Lo del PP es muy censurable

Tras analizar concienzudamente durante cinco o diez minutos el anuncio de Unidos Podemos de una moción de censura contra Rajoy, la alta politología ha considerado que la iniciativa es una charlotada, una irresponsabilidad y una trampa, al tiempo que ha extraído dos conclusiones: reforzará al PP al poner de manifiesto que no existe una mayoría alternativa –algo obvio cuando se llama a las puertas de Moncloa y Rajoy te abre en pijama- y trata de desgastar al PSOE, como si los socialistas no se bastaran a si mismos para ejecutar profesionalmente esa tarea.

Para sostener estos argumentos, se alude al supuesto método racional de hacer las cosas, que aquí se habría orillado, y que consiste en negociar primero los apoyos y el candidato con otras fuerzas si es que realmente se quiere que prospere. La elección del camino opuesto sólo puede indicar que estamos ante una maniobra propagandística que se descalifica por sí misma. Eso es lo que se cuenta.

Estos análisis tan sesudos ignoran que el principal propósito de una moción de censura no es ganarla, y la prueba es que sus precedentes en la reciente historia democrática se sabían condenados al fracaso. Felipe González no censuró a Suárez para arrebatarle la presidencia sino para convencer al país de que estaba preparado para gobernar, y lo consiguió. Lo mismo intentó Hernández Mancha con González, aunque en esa ocasión lo que demostró es que sería un error ponerle al frente de una comunidad de vecinos. Algo similar habría ocurrido si la amenaza de Rubalcaba de hacer lo propio con Rajoy en plena tormenta Bárcenas no hubiera pasado del amago.

El objetivo de la moción de Podemos no es, por tanto, obligar a Rajoy a hacer las maletas sino acreditar que si no las hace es porque la llamada oposición útil y la otra no están interesadas en el desahucio. Estratégicamente, la acción es impecable ya que sitúa a los de Pablo Iglesias como la única opción posible para salir del lodazal de corrupción en el que chapoteamos cada mañana ya desde el desayuno.

Existen suficientes razones para recurrir a este instrumento parlamentario. Una, ya mencionada, es la pestilente atmósfera de cloaca que se respira, que ni siquiera el espejismo del crecimiento económico logra disipar. No estamos ante una nueva oleada de viejos casos de corrupción que afloran gracias al concienzudo trabajo de jueces y policías sino ante la confirmación de que el sistema ampara a la mafia que acampa en torno al PP e intenta de ocultar sus saqueos bajo una alfombra cuyo perfil empieza a parecerse al Himalaya.

Otra es resaltar las contradicciones de una clase política que cree que seguimos en el tiempo de las grandes declaraciones de condena y que no se atreve a abrir las ventanas y arremangarse para limpiar esa porquería que lo cubre todo. La estabilidad del país no depende de la continuidad de un Ejecutivo bajo permanente sospecha sino de la certeza de que los servidores públicos no son colaboradores de unos bajos fondos que parecen haberse infiltrado hasta el tuétano de todas las instituciones.

El PSOE está horrorizado con este movimiento porque le resulta imposible borrar el pecado original de haber consentido con su abstención la continuidad de quienes son responsables del desvalijamiento y, en parte, de la grave crisis territorial a la que nos enfrentamos. Como lo está el PNV, que cada vez tiene más difícil justificar su apoyo a los Presupuestos y que ni siquiera subiendo el precio tendrá fácil vender a sus correligionarios el enjuague.

La moción debería permitir a Iglesias refundarse, exhibir una imagen distinta a la del tertuliano demagogo y populista, presentarse como una opción real y no como el maestro de ceremonias de un circo ambulante. La gente necesita ver a un presidenciable y no a un enajenado delegado de curso quiere asaltar los cielos sin tener los pies en la tierra. La nueva política no puede reducirse a llevar la camisa por fuera o a besar en la boca al pobre Xavier Domenech, harto ya de ser un chico fácil. Precisa de un líder que esgrima alternativas creíbles más allá de los diagnósticos fáciles y catastrofistas, sin salidas de tono ni mohínes infantiles. La esperanza ha de cargarse de argumentos y vestirse con razones, una indumentaria que no se vende en Alcampo.