¿Manspreading? Las bobadas triunfan

A diferencia de las mentiras, que tienen las patas muy cortas, las bobadas pueden recorrer grandes distancias, especialmente si se difunden en las redes sociales y suman miles de apoyos. Una de las últimas sandeces en hacerse viral ha sido la campaña #MadridSinManspreading, iniciada por un colectivo pretendidamente feminista llamado Mujeres en Lucha, en la que se denuncia la supuesta costumbre masculina de despatarrarse en los transportes públicos e invadir el asiento de al lado que, como no puede ser de otra manera, ocupa una mujer con las piernas muy juntas sufriendo no la mala educación del sujeto, sino la idea de jerarquía y territorialidad de todo su género. Por el ‘man’ inglés queda claro que la hipótesis de que sea una mujer la que se siente con las piernas a las diez y diez no se contempla, ni tampoco que sea otro hombre el que padezca las estrecheces o, ya por imposibilidad física, que sean dos ‘men’ los que dibujen una uve doble a cuatro patas.

Como el país debe de estar alcanzando ya la fase Jauja y no hay otras dificultades a las que hacer frente, el guante fue rápidamente recogido por el Ayuntamiento de Madrid, que para no ser menos que los de Tokio o Nueva York anunció rápidamente que llenaría los autobuses de la EMT de pegatinas antidespatarre, y ha sido objeto de una proposición en la Asamblea de Madrid, aprobada este jueves, en la que se insta al Gobierno regional ser sensible con el gran problema del siglo.

Los que siempre cruzan las piernas para no invadir Polonia y dan siempre los buenos días están muy a favor de estas llamadas al civismo, aunque de algunas conductas reprobables jamás se hagan pictogramas ni debatan de ellas los diputados y pacten transaccionales. No habría espacio para tanta pegatina. Imprescindibles serían las que instaran a ducharse a diario para evitar ese olor a chotuno que ofende a tantas pituitarias, a no sentarse en el suelo de los vagones del metro con absoluto despatarramiento, a no apoyar los pies en el asiento vacío de enfrente, a no poner el reguetón en el móvil a lo que da como en una discoteca y a no vomitar en los andenes ni miccionar en los pasillos, que el ácido úrico nunca fue bueno para los alicatados.

Erróneamente se pensó que muchas de esas notificaciones eran innecesarias porque se las creía interiorizadas por la inmensa mayoría, aunque siempre hubiera asilvestrados para las que no hay pegatinas que valgan. De ahí que en algún momento se eliminarán de los autobuses esos carteles en los que se prohibía escupir bajo amenaza de multa, y que siga sin advertirse por escrito de que no está bien hacer burla a los ancianos o quitar caramelos a los niños.

Sumarse a estas campañas absurdas viene muy bien a las administraciones porque aparentan mostrar sensibilidad mientras escurren el bulto de sus obligaciones. Quienes se aventuran en Madrid en algunas líneas de autobús o en el suburbano comprueban a diario que hay ganado que viaja más cómodo que las personas, que las frecuencias de paso son tercermundistas, que hay estaciones que apestan a cloaca y ascensores y escaleras mecánicas paradas durante semanas, que hay que rezar para que funcione el aire acondicionado y que llegar a tiempo al trabajo suele ser un reto marcado por el azar y la buena suerte.

Dejando de lado el asunto del transporte, es muy loable dar visibilidad a esos micromachismos que hacen que el camarero siempre ofrezca la cuenta a él y no a ella y que a las mujeres se les salude con dos besos y no con un apretón de manos. El riesgo es que se entienda que las causas de las mujeres se reducen a poner una ‘a’ al nombre de las profesiones y se banalice lo importante.

El feminismo no es una bandera que algunas mujeres sacan del cajón el 8 de marzo sino la aspiración de una sociedad que se rebela contra la desigualdad, que dota de medios suficientes a la lucha contra la violencia de género y sus asesinatos, que impide la discriminación salarial y laboral, que consagra la libertad sexual y combate la mutilación genital, que no impone la maternidad y que recupera la memoria de las grandes olvidadas de la historia. Hay que mirar a la luna y no al dedo o a unas piernas abiertas.