Pablo Casado, la esperanza azul del PP

En busca de llenar con urgencia el hueco de Esperanza Aguirre, no fuera a ser que a la reina de las ranas le diera por escapar otra vez de la charca, muchos en el PP se han vuelto hacia Pablo Casado, al que se le viene mirando intermitentemente para rotos, descosidos e hilvanes de todo tipo. De Casado se dice que da muy bien en la tele pero donde mejor se mueve el vicesecretario de Comunicación no es ante las cámaras sino frente a sus jefes. Antes de que Rajoy lo fichara, fue becario de Aguirre y de Aznar, y siempre cobrando, para envidia de los fogoneros de los restaurantes con estrella michelín ahora tan de moda.

Casado es la demostración de que a la política no es necesario llegar sino estar, y que el requisito de la experiencia laboral está sobrevalorado. Salvando algunas distancias, el suyo es un caso muy similar al de Susana Díaz, cuyo currículo al margen de la vida partidaria es un folio en blanco con la marca de agua de un galgo. Aquella recomendación suya a Rita Barberá para que renunciara a la acta de senadora con el argumento de que había vida fuera de la política era sólo una intuición, algo que debía contarse en los bares de la calle Génova como verdad incuestionable, porque él nunca lo había experimentado.

Su hornada, que es la misma que la de Andrea Levy y Javier Maroto, quiere encarnar la regeneración del PP, un conjunto de dirigentes a los que la corrupción no ha salpicado por una mera cuestión biológica. La juventud es un grado y una vacuna. Y de ahí que Casado, con 36 años, empiece a figurar en todas las quinielas, ya sea para sustituir a Juan Vicente Herrera en Castilla y León o para encabezar la candidatura a la alcaldía de Madrid, que lo de menos es el lugar existiendo el GPS.

No es su único mérito. A Aguirre le gustó porque se declaraba ultraliberal y le hacía recaditos en Cuba sin causar desgracias personales, una prueba que no pudo pasar Carromero. Luego encandiló a Aznar, que le hizo diputado por Ávila y hasta le señaló como su recambio natural, no sin antes permitirle desde FAES bruñir su expediente con esos cursos en Georgetown, en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy o en el IESE, que tanto visten por estos lares. Finalmente, ha convencido a Rajoy de que el problema del PP no son los antecedentes penales de la organización sino su manera de comunicar, y el emperador del plasma se ha rendido a su telegenia.

Señalado como la esperanza azul de los populares para reconquistar la plaza de Madrid con las bendiciones de Cifuentes -ya sea por convencimiento propio o porque también en esto se hace la rubia-, Casado se ha apresurado a quitarse de en medio siguiendo la máxima de que quien se postula ni sale en la foto ni en los vídeos promocionales.

Es consciente de dos cosas: de que la decisión no es suya, y de que quien se presenta a alcalde puede acabar de simple concejal. En los dos años que restan para las elecciones siempre son posibles otras opciones, como la de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, a la que ni siquiera le haría falta comprar cupones en la rifa para que le toque el perro piloto.

Casado es cualquier cosa menos tonto o, si se prefiere, es más listo que el hambre. No tiene enemigos en el partido y sabe que le llegará la oportunidad, posiblemente cuando el PP deje el poder. No es que le sobren cualidades; lo que le sobra es tiempo.