No estoy liado con Charlize Theron

No suele uno escribir en primera persona por eso del pudor y el respeto a los lectores, a los que les debe de traer al fresco las andanzas de este piernas y sus comentarios de barra de bar. En esta ocasión me veo en la obligación de contravenir mis principios y desmentir el rumor del que se han hecho eco los medios, alentado por insignes columnistas que hasta han rimado coplillas con el asunto. No, no mantengo a día de hoy ninguna relación sentimental con Charlize Theron, a la que tengo por otra parte en muy alta estima y goza de mi consideración más distinguida.

No me explico de dónde ha podido salir este bulo, aunque sé de buena tinta que Charlize me lee compulsivamente y puede que haya comentado en su círculo más próximo lo bien que junto las letras. Lo grave es que hayan querido pasar del dicho al lecho. Esto no ocurriría en ningún país serio, donde este tipo de chismes suelen ventilarse en las cloacas del periodismo, pero hace tiempo que éste en el que vivimos dejó de serlo. La consecuencia es que mi pretendido affaire con esta actriz de bandera es ahora mismo no sólo la comidilla de las redes sociales sino portada en muchas de las ediciones digitales de los medios más prestigiosos, que han tenido a bien hacerme compartir espacio con el referéndum catalán, la fusión de Bankia y Mare Nostrum y las maniobras militares rusas en la frontera con la UE.

En un tiempo no tan lejano, cuando la información no dependía de las búsquedas de Google, habría sido impensable que los medios de referencia se hicieran eco de la vida privada de los personajes de relevancia social –disculpen mi falta de modestia- y, de hecho, existía una norma no escrita, una especie de cordón sanitario, por el que todo lo que situara por debajo del ombligo quedaba automáticamente excluido del conocimiento público.

Es verdad que hubo excepciones, como cuando la prensa del corazón ilustró el romance del empresario Alberto Cortina con Marta Chávarri con una fotografía algo más que explícita, y hasta los diarios económicos bucearon en aquella falda. Había una buena razón: Cortina y su primo Alcocer impulsaban desde una sociedad instrumental la fusión del Banco Central con Banesto, pero la crisis matrimonial subsiguiente abortó la operación y tuvo múltiples consecuencias empresariales.

Después vinieron los líos del hoy Emérito, silenciados durante décadas, hasta que fue evidente que el jolgorio corría a cuenta del respetable y el despendole lo pagábamos a escote. En los corrillos de las redacciones circularon en esos años todo tipo de supuestas aventuras de políticos y empresarios que jamás se publicaron porque la prensa de entonces se ocupaba de noticias y no de chismes, y las braguetas ajenas, siempre que no interfirieran en los asuntos públicos, no eran de interés general. Ahora que se jodió el Perú nos ha tocado hacerle la competencia a Bustamante y a Paula Echevarría. En esas nos vemos.

Para escapar de esta espiral de insidias, he ideado una respuesta innovadora y multimedia con ayuda a mi anciana madre, a la que pienso poner detrás de un volante aunque no conduzca. En el coche grabaremos el vídeo del año, completamente improvisado. Le preguntaré si conoce a Charlize y me dirá que no. Yo le confesaré que tampoco pero que todo el mundo cree que tenemos un lío. Mi madre me contestará que el tiempo me dará la razón, pese a que maldiga que el rumor no sea cierto porque su niño está en edad de merecer y ella es un partidazo. Todo en menos de un minuto porque puede que los guardias civiles se hayan trasladado en masa a Cataluña pero el coche está a terceros y no es cuestión de tener un disgusto.

Después lo subiré a las redes y lo haré viral, para que todo el mundo sepa que el amorío que se me adjudica es un invento, que mi madre es un primor y que yo soy muy serio para entrar a esos trapos. Otra cosa no será pero clase es que me sobra.