El rey de los trabalenguas declara como testigo

Para normalizar algo tan anormal como que Rajoy vaya a convertirse este miércoles en el primer presidente obligado a testificar en un caso de corrupción, su legión de asesores se ha dado un largo paseo por la Wikipedia para identificar y trasladar a los medios de comunicación casos similares. Han hecho una lista que incluye a dos franceses –Jospin y Villepin-, a Michelle Bachelet y a David Cameron, aunque por más que han mirado no han podido establecer que ninguno de ellos mandara mensajes de apoyo a alguno de los acusados para pedirle que fuera fuerte y que resistiera como un campeón. De eso no hay precedentes.

Los asesores, según cuentan, están trabajando de lo lindo para preparar la declaración de Rajoy, algo en sí que ya es bastante preocupante. De hecho, resulta incomprensible. ¿Qué ha de preparar con tanto ahínco el presidente si como testigo está obligado a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? ¿Acaso la verdad admite recovecos o estrategias?

El caso es que el presidente está estudiando como un opositor el día antes del examen, incluidas las adjudicaciones en sus diferentes etapas como ministro, después de que sus consejeros áulicos le convencieran de que la inopia es nefasta para su imagen pública. De ahí que se haya resignado a abandonar su cómodo reino de Babia para alquilarse un apartamento en el centro de la realidad con todas las incomodidades imaginables. Como en el juego de ni bien ni mal ni sí ni no Rajoy tiene prohibido decir no me consta o no me acuerdo, bajo amenaza de pagar prenda y quedar expuesto a la desnudez de la pelota picada.

No será una tarea sencilla porque el del PP ha exhibido en los últimos años mucha ignorancia, como si su memoria hubiese sido golpeada con los mismos martillos que los discos duros de Bárcenas. Cuadrar esas oceánicas lagunas con un relato creíble que no contradiga su disposición a colaborar con la Justicia es un reto descomunal del que difícilmente se sale airoso. La envergadura de la misión le ha obligado a despejar su agenda y, posiblemente, a restringir las siestas. Con eso está todo dicho.

La primera dificultad es casi metafísica. Es posible sostener, como ha venido haciendo Rajoy durante años, que no conociera a Correa, pese a que Don Vito y sus empresas fueran los principales proveedores de servicios del partido en las campañas electores de Aznar que dirigió el hoy presidente. Correa vivía prácticamente en la sede de Génova pero no se puede pedir a Rajoy que se fijara en un tipo con gomina, siendo el fijador de cabello de uso tan extendido y común entre la dirigencia popular.

También se puede aceptar que fuera él quien ordenara dejar de contratarle tras descubrir que ese señor al que no conocía era un maleante que tenía en nómina a varios alcaldes del partido en cuyos municipios se hartaba de adjudicaciones. Pero lo que es casi imposible de justificar es la razón por la que en ese mismo momento no puso en conocimiento de la Justicia estos cohechos, no tomó medidas contra sus corrompidos ediles y permitió que Correa trasladara al PP de Valencia su cuartel general de operaciones.

Al rey de los trabalenguas se le pedirá que explique de quién recibió el soplo sobre los enjuagues de Correa. Si como se filtró en su día declara que fue de Álvaro Lapuerta -librado de la causa por una demencia sobrevenida que le impide ser consciente de los que le rodean, muy al estilo de Rajoy sin tener nada diagnosticado- habrá mandado al garete la estrategia de otros altos cargos del PP, consistente en arrojar mierda sobre el extesorero judicialmente inatacable. La maniobra trata de exculpar a su sucesor de patillas de bandolero, con el que parece haberse alcanzado un pacto de no agresión en directo y en diferido. Ahora bien, si Lapuerta era el cerebro al que en última instancia cabría atribuir hasta la muerte de Manolete, no resulta muy creíble que también fuera el denunciante de las corruptelas.

Igual de complicado será abordar el espinoso asunto de los sobresueldos, que no se juzga en la causa pero que son temporalmente coincidentes. Más de 30 apuntes en los papeles de Bárcenas reflejan supuestas entregas de dinero a Rajoy con carácter trimestral o semestral, presumiblemente procedentes de esa caja B cuya existencia niega el PP. Si los sobresueldos eran legales, se declaraban y constituían remuneraciones complementarias por razón del cargo, como ha llegado a afirmar el presidente, ¿qué sentido tendría incluirlos en una contabilidad paralela?

Para aliviar el mal trago, Rajoy contará con los capotazos del presidente del tribunal, Ángel Hurtado, quien tras fracasar en su intento de que no compareciera, se ha tomado el asunto como algo personal, pendiente como está de un merecido ascenso. Hurtado está decidido a dar la bienvenida al presidente a porta gayola e inmortalizar esa imagen tan apreciada de una Justicia lacaya y genuflexa. Ha dispuesto que se siente en un estrado a la misma altura que el tribunal, varios palmos por encima de los acusados, que no estamos tratando con un cualquiera. La igualdad ante la ley siempre fue matizable.