El cazador de elefantes también tiene su corazoncito

El entorno del padre del Rey se ha encargado de difundir a los cuatro vientos el disgusto de su emérita enormidad por no haber sido invitado a los actos del 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas tras la dictadura, que otra cosa no pero en esa película siempre se ha sentido más protagonista que Bogart en Casablanca. Zarzuela ha justificado su ausencia con un argumento de peso y de protocolo: no había dónde ponerle. Es el problema de tener un país con más reyes que una baraja de naipes.

El desplante ha pillado por sorpresa al tantas veces exaltado como piloto de la Transición, que si lo llega a saber ni se molesta en hacer hueco en su apretada agenda de jornadas de vela en Pontevedra y francachelas en el Caribe. No se habla de otra cosa en los bares, donde el asunto ha sido más comentado que un derbi. La opinión general es que no costaba nada hacerle un hueco, que por falta de canapés no iba a ser. El cazador de elefantes también tiene su corazoncito.

Las glorificaciones tienen el inconveniente de que sus protagonistas acaban asumiendo el personaje al estilo de Johnny Weissmuller, que tenía locos a los pacientes del psiquiátrico en el que acabó ingresado con sus gritos de Tarzán por los pasillos. Sin ánimo de ser desagradecidos, va siendo hora de decir que a nuestra campechana majestad no se le debe nada y que si algo se le debía se le ha pagado con creces e intereses de demora.

Tanto se ha alabado su papel en el tránsito del país a la democracia que se suele pasar por alto, no ya que fuera ungido por el dictador, sino que no tenía otra alternativa, salvo que se entendiera que en el último tercio del siglo XX aún era posible en Europa resucitar una monarquía absoluta, nombrar como valido a un conde duque y pasar los días esnifando rape y jugando a la gallinita ciega en los jardines de palacio.

Con el rey se ha sido tan generoso o tan hipócrita que se ha apuntado en el activo de su reinado su contribución al fracaso de la intentona golpista, cuando posiblemente la propició con sus conspiraciones de salón para hacer caer a Adolfo Suárez y sustituirlo por un gobierno de concentración. Alguna responsabilidad debía tener el jefe de las Fuerzas Armadas por no enterarse de lo que preparaba un sector del Ejército, que estaba convencido además de contar con sus bendiciones.

Protegido por un velo de impunidad que ha tardado en caer, a nuestro indignado faraón se le ha perdonado todo, desde sus correrías con coristas y corinnas a sus negocios privados, desde ausentarse del país sin dar cuenta de su paradero a crear conflictos diplomáticos mandando callar a presidentes de otros países. Su financiación ha sido tan parecida a la del PP que ha llevado al banquillo o a la cárcel a sus tesoreros oficiosos, desde Prado y Colón de Carvajal hasta Mario Conde, pasando por el inefable Javier de la Rosa. Es indudable que desde los tiempos de Estoril, cuando su familia vivía de la espléndida caridad de algunos monárquicos, el restaurado ha amasado un capitalito cuyo número exacto de ceros se desconoce.

Los favores continuaron tras la abdicación, situación a la que le condujo única y exclusivamente su mala cabeza y los furores propios de su apellido. Si accedió a ceder la corona no fue desde luego por desprendimiento ya que en su ánimo estaba ceñirla hasta el pudridero sino porque la situación se había tornado insostenible y peligraba el propio futuro de la institución, algunos de cuyos miembros se sentaban el banquillo por hacer lo que veían en casa. Aprisa y corriendo y aprovechando una ley orgánica en trámite sobre los permisos laborales de jueces y fiscales, se le blindó con un aforamiento insólito que le evitaba los lodos de sus viejos polvos, especialmente de unas demandas de paternidad que circulaban por los juzgados, y le despejaba el camino a nuevos desmelenes.

Aun así, no se entiende bien que haya sido excluido de la conmemoración de este miércoles si es que tanta ilusión le hacía, aunque sólo fuera porque su presencia en el Congreso nos salía más barata que ese programa del Imserso especialmente diseñado para la monarquía con el que ve pasar sus días de jubilado a todo trapo. Algo habrá tenido que ver en ello su hijo y rey. Cría cuervos.