El día después

Catalunya será independiente o no lo será pero lo que está claro es que ya nada volverá a ser como antes. El conflicto ha roto los precarios hilvanes de hace cuarenta años y deja a un país tan descosido que ni siquiera podríamos confiar los remiendos a una costurera prodigiosa como Susana Díaz, que ha colgado las agujas y ya sólo las usa para hacerle vudú a un muñeco muy guapo que tiene en la estantería. No hay compostura posible ni parche milagroso. El deshilachado traje nos quedaba estrecho y ha reventado.

El 1-O nos ha desnudado y trae bajo el brazo cambios que se hubieran creído impensables. Marhuenda, por ejemplo, ha sentido incluso la llamada de la fe musulmana por el apoyo de los curas catalanes al referéndum. Tiembla el Daesh ante la posibilidad de que empiece a participar en tertulias en Al Arabiya tras su despido de 13 TV, que es la herida que aún le escuece. A su cruzada para no marcar la X de la Iglesia católica en el IRPF se ha sumado el predicador Losantos que piensa que los obispos se aprestan a oficiar el funeral de España porque la dan por muerta. Frente a ellos se alza Puigdemont, que se está trabajando el martirio a conciencia y está pidiendo a gritos un lugar de privilegio en el santoral del independentismo.

Zarandeada hasta la religión, el cambio será sobre todo político porque es verdad que hay un muerto que es el Régimen del 78, al que se quiere velar en una comisión del Congreso impulsada por el PSOE. La Constitución era una anciana a la que hacía tiempo que no se veía por la calle y cuando los vecinos han llamado al timbre y han tirado la puerta abajo porque no contestaba se han encontrado con el pastel. Durante muchos años quienes estaban a su cuidado la mantuvieron viva artificialmente. Pensaron que sólo se alimentaba de unidades indisolubles y soberanías indivisibles y que se podía prescindir de su carta de derechos sin que se resintiera su corazón y nadie lo advirtiera. En realidad, estaba a estrenar y ha muerto por falta de uso.

Cambiará Catalunya y tendrá que hacerlo España, donde necesariamente habrá relevo de interlocutores porque la ficción no puede mantenerse indefinidamente ni la política se construye añadiendo ceros al cheque del PNV. La tempestad de este domingo barrerá a muchos, que por no creer no lo hacían ni en el cambio climático. Habrá facturas para quienes encendieron el ventilador del huracán y para los que se confiaron a la brigada Piolín para detenerlo. Sobre las ruinas, necesariamente, habrá que construir algo nuevo o acostumbrarse a los cascotes.

Para el día después nadie está preparado por completo. Ni el independentismo, que en algún momento dejará de jugar la carta del suicidio, ni los constitucionalistas, que se apresuran a abandonar el séquito de Juana la Loca cansados de cargar con un cadáver. Ni siquiera los transversales, los equidistantes o los ambiguos saben exactamente con qué se encontrarán.

Si alguien parece haber calculado los efectos de la catástrofe es Pedro Sánchez, que está muy cambiado desde su resurrección y parece guiarse por cierta racionalidad en el embravecido océano de sentimientos que ha desatado el temporal. Se ha movido con prudencia, ha estado al lado del Gobierno y enfrente, y ha evitado acomodarse en alguna de las trincheras en las que se le hacía sitio. Ha asumido, finalmente, que el gran problema de su partido no era el PSC sino la taifa andaluza, que incluso ahora sigue poniendo palos en las ruedas. Y ha levantado sin complejos la bandera del federalismo y la plurinacionalidad, que es uno de los posibles trajes que le sentarían bien al país, consciente de que, a diferencia del PP, el PSOE nunca podrá ganar las elecciones sin Catalunya.

Todo terremoto tiene sus réplicas y no son descartables nuevas sacudidas, declaración de independencia incluida. Cuando la tierra deje de temblar jubilaremos a los dinamiteros y serán imprescindibles arquitectos para levantar el nuevo edificio. Nos conformaríamos con algo moderno, funcional y respetuoso con ese medio ambiente que somos todos. Catalatravas, abstenerse.