Los pelotazos del tuercebotas

A diferencia del robo, que puede ser una actividad tan solitaria como el onanismo, la corrupción es un fenómeno más colectivo, como las orgías. Precisa al menos de la concurrencia del corruptor y el corrompido, aunque lo habitual es que cuente con un buen número de cómplices que hagan la vista gorda, ya sea por una de esas cegueras colectivas a lo Saramago o porque sus espectadores aspiran al usufructo de la rapiña o lo paladean golosamente. La corrupción es una cama redonda muy concurrida.

En la reciente historia de la corrupción en España, de tintes enciclopédicos, es muy habitual que la identificación judicial de los mangantes no suponga sorpresa alguna para el gran público y que la pregunta no sea cómo ha sido posible sino por qué se ha consentido durante tanto tiempo. Un caso paradigmático de ese todos lo sabían y nadie lo denunciaba es el de Ignacio González, del que sospechaba hasta Rajoy pese a que desde que se empadronó en Babia adquirió la facultad de no enterarse nunca de nada.

Con Ángel María Villar y su retoño Gorka ha vuelto a repetirse el suceso. No ha habido nadie en el virtuoso mundo del fútbol que haya manifestado perplejidad por la detención de la pareja y sus compinches, lo que permite pensar que sus andanzas eran de general conocimiento y contaban con la anuencia de quienes durante tres décadas, regados de favores y de dinero, le han mantenido en la presidencia del organismo.

Que Villar saqueaba el cortijo era una evidencia desde que en 2006 el Tribunal Cuentas fiscalizó las cuentas de la Federación de 2002 y 2003 y concluyó que no era posible determinar el destino de 23 millones de euros de subvenciones públicas, ya que ni siquiera la parte destinada a los clubes de las categorías inferiores contaban con el recibí de sus presuntos destinatarios. El único justificante era un papelito del propio Villar en el que certificaba que el dinero de las subvenciones había sido empleado correctamente.

Amparado en la impunidad y en una red clientelar sobre la que dejaba caer periódicamente el maná de su cielo, Villar, miembro de pleno derecho de ese club de cleptómanos que ha dirigido el fútbol mundial, ha mangoneado subvenciones y derechos de televisión. Gracias a estos contactos, su hijo -que el atraco une mucho a las familias-, pudo hacer lo mismo en Latinoamérica como alto dirigente de la Confederación Suramericana de Fútbol, hasta que se le fue la mano con la extorsión y las comisiones y tuvo que salir zumbando del avispero.

Si como jugador fue bastante tuercebotas, que es una palabra que, curiosamente, no figura en el diccionario, lo cierto es que como directivo los pelotazos de Villar han sido gloriosos. En ese hampa que es el negocio del fútbol, en el que se codean sinvergüenzas y constructores – a veces constructores muy sinvergüenzas- con rutilantes estrellas del balón que desde pequeños aprenden a regatear a Hacienda sin temor a que les piten fuera de juego, el sempiterno presidente de la Federación ha ejercido de sumo sacerdote. La mafia de las comisiones, los sobornos, los amaños de partidos y las apuestas trucadas tendrán que buscarse un nuevo capo que dé la talla.