El ventrílocuo de Pedro Sánchez

La ventriloquía consiste en hablar sin que se note o, más recientemente, en poner palabras en la boca de un muñeco que cobra así vida y personalidad ajena. Mucho antes de José Luis Moreno y de su cuervo, se practicó en Egipto y en la antigua Grecia, donde sus adeptos pasaban por adivinos o profetas de la barriga. En los tiempos actuales, hay quienes actúan en teatros con sus personajes y una élite que no sale de los despachos y cobra una pasta a los personajes de los partidos, en algunos casos justificadamente. Se hacen llamar comunicadores políticos, asesores de comunicación o spin doctors, si son muy pijos.

Iván Redondo pasa por ser de estos últimos y, según se ha sabido, ha encontrado libre la espalda de Pedro Sánchez, que lo ha contratado para que le mueva los labios y los hilos. El tal Redondo ha venido trabajando intensamente para el PP, donde se había especializado en rentabilizar lo peor de algunos de sus dirigentes sin que ellos mismos se enterasen: “Supo sacar lo mejor de mí” llegó a decir José Antonio Monago cuando se le preguntó por este asunto y ya era el hazmerreír en Extremadura. Desde allí, precisamente, han encontrado una explicación a su fichaje por parte del PSOE: “Ve venir a los tontos de lejos”.

El primero de los éxitos del asesor fue con Xavier García Albiol, entonces un simple concejal del PP en Badalona. Albiol ya apuntaba maneras en lo que al racismo se refiere, pero tras pasar por sus manos y por un vídeo en el que se equiparaba la inseguridad de la ciudad con la presencia de inmigrantes, se ha hecho un sitio en la posteridad como uno de los mayores xenófobos de este siglo en España.

Tras recalar en el País Vasco, hacer otro vídeo monísimo de Antonio Basagoiti de niño diciendo que quería ser lehendakari, y de realizar diversos trabajos para el PP nacional, que durante algún tiempo pagó su minutas, encontró a Monago, al que seguro que vio venir de lejos, le hizo desempolvar el uniforme de bombero para parecer más cercano y, según se cuenta, le transformó en un ‘barón rojo’ sin biplano, en uno de esos versos sueltos del partido que, según parece, es su especialidad.

Lo mejor que tiene ser asesor político es que uno puede atribuirse triunfos que se hubieran producido en cualquier otra circunstancia por efectos de la propia ley de la gravedad y sacudirse los fracasos, que son siempre responsabilidad del monigote. Monago pudo gobernar Extremadura gracias a la impredecible abstención de IU, Redondo se apuntó el tanto y se instaló en Extremadura tras entornar las puertas de su empresa y empezó a ponerle polos de Carolina Herrera a su cliente y a ejercer de virrey del territorio. Lo hizo primero sin cargo y con despacho oficial, a lo Juan Guerra pero con 6.000 euros al mes, y luego como consejero sin cartera porque alguien tenía que pagar la fiesta y los extremeños se ofrecieron voluntarios. El ala oeste de Redondo llegó a contar con un grupo de periodistas y asesores tan nutrido como indeterminado.

Desde ese puesto ejerció una dictadura muy singular por la que aún le maldicen en el PP de Extremadura mucho más que en el PSOE regional, que también. Nombraba y destituía a su antojo, chantajeaba a los medios e insultaba a alcaldes y diputados que no se atenían a sus guiones. Tras Redondo quedan las ‘monagadas’, esos esperpentos verbales y multimedia en los que alegremente participaba el presidente y, sobre todo, la gestión de una crisis, la de los viajes a costa del Senado del verso suelto para ver a su novia, con la que cavó su tumba política. “Ha sido un privilegio formar parte de este Centro de Alto Rendimiento en el que habíamos convertido, entre todos, no sólo el PP extremeño, sino también la Junta de Extremadura”, dijo Redondo en su despedida.

De nuevo en Madrid, el exconsejero de ocurrencias retomó su empresa y empezó sus colaboraciones en prensa y televisión como gurú. Fue en la campaña de las primarias, donde según se cuenta en el PSOE, trabó relación con Pedro Sánchez hasta convertirse en su primer y –dicen que único- asesor de comunicación, donde la tradición marca que no baje de los 100.000 euros al año. “No va a ocuparse de la imagen sino del análisis”, aseguran en Ferraz.

De su capacidad de análisis ha venido dando prueba en algunos de sus artículos, como los publicados en una sección llamada Moncloa Confidencial del diario El Mundo. Veamos algunos ejemplos: El 4 de diciembre de 2015 pasó el cepillo por el lomo a Albert Rivera, destacó que Ciudadanos estaba “deshuesando” al PSOE y lanzó su vaticinio: “Para ser primeros, primero hay que ser segundos. Y la realidad es que Albert Rivera, al igual que Pablo Iglesias, tendrán más campañas (para Pedro Sánchez y Rajoy serán previsiblemente las últimas)”. Primer acierto.

El 3 de febrero de 2016, con la investidura paralizada, Redondo vaticinó que Sánchez, al que había dado por muerto antes de las elecciones de diciembre, estaba a un paso de ser “presidente por bloqueo”. Y lo explicaba: “Es cierto que apunta a una presidencia de transición, acotada en el tiempo, no demasiado ambiciosa, con unos temas y un calendario específico que se deberá acordar (…) Si es elegido, lo que es muy probable, en la primera semana de marzo en segunda votación, su llegada a La Moncloa no será, por lo tanto, casual”.

El 6 de abril, previamente a la repetición de elecciones, desgranaba las ventajas para Podemos de su confluencia con IU: “Les sugerimos que anoten estas cifras: el PP difícilmente superará los 125 escaños, el PSOE los 90 y Ciudadanos los 40. Lo llamativo será que la unión de Podemos, las confluencias e IU estarán muy cerca de los 80 escaños”. Y continuaba: “Lo más relevante de esta estrategia electoral, aunque resulte de gran interés mediático, no es tanto el sorpasso en votos al PSOE que lograrían como el impacto en el tablero político. Lo decisivo políticamente es que estarían configurando a medio plazo, a través de una inteligente “guerra de movimientos”, un nuevo espacio político en España con más de 6 millones de votantes potenciales, capaz de alcanzar el 25% del voto, es decir, una alternativa política a tan sólo cinco puntos de disputar la victoria al Partido Popular”. Como se recordará, no hubo sorpasso, el PP se fue a los 137 escaños y Unidos Podemos y sus confluencias se estancaron en los cinco millones de votos.

Luego llegó la defenestración de Sánchez en el PSOE. El 1 de octubre del año pasado Redondo lanzaba su predicción: “¿De verdad creen que el PSOE se puede abstener en estas condiciones para que gobierne Rajoy? ¿Tendrían tiempo para rehacerse de cara a unas terceras elecciones? La respuesta a ambas cuestiones es no”. A renglón seguido, quizás escarmentado, se curaba en salud: “Pero será cuestión de semanas que obtengamos una respuesta afirmativa a una o a otra”. Así cualquiera. Queda claro que Sánchez no se ha buscado un profeta.

Antes de que la relación entre ambos se hiciera contractual, Redondo había bautizado al líder del PSOE como Cinderella Man, en alusión a la película que recrea la vida de James Braddock, el boxeador que contra todo pronóstico venció a Max Baer y se hizo con la corona de los pesos pesados. A Braddock le duró poco el cetro porque al poco tiempo Joe Louis le mando a la lona como a una marioneta. Si Sánchez gana alguna vez habrá que comprobar si lo hace con una mano metida en la espalda.