La selectividad catalana

El conflicto catalán nos está proporcionando un repaso impagable de cultura general, desde las reglas más generales de la matemática al derecho comparado. Quienes hayan seguido con atención los acontecimientos y están en edad de merecer tienen media selectividad aprobada, salvo que uno sea Fátima Báñez y no tenga muy claras nociones básicas de Barrio Sésamo como la de dentro y fuera. Pero vamos a ver, ministra, ¿cómo va a ser Catalunya a día de hoy una “tierra hermana” de España? ¿Acaso tiene un mal presentimiento con el referéndum?

Estamos aprendiendo de economía lo que no estaba en los escritos. Tenemos muy superado lo de las balanzas fiscales y la distribución del Fondo de Liquidez Autonómica, y manejamos ya con soltura los porcentajes de PIB que unos y otros perderían con la secesión y su impacto en los intercambios comerciales y en el rating de la deuda mientras nos adentramos en el inquietante fenómeno de la deslocalización y sus repercusiones en el empleo.

No es que tengamos memorizados varios artículos de la Constitución, distingamos con los ojos cerrados un Estado federal de otro confederal y podamos debatir a fondo sobre si la soberanía es divisible y del concepto de nación. Es que hemos averiguado que en Venecia no sólo hay canales sino también una comisión que se ocupa de las disputas constitucionales y nuestros nuevos conocimientos nos permiten hablar con propiedad en los bares del derecho de autodeterminación cuando no hay partidos de fútbol en la tele. Si el Código Penal ya lo teníamos muy trabajado gracias a las corruptelas del PP, ahora hemos interiorizado el acervo comunitario y los Tratados de la UE como si fueran de la familia.

En Historia hemos mejorado notablemente hasta convertirnos en especialistas del primer tercio del siglo XVIII. Si gracias a Gibraltar nos habíamos grabado a fuego el Tratado de Utrech, ahora somos capaces de recitar de corrido el testamento del hechizado Carlos II y los decretos borbónicos de nueva planta, enumerar los países de la Gran Alianza, describir los movimientos de tropas de los Habsburgo y citar de memoria a muchos de los combatientes del sitio de Barcelona, no sólo a Casanova, al que hay quien no le perdona su amnistía y que muriera de viejo bastantes años después. Por lo que respecta al siglo XX, nadie podría abordar mejor que nosotros la revolución de 1934, la ley de Contratos de Cultivos que prendió la mecha en Cataluña y la proclamación de Companys desde el balcón de la Generalitat del Estado Catalán de la República federal española hasta que llegó Batet y mando a parar.

Somos la Espasa Calpe con pantalones. Dominamos la demoscopia, aunque las últimas encuestas nos confundan más que a algunos la noche, la química, cuya ausencia en nuestros dirigentes políticos es algo más que evidente desde un lustro, y la aritmética, pese a que el recuento de manifestantes de la Diada haya sido una conga más que un simple baile de cifras. Hemos recibido incluso nociones de genealogía, porque ha habido quien se ha acordado no de la madre de Puigdemont, que quizás también, sino de su abuela, que al parecer era de La Carolina (Jaén) y eso debía de marcarle.

Estamos recibiendo finalmente lecciones para la vida diaria que algunos se resisten a aprender, especialmente que los problemas no han de dejarse pudrir al sol, y hasta de filosofía. No son necesarios unos muertos para alcanzar un mundo en el que no se mate, que decía Camus. Es lo único que no tenemos que olvidar pase lo que pase.