El rey antidisturbios

Que el rey se dirigiera a los españoles en fechas nada entrañables y sin langostinos de por medio no presagiaba nada bueno, tal y como pudo confirmarse. Lo que hizo anoche nuestro preparado monarca fue pasarse varios pueblos de sus competencias y ordenar al Tribunal Constitucional y al Gobierno que actúen urgentemente en Catalunya, bien con inhabilitaciones en el caso del Tribunal, bien interviniendo la autonomía por medio del ya famoso artículo 155 de la Constitución o aplicando por decreto la ley de Seguridad Nacional, en lo que respecta al Gobierno. Sólo le faltó presentarse de uniforme en el salón de nuestras casas.

Eso sí, lo dijo a la monárquica manera, que es la que permite llamar cese temporal de convivencia a un divorcio: “Ante esta situación de extrema gravedad, que requiere el firme compromiso de todos con los intereses generales, es responsabilidad de los legítimos poderes del Estado asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones, la vigencia del Estado de Derecho y el autogobierno de Cataluña, basado en la Constitución y en su Estatuto de Autonomía”. O lo que es lo mismo y traducido al cristiano, leña al mono.

Si algo demuestra esta demanda es el propio fracaso de la institución, que ha sido incapaz de cumplir el precepto constitucional que le encomienda el artículo 56, y que no sólo consiste en ser el símbolo de la unidad de España y de su permanencia -como recalcó-, sino también arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones. Tanto el emérito, muy ocupado en cazar elefantes en Botsuana cuando se avistaba ya el conflicto hace cinco años, como su sucesor han hecho dejación de esta tarea.

Ya fuera por inspiración de un Ejecutivo inepto que usa al jefe del Estado para cargarse de razones, o cosecha propia del susodicho, el mensaje de ayer fue bastante indecoroso. Más grave aún que los reproches y las acusaciones de deslealtad a la Generalitat, que podían entenderse dentro del guión, fue la sensación de que estábamos ante un antidisturbios con corona. Ni una apelación al diálogo, ni una llamada a la negociación, ni una crítica a la violencia que ha escandalizado a Europa, ni un gesto hacia esa parte de Catalunya, independentista o insatisfecha, a la que nada se ofreció más allá del ‘esto son lentejas’.

La Casa Real tiene con Catalunya dos grandes problemas. Uno, obviamente, es el de la inquebrantable unidad de España, que son palabras mayores para su palaciego vigilante. El otro es que a los actores políticos les dé por negociar un nuevo encaje territorial y que, a mayores, el debate ponga en solfa el propio modelo de Estado. Y es que, puestos a encontrar para los catalanes una fórmula que les satisfaga, lo normal sería preguntar al conjunto de los españoles, catalanes incluidos, por la forma política del Estado y concederles el derecho a decidir si los estados federados o confederados de España han constituirse en república o deben seguir siendo monarquía para no hacerle la puñeta a los editores del Hola.

Abrir el melón constitucional o, para ser más exactos, alumbrar una nueva Constitución para este siglo que no sea una simple operación de cosmética avanzada es lo que tiene: se sabe cómo empieza pero se ignora cómo acaba. “Nosotros decidimos; si un día la Monarquía no sirve a los intereses de España, nosotros decidiremos nuestro modelo. Estoy abierto a ese debate”. Lo decía en 2015 Albert Rivera, ahí donde le ven.

Ello explicaría la beligerancia de su majestad, al que no le sirve convencer sino vencer. Un día aceptas la plurinacionalidad y al siguiente tienes que hacer las maletas y poner rumbo a Roma o a Estoril, con el agravante de que Villa Giralda hace tiempo que fue vendida a unos alemanes. No es sólo la patria común e indivisible de los españoles lo que está en juego.