Se busca mediador, preferiblemente con sotana

Tan mal se han puesto las cosas en el conflicto catalán y tan difícil encontrar una solución que evite que esto termine como el rosario de la aurora que se ha iniciado una alocada carrera por encontrar un mediador aceptado por Gobierno y Generalitat, y las miradas se han vuelto hacia la Iglesia Católica, por eso de que desde hace más de 2.000 años tiene la patente de los milagros. El primero en dar el paso ha sido Pablo Iglesias, que se había propuesto no hablar con Rajoy hasta que estuviera en la oposición pero que últimamente no para de llamarle. En su momento consiguió que le mandara policías a Zaragoza, que es la especialidad de la casa, pero con lo del mediador no ha tenido tanta suerte. El de Podemos hizo una gestión simultánea con Puigdemont, que, como lleva tiempo buscando un árbitro europeo y no ha encontrado todavía a nadie de la UE que quiera pitar ese partido, ha abrazado la propuesta con entusiasmo.

El Govern, según parece, vería bien la vía vaticana, y de ahí que el vicepresidente Junqueras, al que en su día le dio por estudiar en los archivos pontificios las relaciones entre España y la Santa Sede en la Guerra de Sucesión, se fuera a visitar este miércoles al arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, quien un día antes, del brazo de otro arzobispo, el de Madrid, Carlos Osoro, se había reunido con Rajoy.

Se hubieran podido atar cabos sobre una mediación en marcha de no ser porque la cita de Moncloa no era para buscar intercesiones eclesiásticas sino para amonestar a los prelados por la nota de la Conferencia Episcopal llamando al diálogo, por el pronunciamiento de 300 religiosos catalanes a favor del referéndum –que provocó una queja oficial al Vaticano- y por la denuncia del propio Omella de la violencia del Estado el 1-O, entre otros ‘agravios’. Y ya de paso para recordarles que siendo el PP el gran valedor del Concordato con la Santa Sede dejaran de tocar las narices o se prepararan para que el Gobierno les tocara el cepillo.

Aun así se ataron cabos y la idea de una mediación papal cobró fuerza después de que el presidente de la Conferencia Episcopal, Ricardo Blázquez, declarara en la Cope que sólo la palabra de Dios es eterna y que la Constitución puede cambiarse, sugiriendo que la Iglesia estaría dispuesta a facilitar el diálogo para solucionar el conflicto. El PDCat, lógicamente, apoyó la iniciativa y, nuevamente, Puigdemont mostró su disposición a aceptar un proceso de mediación en su alocución de anoche, descalificada minutos después por la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, que no iba a hacer un feo al rey después de su papelón justiciero del martes.

Lleve o no sotana, hay que reconocer que lo del mediador es la mejor idea que se ha tenido hasta el momento y han empezado a llover los candidatos, desde el Sindic de Greuges, que se ha ofrecido voluntario, hasta Zapatero, propuesto por Antonio García Ferreras quizás por el cansancio acumulado de tantas horas ante las cámaras de La Sexta. Desde los círculos más identificados con el independentismo se recogían nombres como el de Romano Prodi y David Cameron, a quienes la Generalitat podría haber tanteado para que aceptaran subir como árbitros al cuadrilátero y pararan la pelea antes de que los púgiles se hicieran más daño.

No parece en cualquier caso que lo del arbitraje vaya a fructificar, especialmente porque Rajoy entiende que sólo favorece a su adversario, que buscaría ganar tiempo mientras prosigue adelante con su hoja de ruta sin apearse del burro. Gracias a la estulticia del Gobierno, Puigdemont y los suyos van ganado por goleada la batalla de la imagen, aunque es muy probable que de consumarse este lunes la declaración de independencia en el Parlament la tortilla se dé la vuelta irremediablemente. Matemáticamente, las posibilidades de que algún actor de la comunidad internacional reconozca a la pretendida república catalana tienden a cero, lo que confirmaría la premonición del propio Artur Mas cuando afirmaba que las independencias son un desastre cuando no te reconoce ni Blas.

Eso es, precisamente, lo que espera el Ejecutivo, que se vería cargado de razones para aplicar el artículo 155 de la Constitución e intervenir la autonomía con el beneplácito de sus socios europeos. A partir de ese momento, si hay atrincheramiento en los despachos y decenas de miles de personas en las calles, se entraría en el terreno de lo impredecible. Sin mediador a la vista, sólo queda la opción del milagro. A ver si la Iglesia se estira un poco, que falta nos va a hacer.