Banderas, a media asta

Como su propio nombre indica, un concurso de ideas tiene como objetivo iluminar a quien no tiene ni puñetera idea de lo que hay que hacer. En Málaga se había convocado uno para decidir qué destino dar a una de las manzanas de oro de la ciudad, enclavada en la Plaza de la Merced al lado de la casa natal de Picasso, que incumplía dos premisas fundamentales: no se buscaban ideas porque el alcalde ya tenía una fija en la cabeza, que era construir un gran contenedor cultural con teatro, cuya gestión iba a corresponder a Antonio Banderas, y, en consecuencia, no era necesario ningún concurso salvo para vestir a un santo que ya estaba hecho un brazo de mar.

Sobre la parcela se alzan hoy los esqueletos de los antiguos cines Astoria y Victoria, que cerraron en 2004. Ya en aquel momento, el Ayuntamiento manejaba el proyecto del teatro con Banderas al frente, pero los edificios fueron vendidos a una inmobiliaria que tenía otra idea también fija: construir viviendas de lujo. En 2010 el Consistorio se hizo con las ruinas a cambio de 21 millones de euros. Entre aquella fecha y la actualidad se había aprobado en 2015 una moción del PSOE para convocar un concurso de ideas y al año siguiente otra de Málaga para la Gente para celebrar una consulta ciudadana sobre los bosquejos. Ésta es a grandes rasgos la génesis del disparate.

Al concurso se presentaron 72 proyectos sometidos a un jurado del que formaba parte el propio alcalde, Francisco de la Torre, los miembros de la Gerencia Municipal de Urbanismo, y cuatro expertos, entre ellos varios arquitectos y el decano del Colegio de Economistas. Como no podía ser de otra forma, el ganador del concurso fue el del arquitecto José Seguí, amigo de Antonio Banderas, que incluía como socio para la gestión a la firma Starlite, vinculada promocionalmente también al actor. Lo planeado era un edificio de 9.000 metros cuadrados y seis alturas, pese a que el planeamiento sólo contemplaba tres más el bajo, de las que cuatro plantas tendrían un uso comercial. Paralelamente, se había celebrado la consulta ciudadana, que había relegado al segundo puesto al proyecto de Banderas y había optado por una Casa de la Música y centro de exposiciones.

Aquí empezó el lío. Como el concurso de ideas no era vinculante era necesario licitar la adjudicación y que los ganadores volvieran a presentarse. Y para que nadie más perdiera el tiempo, el alcalde adelantó en el pleno del pasado jueves que una de las condiciones sería contar con el respaldo de una figura de “proyección internacional” del estilo de Banderas o “equivalente”. Por si no había quedado claro aún, De la Torre insistió en que lo normal era que fueran Seguí y Banderas los que ganaran el nuevo concurso. Ante las acusaciones de dedazo por parte de la oposición, terció el concejal de Urbanismo, Francisco Pomares, con argumentos técnicos y de peso: Málaga debía sentirse agradecida de que Banderas regalara a la ciudad su idea y su sueño, y las críticas, fruto de la envidia, sólo pretendían maltratar al actor por haber tenido éxito en la vida.

Parece obvio que ni el alcalde había guardado las formas ni tampoco el actor, que días antes había cubierto de flores a esa “persona fundamental que es don Francisco de la Torre” al que, según dijo, no le debía ningún favor. ¿Debía considerarse favor que el Ayuntamiento hubiera defendido a capa y espada la legalidad de las obras de su ático pese a algunas protestas vecinales o que concediera gratis et amore una parcela de 750.000 euros para que la cofradía del hermano Antonio levante su nueva casa?

Ante el revuelo y las críticas, Banderas ha decidido hacer mutis y denunciar el trato humillante al que asegura haber sido sometido. Afirma en una carta pública, y no hay razones para dudar de su palabra, que nunca pasó por su cabeza que el proyecto fuera rentable para él, que no había venido a llevarse dinero sino a ponerlo, que se había comprometido a financiar con 250.000 euros anuales los presupuestos del teatro, y que estaba decidido a echar mano de sus contactos para poner a Málaga en la agenda cultural mundial.

Si se quería poner a Banderas al frente de un gran espacio cultural había maneras para hacerlo sin manchar su imagen ni comprometer su prestigio. Se podría haber definido el proyecto, al que se hubieran presentado distintos estudios de arquitectura, entre ellos el de Seguí, que no es un cualquiera sino un arquitecto de prestigio que ha puesto su firma en Málaga al Estadio de la Rosaleda, a la Ciudad de la Justicia o al Gran Hotel Miramar y que podría haberlo ganado sin formar parte de un pack. Paralelamente, se podría haber adjudicado la gestión cultural y lucrativa del espacio, en la que Banderas y Starlite hubieran tenido la mayoría de las papeletas para conseguir el primer premio de la rifa. En vez de eso se ha ejecutado una pantomima para abatir todos los pájaros de un solo tiro.

Ha hecho bien Banderas en poner tierra de por medio, aunque debería haberse apartado sin reproches, porque hasta él es criticable. El viejo cine Astoria seguirá mostrando por el momento su desnudez y su ruina. Málaga viste hoy el luto de su hijo predilecto. Banderas está muy dolido, a media asta.