Puigdemont hace un Rajoy

Cuando parecía que la secesión era imparable gracias a esa máquina de hacer independentistas que, según se cuenta, tiene Rajoy a pleno rendimiento en los sótanos de Moncloa, el president de la Generalitat demostró ayer que todo veneno tiene su antídoto y que lo del yin y el yang son algo más que una ocurrencia taoísta. Tras la entrevista a Puigdemont en Salvados, los catalanes ya saben lo que sienten muchos españoles viendo hacer el ridículo a su presidente. No nos unirá en amor pero en el espanto estamos muy hermanados, que diría Borges.

No se recordaba nada igual desde que Rajoy se sometía a una ordalía parecida en la radio y hubo que explicarle que los catalanes no perderían la nacionalidad española si llegaran a independizarse. La entrevista con Puigdemont se emitió anoche pero fue grabada el viernes, justo dos años después de que “¿y la europea?” se convirtiera en la pregunta que todo el mundo pronuncia alguna vez en su vida al sentirse perplejo y quedarse sin palabras. Quizás se tratara de un homenaje con el que celebrar el aniversario.

Quienes alabaron la valentía de Puigdemont a someterse al tercer grado de Jordi Évole mientras el presidente del Gobierno se ocultaba bajo las piedras -una postura a la que su columna se ha habituado por la fuerza de la costumbre- se quedaron cortos. La pretendida reencarnación de Companys sobrepasó la temeridad y se dio de bruces con la inconsciencia. Confirmó lo que ya se sospechaba, que es metafísicamente imposible que este hombre sea el timonel del movimiento, que ha de haber otra inteligencia –alguna- tras la seducción que la independencia o, al menos, el deseo de decidir su futuro en un referéndum despierta en millones de personas.

Tras escuchar a Puigdemont no quedó claro si bastará con que sólo vote él en la urna de su casa para que proclame la república catalana, aunque a cambio ofreció una lección magistral sobre a qué ley hay que acogerse en cada momento y cuál ha de respetarse, con especial mención a la que permite seguir subvencionando colegios privados que discriminan a sus alumnos por razón de sexo, que esa sí que es de obligado cumplimiento.

Así, para aprobar el referéndum, la ley a seguir es la catalana, que como ha sido elaborada por él mismo no fija la mayoría reforzada de dos tercios que se precisa, por ejemplo, para nombrar al consejo de TV3 o para modificar el Estatut. Para interpretar sus resultados, la española, que no establece un porcentaje mínimo de votos para darle validez. Y para todo lo demás, el derecho internacional, que es el que reconoce la autodeterminación de los pueblos, una causa de la que Puigdemont siempre ha hecho bandera.

O casi siempre. Porque la “europea” de Puigdemont fue reconocer que las dos propuestas que llegaron al Parlament sobre la autodeterminación del Kurdistán y del pueblo saharaui contaron con su voto en contra. ¿Cómo era aquello posible? Porque no estaban convocados, acertó a balbucear. Con gran clarividencia hubo quien en las redes sociales advirtió de que el despliegue marítimo-policial con el que el Ejecutivo quiere reprimir la legítima aspiración de los catalanes a votar el día 1 era innecesario. Habría bastado con enviar dos o tres periodistas al Palau de la Generalitat.

Quedaba alguna duda sobre si los trenes chocarían a la hora prevista pero ahora podemos darlo por hecho. Estos dos maquinistas nada tiene que envidiar a Buster Keaton o a Cantinflas. El desastre está asegurado pero de reír nos vamos a hartar.