La sopa de Ada Colau

Decían que era imposible sorber y soplar la sopa al mismo tiempo hasta que Ada Colau ha logrado demostrar justamente lo contrario con el referéndum del 1-O como fondo de pantalla. La alcaldesa va y viene, nada y guarda la ropa con una indefinición estratégica admirable. Con lo difícil que resulta ser “transversal” entre el sí y el no, entre el blanco y el negro, Colau está logrando mantener una ambigüedad de funambulista mientras se pasea a ambos lados del alambre. “Si una persona tan relevante como Ada Colau no sabe si a Catalunya le conviene separarse de España, entonces… ¿qué es lo que sabe?”, se preguntaba este domingo Miquel Iceta en la fiesta de la rosa del PSOE. Sabe más que Lepe.

Ante un órdago de mus no hay jugador que pueda negarse a enseñar sus cartas, pero con Colau se ha hecho una excepción. A todos les gustaría tenerla en su bando pero ninguno quiere que acabe en el contrario. Cuando Irene Montero se refirió al papel de los Mossos d’Esquadra en el conflicto y sentenció salomónicamente que debían cumplir a la vez con el Tribunal Constitucional y con el Parlament estaba pensando en la alcaldesa.

Colau ha sabido encontrar salidas a cada laberinto con el que se ha encontrado. Rebajó primero el huracán del referéndum a la categoría de movilización, que no deja de ser una tormenta tropical en la que sí podía mojarse el pelo. Controlada la climatología, preguntó a los suyos, que se dispusieron a bailar bajo la lluvia. Se negó luego a facilitar locales municipales para la consulta aunque poco después llegó a un acuerdo con Puigdemont para favorecerla sin que haya trascendido exactamente cómo. Ha dicho que votará pero no ha aclarado cuál será su voto. Nadie ha sido más elegante subiendo y bajando escaleras.

Lo cierto es que Colau es muy deseada. Para el independentismo es clave no ya porque incline la balanza a su favor sino porque puede aportar los noes que distinguirían un referéndum catalán de uno búlgaro. Para los constitucionalistas es esencial no empujar a los comunes al otro lado de la raya, por eso de mantener la idea de que la mayoría de la sociedad catalana quiere seguir siendo española. Desde ese promontorio, la alcaldesa se ha permitido incluso hacer de mediadora entre la Generalitat y el Gobierno, trasladando una confusa oferta de suspender la consulta a cambio de una negociación abierta sobre la soberanía.

Esta equidistancia asimétrica no hubiera sido posible sin las facilidades que unos y otros le han proporcionado. Sin el esperpéntico debate en el Parlament y sin la sobreactuación autoritaria de Moncloa y la Fiscalía requisando pasquines, registrando semanarios, prohibiendo actos públicos e imputando a centenares de alcaldes, la regidora barcelonesa no hubiera podido alzarse con el santo y la limosna. En su nuevo papel, Colau puede estar a favor y en contra con absoluta naturalidad, defender la desobediencia civil y respetar la obediencia institucional, porque la secesión ya no es el objeto de la disputa sino una pretendida defensa de derechos, desde la libertad de expresión al libre ejercicio del voto en democracia.

Tanta virtud ha hecho de la necesidad que, a partir del día 2 de octubre estará en condiciones inmejorables para afrontar las próximas elecciones -ya sean plebiscitarias o autonómicas-, sin haber traicionado a la causa independentista y sin haber roto amarras con la legalidad estatal. Si a resultas de su pericia acaba convirtiéndose en presidenta de la Generalitat habrá demostrado que el soplo y el sorbo no son incompatibles y habrá resuelto la cuadratura del círculo de la sopa de fideos.