Los bogavantes no son de derechas

A poco de confirmarse que, en contra de lo que se creía, los comunistas no tienen rabo ni se alimentan de niños aunque algunos estén para comérselos, la boda de Alberto Garzón ha abierto un nuevo debate más ideológico que físico sobre cómo debe ser y actuar un marxista como Dios manda. Al de IU le han breado por casarse, por llevar chaqué y encima algo ajustado, porque los invitados iban muy pijos y no en vaqueros, por el precio del cubierto, por las gambas de Huelva y el bogavante del menú, por contratar a una organizadora de eventos, porque les cantó Rozalén, por la suite con jacuzzi de la noche de autos y hasta por haber abierto el baile con un tango y no con un vals, que es lo que manda la tradición casamentera. ¿Qué clase de comunista es este chico?, se ha preguntado con mucha indignación.

Garzón ha atribuido las críticas a la “derecha cavernícola que sólo piensa en disparar al rojo” y ha precisado que lo que les molesta es que la gente de izquierda “pueda ser feliz y hacer vida normal”. Puede que tenga razón. De la lectura de algunas crónicas rosas y de muchos comentarios en las redes sociales sólo cabe concluir que un señor de izquierdas, anticapitalista para más inri, ha de limitarse en sus celebraciones familiares a la tortilla de patatas con sangría, no debe hacer dispendios para no empañar su discurso contra el hambre en el mundo y, preferiblemente, ha de ceder sus bienes a los necesitados o ejercer de Cofidis de los pobres a interés cero para financiar la lucha de clases.

Al asunto no habría que darle más importancia de no ser porque estamos ante un mensaje que tiene su público y cala entre quienes siguen pensando que para ser de izquierdas hay que parecerlo con una fisonomía muy particular, de la que son piezas inseparables las telarañas en la cuenta corriente y las alpargatas de esparto. Entre los que defienden esta tesis no sólo están los socialmente triunfantes sino también muchos desfavorecidos que tienden a establecer una relación inversamente proporcional entre el dinero y la conciencia social. El argumento sería impecable si la renta determinara la adscripción política, algo que las elecciones vienen a desmentir constantemente.

El error, claro, no se produciría si fuera fácil definir qué significa ser de izquierdas pero es que, a diferencia de lo que ocurre al otro lado, no basta con una militancia concreta ni con abrazar adicionalmente movimientos como el feminismo o el ecologismo, que son transversales y no exclusivos de un determinado ADN. En ocasiones, los compromisos personales que se exigen para demostrar palmariamente la condición de persona de izquierdas son tan numerosos y el listón tan elevado que produce auténtico vértigo alcanzar la altura exigida. Muchos no se conforman con delegados eficaces y reclaman sacerdotes de la cosa, vidas que sean ejemplares o que lo parezcan, mujeres del César.

Años atrás un diputado regional de IU, Luis Suárez, azote del tamayazo, recibió una tormenta de descalificaciones basadas en simples prejuicios. A Suárez no se le atribuyeron comportamientos deshonestos, ni derivas ideológicas. Su pecado consistió en declarar propiedades por valor de seis millones de euros, fruto de su trabajo como abogado, y mantener al tiempo la condición de miembro del Partido Comunista. Le llegaron a preguntar a Anguita si era compatible eso de ser de izquierdas y millonario. Su respuesta fue que, teóricamente, sí, pero que moralmente nadie se hacía millonario de manera decente y honrada. Algunos sectores de IU se rasgaron las vestiduras y Suárez tuvo que explicar su patrimonio en una presidencia federal de la coalición. Menos mal que Engels no era un muerto de hambre y que Marx no tuvo que demostrar su marxismo a pico y pala.

En el mundo de la izquierda reina la nostalgia. Por supuesto que sigue habiendo obreros por los que luchar pero no todos los colectivos susceptibles de ser defendidos llevan mono azul ni las caras tiznadas de carbón. Ni ellos ni sus representantes han de ser ascetas ni llevar su compromiso al absurdo. La izquierda se inventó para la gente normal que, al menos hoy en día, pide préstamos a los bancos para comprarse casa, va al Carrefour a por los packs de leche, no hace la revolución una vez al mes y hasta monta empresas y negocios. No merecen por ello ser acusados de complicidad con el capitalismo salvaje.

En realidad, la izquierda es un sentimiento personal, un reconocimiento profundo del derecho de los otros al trabajo, a la vivienda, a la educación y a la salud, a percibir salarios y pensiones dignas, a progresar socialmente y hasta a disfrutar de un viaje a las Seychelles si la economía lo permite. Garzón tiene derecho a casarse donde le dé la gana, a gastarse lo que ha ganado y a montarse, como hizo, en un toro mecánico si le apetece marearse con algo que no sea cava. No nos pongamos exquisitos ni pidamos perdón porque nos gusten los langostinos de Vinaroz. ¿Transformar el mundo? Se intenta pero no siempre se deja.