El síndrome de Diógenes

Del formidable despliegue gráfico y literario con el que medios de todos los colores han dado cuenta de la última dimisión de Esperanza Aguirre se ha podido inferir que abandonaba la partida una pieza fundamental del organigrama del PP, un sacrificio acorde al descomunal escándalo de corrupción desatado en Madrid. En realidad, quien decía asumir la responsabilidad política del saqueo era una simple concejal a quien el tiempo ha reducido a la insignificancia. Ayer renunciaba al acta municipal una caricatura.

Lo más destacado de la enésima marcha de la condesa de Bombay fue, si acaso, su segundo intento de envolver a Rajoy en la red de esa llamada responsabilidad in vigilando, según la cual es preceptivo que, ante el daño causado por un subordinado, el superior asuma la culpa por su dejación y falta de celo en el control de sus actividades. Por aplicación de ese mismo principio Rajoy debería estar ya cantando la palinodia a capella camino del Registro de la Propiedad de Santa Pola, una vez confirmado que lo que se creía un partido es en realidad una banda de carteristas que tenían en Génova su base de operaciones.

Con Ignacio González nadie en el PP puede llamarse a andana. Caninamente fiel a Esperanza Aguirre, el ‘Chino’ había meado en tantos árboles que era relativamente fácil seguirle la pista y delimitar su territorio. De sus gatuperios no sólo fue consciente la lideresa plañidera sino también el emperador del plasma, al que, por una vez, algo debía constarle cuando en un comité ejecutivo del partido, allá por 2008, le dijo que no pensaba aceptar lecciones de moral de quien no era precisamente un ejemplo.

Por aquel entonces era de conocimiento general que González, vicepresidente de Madrid, metía la mano en la caja del Canal de Isabel II, ya fuera para adjudicar a sus familiares por socio interpuesto la explotación de un campo de golf o para formalizar contratos de seguridad con el empresario con el que se iba a Sudáfrica de vacaciones. De su espionaje en Colombia, donde se le pudo ver en acción con unas bolsas muy sospechosas, cualquiera hubiera podido deducir que el sujeto en cuestión no era precisamente trigo limpio.

Con esos antecedentes, resulta increíble que, promovido por Aguirre, el reciente inquilino de Soto del Real llegase a contar con posibilidades reales de convertirse en presidente de Caja Madrid, aunque finalmente Rajoy impusiera a Rato, más experimentado en el arte del butrón. “¿Y con Ignacio que hago ahora?”, le preguntó la reina de las ranas. “Búscale alguna empresa de la Comunidad”, contestó Rajoy. Estábamos en 2010. El episodio ha sido relatado una y otra vez por la vigilanta con notable desparpajo.

Si Aguirre no podía alegar ignorancia en las tropelías de su mano derecha, Rajoy tampoco puede hacerlo sobre la financiación ilegal del PP, responsabilidad que no puede atomizarse por territorios y que está en el fondo de todos los pillajes que se han cometido con la cobertura de esa gaviota que, según su creador, era un charrán aunque nadie le haga caso.

La charca de la lideresa es un mero afluente de la ciénaga de Rajoy. Si ayer era el saqueo al Canal y las comisiones al PP de Madrid que acababan en el bolsillo de González y su prole, hoy son las imputaciones por tráfico de influencias al hermano de Montoro y a varios de sus colaboradores por la asesoría que fundara el ministro en 2006 para seguir viviendo de la ubre de lo público comme il faut. O la denuncia de la Fiscalía contra la delegada del Gobierno en Madrid, Concepción Dancausa, a la que se acusa de malversación por la adjudicación de unos terrenos en Mercamadrid en su etapa de concejala a las órdenes de Ana Botella.

Un país no puede consentir lo que no permitiría una simple comunidad de vecinos si uno de ellos se dedicara a acumular basura y la pestilencia envolviera el bloque. La inmundicia ya no puede esconderse. Rebosa por las ventanas y sólo vemos la que por la fuerza de la gravedad cae a las aceras. Lo que en su día fue el síndrome de la Moncloa se ha transformado en el de Diógenes. Rajoy lo sufre y tiene que irse por higiene.