Pedro Sánchez empieza a cagarla

A juicio de sus críticos, que son realmente infatigables, el nuevo-antiguo secretario general del PSOE ya ha empezado a cagarla sin ni siquiera haber consumado el matrimonio con el cargo, una ceremonia íntima que se celebró este domingo ante varios miles de invitados. Los resucitados, por lo visto, no tienen período de gracia, pese a que los chistes ya dan cuenta de que Lázaro, el primero en hacer pedorretas a la muerte, no se levantó y ‘andó’ sin más, sino que anduvo gilipollas un rato por eso del entumecimiento. A Sánchez han decidido marcarle al hombre y no por zonas para que sienta mucho aliento en la nuca, que es como sus adversarios quieren demostrarle que aún respiran tras el susto inicial por su regreso.

La primera crítica que se le ha lanzado es la falta de integración de su Ejecutiva, algo que no hubiera ocurrido con ‘Sultana’ Díaz, la costurera prodigiosa, una artista del corte y confección que a buen seguro habría zurcido el partido con puntos muy apretados para que no se le deshilachase el paño. Al parecer, Sánchez tendría que haber vuelto a tropezar en la misma piedra y haber dado entrada a quienes le condujeron al matadero, pelillos a la mar para todos y especialmente para Ximo Puig, que a un auténtico líder le pueden dejar como un colador sin que por ello tenga que coger aprensión a los puñales.

Aspirar a dirigir una organización sin temor a que te caiga un cubo de agua al abrir la puerta del despacho y sin encontrarte en la mesa muñecos de vudú claveteados de alfileres con tu cara no era tradición en el PSOE, como tampoco lo era que esos ganapanes a los que llama afiliados pudieran contrariar los deseos de la aristocracia del lugar y elegir directamente al secretario general en un ejercicio de populismo sin precedentes. De ahí que los Brutos y sus voceros hayan denunciado el cesarismo de Sánchez, lo cual no deja de tener una lógica implacable.

Ascendido a César pero vacunado de traidores, y culpable de recibir su legitimidad de quienes tontamente piensan que el partido es suyo por el mero hecho de pagar sus cuotas, Sánchez ha sido acusado de tacticismo, un pecado mortal para el gremio de los estrategas, a los que les ha sentado fatal que la mesa camilla en torno a la cual se sentaban para decidir lo mejor para la organización vaya a ser quemada por San Juan como un mueble viejo e inservible.

Tacticismo ha sido, al parecer, proclamar que el PSOE es la izquierda, como si hubiera necesidad de hacer glosa de la obvio en plan grandilocuente. ¿Acaso no eran de izquierdas los Gobiernos de Zapatero y Felipe González y sus respectivas políticas?, se han preguntado. No hay dudas de que González ha sido siempre la izquierda, aunque llegara a predicar su magisterio desde la cubierta de un yate mientras le ponían cremita en la espalda porque en el consejo de Gas Natural sólo hablaba de energía. Lo de Zapatero no estuvo tan claro en un principio y hasta él mismo se llegó a preguntar qué demonios era ser de izquierdas y terminó por contestarse que era no ser de derechas. Luego, cogió confianza y nos hizo un lío. Era de izquierdas bajar los impuestos y también subirlos, lo que nos llevó a pensar que era de izquierdas todo lo que saliera de su mente preclara, tal y como le espetó en su momento el ‘maldito’ Joaquín Leguina, hoy rehabilitado para la guardia de la noche.

Más tacticismo todavía ha sido imponer en el ideario del partido eso de la plurinacionalidad del Estado, ya sea porque representa un salto al vacío en un país cuya Constitución reconoce abiertamente la existencia de nacionalidades o porque se trata de una argucia para evitar definir a España como una nación de naciones, tal y como hizo en su momento el propio Felipe González, aunque fuera en un artículo de opinión firmado a medias con la difunta Carme Chacón y del que posiblemente no le pasaran las pruebas de imprenta. Quienes han combatido, combaten y combatirán sin tregua a este “insensato sin escrúpulos” son los mismos que en su día denunciaron que Chacón no podía aspirar a la secretaría general del PSOE porque se había rodeado de gente muy sospechosa, de traficantes de influencias, entre ellos su propio marido. Son los guardianes del tarro de las esencias.

Lo que debería haber hecho Sánchez, que ya que no se ha muerto tendría al menos que no hacer oídos sordos a quienes saben lo que le conviene al PSOE, es justamente lo contrario: dejar que los que han mangoneado a su antojo el partido sigan haciéndolo y tengan las manos libres para asestar otro golpe palaciego cuando les venga en gana, entregarse a un liberalismo inteligente y posibilista, que no va a ir uno en contra de los tiempos, alejarse de Podemos como de la peste y dejar la unidad de España en manos de Rajoy cuando se despierte. Este hombre es que no aprende ni resucitado.