Una apuesta con Joan Tardà

Además de a Roma, que es fin de trayecto, todos los caminos del conflicto en Catalunya conducen a unas elecciones anticipadas al margen de quien las convoque, ya sea Puigdemont en un pronto, o el Gobierno con la munición del artículo 155 y el PSOE de carabina. Por una cuestión doméstica y gastronómica, al que suscribe le vendría mejor la primera de las opciones, tal es la apuesta cruzada con el portavoz de Esquerra en un bar próximo al Congreso, que es por lo visto el único lugar donde no sólo es posible el diálogo sino también ver a Joan Tardá dando cuenta de una tortilla española, una escena que habría sido portada en el diario de Marhuenda.

Contra el criterio del diputado, que aseguraba que en los planes del Govern no figuraba anticipar los comicios antes de que Rajoy lleve al Senado el maletín nuclear e introduzca las claves, hay en juego una comida en defensa de la opción contraria, aquella por la que Puigdemont, con carácter previo a que se consume la suspensión del Govern y reeditando la declaración de independencia o dando por buena la no declaración suspendida, llamaría a las urnas en unas elecciones constituyentes para los soberanistas y autonómicas para el resto de los mortales.

A la vista del panorama, ésta sería la alternativa menos cruenta y la que más apoyo concitaría en ambos bandos, con la salvedad de la CUP, que ya viene afilando las uñas por si se le sirve en la mesa una tostada que ya se huele. Salvaría la cara al independentismo, presionado por la fuga de empresas y el escaso respaldo internacional del movimiento, y evitaría al Gobierno y a sus aliados el trago de intervenir la autonomía y provocar un conflicto social de consecuencias impredecibles. Quedaría el escollo de los Jordis, Sánchez y Cuixart, a los que unos creen rehenes y otros cabecillas, pero que podrían lograr la excarcelación en breve si prospera el recurso de sus abogados ante la Sala de lo Penal de la Audiencia, lo que es jurídicamente posible y políticamente conveniente.

Tras las elecciones se abrirían tres posibles escenarios. Si los partidarios de la independencia -juntos como desea un PdCat temeroso de caer en la irrelevancia, o por separado como prefiere ERC para pilotar desde la victoria la nueva etapa- consiguen incrementar sus apoyos, forzarían inevitablemente una negociación con Madrid en la senda del referéndum acordado. Si los mantienen, la patada hacia adelante serviría, al menos, para ganar tiempo, enfriar la tensión y restablecer los cauces de diálogo. Y si, por el contrario, el unionismo avanza, cobraría impulso la comisión parlamentaria para la reforma de la Constitución impulsada por el PSOE, alrededor de cuya mesa ERC ha declinado sentarse hasta el momento.

Los republicanos mantienen una desconfianza notable hacia los socialistas desde que allá por 2005 el zapaterismo les hizo la cobra. ERC se creyó sinceramente la promesa de una reforma del modelo territorial y hasta llegó a intercambiar material de trabajo con algunas formaciones ‘amigas’ como el BNG y la Chunta Aragonesista. Se convocó finalmente una reunión en la que ERC se manifestó dispuesta a suscribir un pacto de legislatura con el PSOE a cambio de que se publicaran las balanzas fiscales, se apoyara el proyecto de Estatut que estaba a punto de salir del horno del Parlament y se abriera el melón constitucional.

Los representantes del optimista antropológico enfriaron enseguida las expectativas. España, según se les dijo, no estaba preparada para un acuerdo semejante. El bloque de izquierdas tendría que esperar mientras se seguía con el pasteleo habitual: las alianzas con el nacionalismo de derechas encarnado en CiU y el PNV. Aquella experiencia dejó huella. A Pedro Sánchez, del que los republicanos tienen una opinión manifiestamente mejorable, no se le concede ni siquiera el beneficio de la duda.

Si Puigdemont convoca elecciones y el artículo 155 resulta inaplicable, Tardá habrá perdido una comida y el país se ahorrará algún que otro sobresalto que indigeste a muchos las lentejas. “Ejerceré de catalán y si pierdo iremos a un sitio normalito”, decía. Donde tú quieras, Joan.