Alfonso Guerra ante el meteorito

Los dinosaurios son tan fascinantes que ya desde niños cada cual elige a su preferido y le declara tanta fidelidad como a un equipo de fútbol. Si uno es del T-Rex o del Triceratops lo será hasta la muerte, aunque el tiempo y los golpes desconchen la pintura de la resina. Del parque jurásico del PSOE el más atractivo de sus habitantes era, sin duda, Alfonso Guerra, un carnívoro condenadamente divertido, a ratos cómico y a veces malvado, al estilo del genial Vittorio Gassman por el que el sevillano siempre ha manifestado una rendida admiración.

El meteorito de la extinción le ha llegado a Guerra esta semana, en el que se ha hecho público que deja la presidencia de la Fundación Pablo Iglesias, su último amarre orgánico con el partido tras su renuncia al escaño de diputado en 2014 tras 37 años en el hemiciclo. Precedido de su apoyo a Susana Díaz en la sangrienta batalla de las primarias, el relevo de Guerra se ha calificado de purga, aunque el ofrecimiento de que siguiera vinculado a la Fundación desde una presidencia de honor, rechazado por el afectado, parece desmentir la pretendida cacería. A sus 77 años, cincuenta de ellos cotizados -como él mismo se encargó de recordar en su despedida del Congreso- Guerra ya ha dejado escritas por entregas sus memorias y tiene plaza en el mausoleo de hombres ilustres en un pedestal sufragado por los suyos y por los ajenos, que ahora reconocen sabiduría donde antes sólo veían un alambique de mala leche.

No está claro que Guerra se jubile del todo porque al socialismo rociero le hace faltan iconos y el gran comediante se resiste a que le bajen el telón. Así que no es descartable que tras los paseos de rigor, los reconocimientos a su papel decisivo en la reinstauración democrática y su consideración como pieza indiscutible del patrimonio nacional se le ofrezca un entretenimiento de más enjundia que la mera contemplación de obras, con el que muchos de su edad ven pasar las mañanas. Como él mismo ha reconocido, Guerra siempre tuvo facilidad para entrar en los conventos de clausura, por lo que su acceso a la secta andaluza no debería de plantearle mayores dificultades.

No deja de resultar irónico que el maestro del repliegue, el llamado a construir una alternativa ideológica al personalismo de Felipe González que se resignó a liderar una corriente cada vez más menguante y finalmente arrinconada, pueda añadir ahora a su biografía una última página de rebelde con causa por la supuesta deriva de su partido y sus discrepancias con ese modelo plurinacional que impulsa la nueva dirección.

Los que aún conservan la memoria recordarán que Guerra fue el presidente de aquella comisión parlamentaria de la que salió el Estatut antes de que el Constitucional lo cercenara, en cuyo preámbulo se decía textualmente aquello de que “el Parlamento de Cataluña, recogiendo el sentimiento y la voluntad de la ciudadanía de Cataluña, ha definido de forma ampliamente mayoritaria a Cataluña como nación”. Su papel no se limitó a ordenar los trabajos de la comisión. Fue el propio Guerra el que se encargó de convencer personalmente a algunos diputados guerristas, reacios a aceptar el texto, de votar a favor, tal y como sucedió finalmente. La plurinacionalidad no le era entonces tan aborrecible.

En sus enfrentamientos con Gonzalez, el otro gran dinosaurio, y quizás por su proclamada condición de hombre de partido, Guerra, o así lo relatan algunos de los admiradores que aún conserva, nunca se atrevió a dar un paso al frente y sostener un pulso. Prefirió ser un cobarde a un vencido. Lo que en ese momento hubiera sido una batalla histórica hoy no pasaría de escaramuza anecdótica.

A los que aún admiran la figura jurásica de Guerra les gustaría seguir fantaseando con sus hazañas, con sus soluciones al desempleo –jornada semanal de 4 días y 32 horas-, con sus latigazos al capitalismo y a la banca, y con su épica de ricos y pobres: “Que nadie tenga tanto para poner de rodillas a los otros y nadie tan poco como para verse obligado a arrodillarse”. La bandera del susanismo no le queda grande sino minúscula.