La puntita nada más

¡Ah Bartleby! ¡Ah humanidad! El president de la Generalitat consumó ayer el más grandioso homenaje jamás dispensado a esa figura “pálidamente pulcra, lamentablemente decorosa, incurablemente desamparada” que Melville ofreciera al mundo. Llamado a proclamar la república de Catalunya y consagrarse como mártir del independentismo, Puigdemont se transformó en ese escribiente inmortal de lánguida altanería que, interpelado por la historia, sólo acertó a pronunciar en algo más de tres palabras su frase más célebre: preferiría no hacerlo.

Eso fue exactamente lo que hizo Puigdemont ante el desconcierto general, empezando por el de sus socios de la CUP, que una hora antes del pleno del Parlament se encontraron con la tostada, con el Diego en vez del digo, con la puntita nada más en vez de con la consumación plena de la autodeterminación, con la traición y la desvergüenza, en palabras de Arran, su organización juvenil.

Parece claro que el molt honorable no declaró la independencia porque ni el Gobierno consideró que tal proclamación se hubiera efectuado. Aunque lo pareciera, tampoco pudo suspenderla ya que, como apuntó el socialista Iceta que últimamente está sembrado, no se puede suspender un acuerdo que no se ha adoptado. Es más, ni siquiera en el caso de que Puigdemont hubiese pronunciado las palabras mágicas habrían tenido trascendencia jurídica de acuerdo a la legalidad catalana, ya que la propia ley del referéndum hace residir en el Parlament y no en el president esa declaración formal, previa proclamación de los resultados por parte de una sindicatura electoral que no existía. No hubo declaración del Parlament pero también es verdad que, vulnerada la Constitución, el Estatut y el reglamento de la Cámara catalana, no conduce a ninguna parte ponerse tiquismiquis con esas menudencias.

Por higiene mental es conveniente asumir que no se proclamó el Estado catalán. Lo contrario nos llevaría a aceptar que Catalunya es desde ayer una república porque el Parlament no pudo avalar que se suspendiera la declaración de independencia. Su yo me lo guiso, yo me lo como fue exactamente así: “El Govern y yo mismo proponemos que el Parlament suspenda los efectos de la declaración de independencia para que en las próximas semanas emprendamos un diálogo sin el cual no es posible llegar a una solución acordada”. Cómo el Parlament pudo pronunciarse sin votar y suspender aquello por lo que no se le preguntó es otro misterio insondable.

Se decía que remover a Dalí en su tumba y arrancarle una muela para ver si había dejado descendencia sólo conseguiría desparramar el surrealismo. Como se vio ayer, más que una advertencia fue una premonición. ¡El procés ha muerto, viva el procés! Si surrealista fue una sesión plenaria en la que Puigdemont prefirió no volver a la tribuna por si fallaba con el trabalenguas y en el que se hicieron públicos los estudios de Junqueras sobre el Rh catalán, surrealista fue la posterior firma solemne de un documento por parte de los diputados de Junts pel Sí y de la CUP, con Lluís Llach de notario, en la que declaraban constituida la república que se había preferido no declarar previamente.

La llamada “Declaración de los representantes de Catalunya”, aunque en realidad fuera sólo de algunos, ni se registró en la Cámara ni se votó. Pretendía ser muy simbólica. ¿Qué valor tiene?, se le preguntó al diputado Quim Arrufat, entretenido en subirse por las paredes y amenazar con que la CUP no volvería a la actividad parlamentaria autonómica y dejaría en minoría Govern. “Escaso”, dijo.

Sin recelar de que la yenka de Puigdemont encierre una auténtica voluntad de diálogo y de aflojar tensiones, no es descabellado pensar que el éxodo de empresas y la escasa receptividad europea a una secesión unilateral han sido determinantes en el cambio de unos planes que, originalmente, contemplaban la proclamación formal de la república por eso del ahora o nunca. La marcha atrás y el humano temblor detectado en las piernas del president ha soliviantado a amplios sectores del independentismo. Podría ser que el sedicioso se convirtiera al mismo tiempo en un traidor de tomo y lomo. Surrealista a más no poder.

Bien con la declaración que nada declara o con la no declaración que lo dice todo, Catalunya se encamina hacia unas elecciones, ya sea por la disgregación del bloque independentista o por la respuesta del Dalí con barba de la Moncloa que, como se decía de Arafat, jamás desaprovecha la oportunidad de desaprovechar una oportunidad. Si no se proclamó la independencia no existirían motivos adicionales para desenterrar el hacha y suspender la autonomía. Y si todo formara parte de una hábil campaña de marketing del independentismo para mostrar al mundo lo represor que puede llegar a ser el Estado sería una magnífica ocasión para desactivarla.

Rajoy lleva desde anoche acampado en la encrucijada. De un lado está su carácter, muy Bartleby también, reticente a hacer algo, especialmente si supone fastidiarle las siestas; de otro, un entorno que le pide que actúe y hasta que les preste las llaves del tanque para hacer unos trompos por la Diagonal. Hoy podría ser un día estupendo para relajar a un país que ha estado al bode del ataque de nervios. Verán como viene el Gobierno y la jode.