El plan secreto

Dicen que la Guardia Civil ha encontrado en el registro del domicilio del secretario general de Vicepresidencia de la Generalitat, José Maria Jové, el plan secreto del independentismo para proclamar la República catalana, en el que estarían recogidos todos los escenarios posibles y la forma de actuar ante cada uno de ellos. Al documento se le ha dado mucho bombo cuando lo noticiable no es que el Govern disponga de un proyecto y lo ejecute sino que el Gobierno del Estado haya carecido de algo parecido en cinco años, más allá de esa ‘operación diálogo’ que consistía en habilitarle un despacho a Soraya Sáenz de Santamaría en Barcelona con vistas a L’Eixample.

Sólo la dejadez del Ejecutivo y la holgazanería de Rajoy, que debe de seguir pensando que las televisiones averiadas se arreglan solas o propinándoles golpes con un par de antidisturbios, explican gran parte de la situación actual que tiene fracturada a Catalunya y tensionada al resto de España, donde ya es visible el despertar de un nacionalismo muy peligroso, habitat ideal de una ultraderecha que ya campa en las calles de muchas ciudades.

Dicen también que ha faltado política y es verdad, aunque la carencia más notable ha sido la de políticos, una profesión con más intrusos que el periodismo. Su lugar ha sido ocupado por pelagatos, gente trajeada con querencia a los atriles y los micrófonos incapaces de aportar una idea propia más allá del argumentario de sus partidos. Estos loritos han hecho mucho daño cuando, en ocasiones, repetían por error lo que escuchaban en casa y montaban carajales importantes, tal es el caso de Pablo Casado y su reciente evocación de Companys para amenazar a Puigdemont parece que con la cárcel y a mayores con el paredón.

Estamos rodeados de Casados y echamos en falta más Borrelles, con los que se podrá coincidir o no pero a los que hay que reconocerles un relato propio que engrandece a la política y la vacuna de ser la Arcadia de los charlatanes y los vendedores de mantas. A los partidos siempre les resultaron incomodísimos porque tenían criterio propio y les buscaron las vueltas para expulsarles, mantenerles alejados o segarles la hierba bajo los pies cuando amenazaban con dar un paso al frente y tomar las riendas de sus organizaciones.

La política española de los últimos años se ha llenado de arribistas y de funcionarios –en el sentido burocrático del término-, cuando no de ladrones. Éstos últimos han hecho fortuna en todos los sentidos. Con permiso de los veganos –que a esto hemos llegado en lo del lenguaje ‘políticamente’ correcto- nos acostumbramos hasta tal punto a las hamburguesas que sólo en momentos como éste añoramos los solomillos de ternera. Con políticos de verdad, capaces de levantar la mirada más allá de la siguiente rueda de prensa, lo suficientemente leídos para conocer la historia del país y con un proyecto de futuro bajo el brazo no habría sido posible el actual enquistamiento del conflicto catalán y la espiral de odio que se está creando alrededor.

A estas alturas, puede que la mediocridad que habita en La Moncloa consiga mantener la integridad territorial y retener a Catalunya como cuerpo cierto del Estado pero habrá perdido su alma, que es lo que más costará recuperar si es que alguna vez se consigue. Culparán de sediciosos a quienes tenían un plan para construir un país, con cuyos métodos y hasta con su esencia se puede estar en profundo desacuerdo, aunque una traición no menor resida en quienes han jugado a la gallinita ciega durante años y, aun ahora, cuando la venda ha caído al suelo, siguen sin ver más allá de sus narices.