Paisaje después de la batalla

No es verdad que los Estados tienen los gobernantes que se merecen. Ello significaría que algo terrible hemos debido de perpetrar, que nuestros pecados son atroces y que un demiurgo nos ha dejado a Rajoy envuelto en papel de regalo en plan justiciero. No puede serlo porque este país, con sus cosas, es un millón de veces mejor que quienes están al frente y nos avergüenzan.

Jamás olvidaremos la brutalidad que el incapaz que tenemos por presidente del Gobierno esparció ayer por Catalunya hasta convencernos de que el principal enemigo de la sacrosanta unidad de España no son las locuras de Puigdemont ni las ilegalidades del independentismo sino este madelman con barba y sus desmanes. Quienes aporrearon, pisaron y rompieron dedos, quienes se comportaron como salvajes a la vista del mundo entero no eran cuerpos policiales llamados a hacer cumplir la ley. Eran fuerzas de asalto desplegadas contra un ejército fuertemente armado de papeletas de voto impresas en casa. “Se ha evitado el referéndum (…) No han querido abandonar su empeño ilegal (…) Hemos hecho lo que teníamos que hacer”, proclamaba ya de noche el general de la Moncloa.

La violencia gratuita no era necesaria para asegurar la victoria porque el adversario se había rendido a primeras horas de la mañana. Desarticulada su logística, los convocantes de la consulta habían cambiado las reglas del juego minutos antes de que se estrenaran los tuppers de votación. Se decretaba un censo universal, con lo que se podría votar dónde se quisiera y cómo se quisiera, sin sobre, sin sistema informático, sin control. Si alguna vez aspiró a serlo, aquello ya no era un referéndum. ¿Qué necesidad había entonces de convertir una movilización festiva en un campo de batalla? ¿Era precisa tanta represión para precintar apenas un 15% de los centros de votación?

Gracias a la brigada Piolín, lo que estaba llamado a ser un fraude democrático que no hubiera merecido mayor atención pasó a ser portada de la prensa internacional. En su tremenda inconsciencia, Rajoy se proclamaba vencedor en la derrota. Los resultados ya no importaban a nadie y todas sus proclamas se volvían en su contra. No se iba a poder votar y se había votado; lo importante era el material electoral y más de 800 personas habían tenido que recibir atención médica; se iba a actuar con proporcionalidad y las imágenes ofrecían toda suerte de excesos. Lo que era un asunto interno español se había convertido ya en un problema europeo.

Sí, este es un país mejor que sus gobernantes. Los catalanes deberían también ser conscientes de ello. Ni el uso indigno de los escolares, convertidos en poco menos que escudos humanos para impedir el cierre de los colegios, ni lanzar a la población contra la policía cuando el clima de tensión y violencia auguraba alguna tragedia, fueron acciones edificantes.

El Govern ha sido una factoría de mentiras. Ni se votó con garantías ni el derecho a decidir pudo verse reflejado en la farsa de ayer, donde si se batió el récord mundial de democracia fue porque una sola persona pudo votar quince veces sin despeinarse. Aprovechar sus hipotéticos resultados para proclamar esta semana la república catalana, tal y como se pretende, en un disparate colosal con el que alimentar a esa bestia que despertaron y que, a diferencia de Rajoy, no se permite ni una siesta.

Del choque de trenes y sus locos maquinistas hemos pasado al callejón sin salida. Decía Julián Marías que lo que más le inquietaba de España era que todo el mundo se preguntaba qué iba a pasar en vez de qué vamos a hacer. Y lo que hay que hacer es echarles a todos sin perder un minuto.