera. La vista y el oído de Susana Díaz se ha declarado víctima de un “calentón” por el clima que se vivió en el PSOE en el comité federal de 1 de octubre. Considerando que su charla tuvo lugar el 20 de noviembre, cincuenta días después, hay que suponer que este hombre es un volcán de erupciones imprevisibles.

Más allá de algunas falsedades, si algo pone en evidencia el sermón de la montaña de Heredia a los jóvenes malagueños es que hubo una conspiración contra el entonces secretario general del PSOE, al que se decidió liquidar por lo militar ya que por lo civil se resistía. Se creyó que el resto sería fácil pero a Susana Díaz también le falló el olfato.