Los malditos equidistantes

La equidistancia ha empezado a estar muy mal vista en el conflicto catalán. Tan marcadas están las lindes que salirse de ellas aunque sea para oler las margaritas equivale a una traición. Se exige tomar partido apasionadamente y se castiga la indiferencia, el encogimiento de hombros y, sobre todo, la duda. Para los considerados afines, la templanza y el titubeo están proscritos.

A los equidistantes se les ve venir de lejos. Son los que proclaman que votar no puede ser antidemocrático, que no se puede obligar a nadie a mantener un matrimonio a la fuerza y que, al mismo tiempo, opinan que lo que pasó este miércoles en el Parlament fue una vergüenza, un espectáculo patético que viene a dar la razón a Marx cuando decía que la razón siempre ha existido pero no siempre en una forma razonable.

Este grupo de malditos cree que colocar la primera piedra de un sueño requiere grandeza y no mezquindad. Es una gente extravagante que cuando imagina el nacimiento de un río lo escucha canturrear montaña abajo, lo ve brincar sobre las piedras y no enfangado en un delta de sedimentos y residuos. Considera que nada sólido puede edificarse con pies de barro.

Un tibio puede juzgar inevitable sortear la ley del ‘enemigo’ pero no entiende que se burle la propia cuando la condición indispensable para alumbrar algo respetable empieza por el respeto a uno mismo. En su delirio puede llegar a pensar que el arma más letal contra la utopía no son los tanques, los tricornios o los juzgados sino la estrategia de los suyos, que ni siquiera es suicida porque tiende a guardar celosamente la ropa de los que se acercan a la piscina y hacen el ademán de zambullirse.

Tantas son las precauciones y cautelas que contempla, que el tibio termina por volverse escéptico y concluye que ha sido conducido hasta el precipicio por los que nunca tuvieron en la cabeza dar un paso al frente. Recela de las prisas porque hubo tiempo de sobra, desconfía de las improvisaciones, de los atajos y de los ardides. Sospecha de los miedos de quienes se declaran víctimas mientras organizan colectas para salvar su patrimonio, como si todo hubiese sido un gigantesco farol a punto de descubrirse en un final de partida en el que se exige levantar las cartas.

Este tipo de personas representa un peligro para cualquier causa porque no son manipulables ni aceptan de buen grado el pastoreo. Han llegado a odiar el maniqueísmo y se resisten a elegir entre el blanco y el negro porque mantienen los grises en su paleta de colores. Aprecian, en cambio, el surrealismo de una escena final gloriosa, aquella en la que se arrían de los escaños tres banderas españolas, un gesto por el que la diputada Martínez ya ha pasado a la historia.