Que nos echen unos polvos

A la espera de los recortes anunciados para después del verano, en Francia ha sublevado mucho la revelación de que Macron se ha fundido en maquillaje en sus primeros 100 días en el cargo el sueldo anual de dos mileuristas. Que el presidente de la República se emperifolle por encima de sus posibilidades es, al parecer, costumbre entre los inquilinos del Eliseo. El acicalamiento de Sarkozy costaba 8.000 euros al mes, y eso sin incluir las alzas de sus zapatos. Hollande fue algo más austero -6.000 euros del ala cada día 30- aunque destinaba otros 10.000 euros mensuales a pagar a su peluquero personal. El de Trump debería enterarse de cómo está el mercado cuando renegocie el convenio.

En esto sí que nos diferenciamos de los franceses. Rajoy tiene un peluquero que le rinde visitas semanales a Moncloa con el tinte a punto pero de estipendios mucho más modestos. Y hasta lo tenía Puigdemont, pese a que hubiese sido una sorpresa que cobrara por sus servicios. De los maquilladores nada se sabe, y es muy posible que ni siquiera existan como tales, reservándose esta función a algún secretario pertrechado con una esponjita de Maybelline New York para salir del apuro.

La función de un buen maquillaje es ocultar las imperfecciones del rostro y resaltar los puntos fuertes, y quizás sea ésta una misión imposible para cualquier esteticista que se enfrente a nuestros dirigentes, que de cara van sobrados y suelen enseñar además una distinta en cada ocasión. Rajoy, por ejemplo, viene alternando la de póquer cuando habla de Cataluña y la de tonto cuando le toca referirse a la caja B del PP. El ya citado Puigdemont suele tener cara de Anna Gabriel o de Buenafuente y, a veces, de poema, sobre todo cuando descubre que sus socios republicanos se toman tan en serio el referéndum del 1-O que ya han empezado a preparar las próximas elecciones.

El propio jefe del Estado se dejó este sábado la de efigie de moneda de dos euros para ponerse la de circunstancias y aguantar el chaparrón independentista. A Iglesias se le ha visto con cara de selfie junto al embajador de Qatar y se le imagina la de malas pulgas por el lío que se ha montado en Podemos con el cambio de tapadillo de los estatutos del partido. El veleta de Rivera tiene toda una colección, entre ellas la de centrista. Ni siquiera Sánchez puede mantener siempre su cara de yerno perfecto. Este lunes habrá puesto la de santo cuando hablaba por teléfono con Rajoy para ponerse a su disposición por el desafío soberanista y el miércoles enseñará la de perro cuando le pida que dimita por la corrupción de Gürtel. Son tantos los semblantes y tantos los matices que ni el rey del contouring –ya saben, tonos claros para resaltar, oscuros para disimular y ambos muy difuminados- afrontaría el reto ante semejante transformismo.

El desapego de nuestra dirigencia por el look de pasarela es una bendición porque nos ahorra un dinero que bien puede malgastarse en alguna rotonda para un pueblo o en pagarle otro Castor a Florentino, que ya va tocando. En realidad, los necesitados de algo de maquillaje son esos ciudadanos a los que la crisis y su resaca de empleos de mierda no ha parado de golpearles hasta dejarles la cara como un mapa mundi.

Andamos con el rictus avinagrado de tanta jodienda. Nos han dolido los atentados de Cataluña y el penoso espectáculo que se ha dado en su repudio. Nos repatea que los problemas territoriales vayan camino de resolverse en una competición para ver quién la tiene más larga. Nos sigue amargando el paro y vomitaríamos con la corrupción si nos quedara algo en el estómago que echar por la boca. Este país se ha vuelto muy feo y precisa embellecerse mucho más que Macron, que ya llevaba la percha de casa. Necesitamos urgentemente maquillaje o que nos echen unos polvos, que en algunos casos viene a ser lo mismo.