Así llenó Franco su pirámide

La Historia es un cajón lleno de ironías y de sarcasmos. Este jueves ha de votarse en el Congreso una proposición no de ley para exhumar a Franco del Valle de los Caídos. Es una iniciativa que no se llevará a cabo aunque se apruebe porque de impedirlo ya se ocupará el PP, lo cual es un sarcasmo. Y es una ironía que el dictador de un país que sigue teniendo a miles de muertos en las cunetas fuera el primero en intentar exhumarlos, aunque su propósito sirviera para llenar esa pirámide suya, coronada por una gigantesca cruz, que nunca fue un símbolo de reconciliación y que nunca lo será mientras sus restos sigan bajo la losa de tonelada y medio de granito que los custodia.

Lo que Franco entendía por reconciliación se resume en este fragmento del discurso que pronunció el 1 de abril de 1959, fecha de la inauguración de la mastaba y vigésimo aniversario del final de la guerra civil: “Mucho fue lo que a España costó aquella gloriosa epopeya de nuestra liberación para que pueda ser olvidada; pero la lucha del bien con el mal no termina por grande que sea su victoria. Sería pueril creer que el diablo se someta; inventará nuevas tretas y disfraces, ya que su espíritu seguirá maquinando y tomará formas nuevas, de acuerdo con los tiempos. La antiEspaña fue vencida y derrotada, pero no está muerta”.

El Valle de los Caídos se había diseñado exclusivamente para los “mártires de la Cruzada”, un homenaje a “sus” muertos, que debían reposar allí junto a José Antonio Primo de Rivera y su propia momia cuando muriera en la cama y dejara un espantoso cadáver. La obra, levantada con la mano de obra esclava de miles de presos republicanos, fue tan faraónica como su coste, que se calculó en cerca de 2.500 millones de pesetas de la época.

Años antes de la inauguración se ordenó a los gobernadores civiles que recopilaran información sobre la localización de estos “héroes”, pero la resistencia de ayuntamientos y familiares convenció al entonces ministro de la Gobernación, Camilo Alonso Vega, de incluir en el lote a la antiEspaña, a los republicanos a los que se había dado el paseíllo y que yacían en fosas comunes o en las tapias de los cementerios, sin informar a sus familiares de las exhumaciones. El trajín de huesos continuó hasta 1981, año del último traslado desde el cementerio pacense de Torremejía. Se habían contabilizado hasta ese momento cerca de 27.000 remesas, 80.000 cadáveres en total, de los que 20.000 pertenecían al banco nacional y estaban perfectamente identificados y 60.000 al republicano, montones de huesos que se apilaron en cajas para llenar el siniestro columbario del Valle.

Sellado desde 1983, no fue hasta mayo del 2010 cuando se intentó auditar su estado y se comprobó que la tarea de identificación y devolución a sus familiares de los allí depositados sería una tarea ingente y costosísima ante el puzzle de huesos con el que se habían encontrado los expertos que accedieron a su interior en presencia del abad benedictino de la cosa.

La Ley de la Memoria Histórica fue un remedo de reparación que dejó sin anular las condenas del franquismo –se limitó a declararlas “ilegítimas”- y permitió al Estado heredero de aquel horror descargar la responsabilidad de localizar a sus víctimas en las familias o en las asociaciones que hoy siguen escarbando penosamente las cunetas. Esa misma ley es la que ha permitido al PP encogerse de hombros y negar fondos para esos trabajos, con el argumento de que el dinero público no debía emplearse en remover el pasado a pico y pala. Las autoridades se han pasado por el forro las reconvenciones de la ONU y del Consejo de Europa y no han perdido el sueño porque en el ranking de la indignidad España siga siendo el segundo país tras Camboya en número de desaparecidos.

Lo que sí establecía como objetivo era honrar y rehabilitar la memoria de los fallecidos de la Guerra Civil y de la represión política que la siguió, algo incompatible con la presencia en el mismo espacio físico de las víctimas y de su verdugo. La exhumación del dictador es un imperativo moral que no precisa de forenses. A diferencia de muchos miles, sus restos sí que están identificados con letras de bronce.