La lista de Darwin

Cuenta la historia que, antes casarse con su prima Emma Wedgwood, Charles Darwin analizó fríamente la cuestión y elaboró una lista de pros y contras del matrimonio, bien es cierto que desde una óptica bastante machista. Entre las ventajas de pasar por el altar estaba la compañía, los hijos, asegurarse el cuidado de la casa y tener a alguien con quien jugar y amar, que siempre sería mejor que un perro como él mismo decía. La de no hacerlo incluían la libertad de ir donde uno quisiera, evitar las odiosas visitas a los parientes, tener tiempo para conversaciones con hombres inteligentes en el club y evitar, quizás, las peleas y la pérdida de tiempo. Seis meses después de estos apuntes, el naturalista se casaba con Emma y, si no felices, seguro que comieron perdices en sus más de 40 años de vida en común.

Se ignora, claro, si la buena de Emma, a la que todos describen como una mujer muy religiosa, hizo algo similar y concluyó que Darwin era un buen partido pese a lo insufrible que sería aguantar a un tipo que se pasaría todo el rato ante el microscopio y que metería en casa toda suerte de bichos para diseccionarlos. Con lista o sin ella, convino en la unión y, posiblemente, fuera quien se encargara de las perdices hasta su muerte.

En el contencioso catalán, con las partes unidas en forzoso matrimonio durante algunos siglos, cada una de ellas ha hecho su propio inventario, pero sólo con los inconvenientes de permanecer juntos en un caso, o de consentir que el oprimido se libere y queme el sostén en el otro. Sin ánimo equidistante y pese a que la prudencia no aconseja inmiscuirse en las riñas matrimoniales, pudiera resultar útil para los desavenidos elaborar otra columna con las razones del contrario, de manera que cada uno pueda ponerse en la piel del otro, avanzar en eso que se ha dado en llamar inteligencia emocional y alcanzar una solución razonable si es que aún se está a tiempo.

Recientemente, se ha conocido una de esas sentencias cuyo valor sería mayor si no hubiera estado inspirada por el acusado y su defensa. El Tribunal de Apelación de Bruselas suspendía la condena de seis meses de prisión a un exdiputado belga que había puesto en cuestión el holocausto judío a cambio de que durante los próximos cinco años visite campos de exterminio y relate las experiencias en su blog. El fallo parece calcado a los que acostumbra Emilio Calatayud, el juez que impone como castigo a los hackers dar clases de informática y a los conductores borrachos visitar centros de parapléjicos.

Puede que la empatía no sea la solución a un conflicto tan enquistado aunque al menos serviría para que, sea cual sea el resultado de la disputa política, el odio no termine por anidar en esos ciudadanos que se han ido acomodando en las trincheras de los dos bandos por la insensatez de unos gobernantes a los que convendría jubilar de inmediato. Sustraerse a la manipulación no es nada fácil a lomos de dos caballos desbocados.

Ponerse en la piel del otro es intentar comprender por qué muchos catalanes se sienten marginados por un Gobierno que ha usado el desprecio a sus reivindicaciones para conseguir votos en otros caladeros y sortear así el castigo electoral que merecían por su corrupción enfermiza. Pero también significa entender las razones de quienes ven en el derecho a decidir una excusa para que un territorio rico inicie su travesía en solitario sin el lastre de tener que compartir la cena con invitados indeseados.

O comprendemos más allá de lo que podemos responder o estaremos condenados a no entendernos, que es posiblemente lo que interesa a quienes de una forma u otra siempre sacan tajada del conflicto. Como a Calatayud no se le ocurra alguna sentencia de esas que obliga a los pirómanos a trabajar con los bomberos o a los ladrones de peluquerías hacer cursos de corte a navaja estaremos realmente jodidos.