El humilde perdonavidas

De Aznar sorprenden dos cosas que se mantienen invariables con el paso de los años. Una es ese pelazo suyo tan libre de canas, que hace sospechar que nuestro más afamado estadista le da al tinte una vez por semana. La otra es su radical falta de modestia y su incapacidad para la autocrítica. En una palabra, su infalibilidad. Hace años le preguntaron en televisión de quién era, a su entender, la culpa del bajo nivel de la política española. Su respuesta fue la mejor definición del personaje. La culpa era suya por haberse ido.

La noche de este miércoles volvía Aznar a la caja tonta en una de esas entrevistas masaje que tanto aprecia, con Bertín Osborne como fisioterapeuta. El perdonavidas no defraudó, aunque hay que reconocerle sus denodados esfuerzos para ocultar esa mohín suyo tan característico, ese cabreo permanente con la humanidad con el que suele dictar sus lecciones de geopolítica y de patriotismo. Esa fue la otra gran revelación de la noche: Aznar puede reírse en la intimidad, que no todo iba a ser recitar a Espriu.

El de FAES es muy cansino pero sería un error no desenmascarar sus apuntes hagiográficos con el que ha reescrito su pasado. Quien se describió como un votante de Suárez en los primeros pasos de la Transición era el mismo que en 1969, cierto es que con 16 años, se declaraba “falangista independiente” y proclamaba su pasión por José Antonio. O el que ya en 1979, ponía en solfa la Constitución y se declaraba alarmado porque se retirara a Franco del callejero en un intento de “borrar la historia”.

Borrar la historia, o pintarrajearla hasta hacerla irreconocible, es sostener que su Gobierno no mintió al atribuir a ETA los atentados del 11-M Borrar la historia es afirmar que España no envió soldados a Irak para participar en un conflicto basado en una mentira -la de las armas de destrucción masiva- que ha dejado decenas de miles de muertos y que es el origen de la actual pesadilla yihadista. Lo de hacer la guerra por su cuenta ha sido una costumbre muy presidencial. De la guerra sucia de González contra ETA pasamos a la guerra ilegal de Aznar. La que libra ahora Rajoy contra el déficit es muy dolorosa pero bastante menos repugnante. En algo hemos avanzado.

Pese a sus aires de superioridad, lo cierto es que Aznar inspira bastante lástima. Hace tiempo que el país, empezando por su partido, se hartó de sus sermones y de sus reprimendas. Escuchándole, es inexplicable que hayamos sobrevivido a sus ausencias. Gracias a él y a esa foto de las Azores de la que tan orgulloso se siente –yo por España, mato, vino a decir- derrotamos a ETA. Gracias a su ambición, España se sentó a la mesa de los grandes y no a la de los niños, aunque tuviera que rayar la coaba con sus zapatos. De no ser por él, que se enfrentó a nuestro derrotismo ancestral y salió victorioso, no se habrían creado seis millones de empleos ni hubiesen bajado los impuestos. Guiados por su infinita sabiduría alcanzamos las puertas de Arcadia, y si no llegamos a entrar fue porque es un señor de palabra y rechazó aspirar a un tercer mandato.

La represión que este hombre ha ejercido sobre su modestia debería ser perseguida judicialmente. Aznar se siente por encima del bien y, sobre todo, del mal. Viéndole en acción hasta Rajoy –“yo le traje desde Galicia a Madrid y le di responsabilidades”- resulta admirable por todo lo que ha tenido que aguantar. Su divorcio se veía venir después de tantos años de maltrato psicológico.

Entre tanto almíbar hubiera resultado contraproducente algún aderezo amargo. Hay temas que Aznar elude, especialmente si nadie le pregunta. Uno de ellos es la corrupción del PP, esa tragicomedia en la que los principales actores obtuvieron su papel cuando la omnipresencia del divino era absoluta. En su prado floreció ese gran corruptor de mayores que era Correa -que como organizador de bodas en El Escorial no tenía precio-, y hasta despuntaba el capullo de Jesús Sepúlveda, el del Jaguar de Ana Mato, que había sido su asesor en su etapa como presidente de Castilla y León.

Tan reveladora como la foto de las Azores melena al viento fue la de su antepenúltimo gobierno en las escalerillas de Moncloa. Doce años después, las tres cuartas partes de sus miembros estaban imputados, en la cárcel o habían sido identificados como receptores de sobresueldos. En la casa de Bertín no se habla de esas cosas. Sólo se juega al fútbol y se hacen ensaladas.