Llegó la ‘ley’: pito, sota, caballo y rey

Cansado del juego de la pocha de la Generalitat al que tan aficionado es Piqué y que, a diferencia del tute, consiste en predecir el número de bazas que uno puede ganar –y han sido varias en los últimos tiempos-, Rajoy se ha pasado al mus y, al verse con escopeta y perro, ha lanzado un órdago a la grande artículo 155 mediante. El órdago es el más rotundo de los envites y el más empleado cuando se va de farol y se confía en achantar a los contrarios. Es un todo o nada que, en cualquier caso, se puede esquivar para limitar pérdidas porque las partidas son largas y, como dicen los que saben aunque pequen de machistas, hasta que no canta la gorda no se acaba la ópera.

Echar un mus con Rajoy no es sencillo. El presidente es de los que guiñan el ojo de las 31 al juego y al mismo tiempo te sacan la lengua para indicarte dos ases, lo que convierte sus señas en un cóctel ininteligible. Con este revoltijo de muecas ha de lidiar Pedro Sánchez, al que la situación catalana le ha convertido en su extraño compañero de mus porque de cama todavía se resiste. De semejante pareja se hubiera dicho hace tiempo aquello de ovejas separadas, lobo que engorda, pero ahora han dejado atrás sus disputas y después de barajar mucho las cartas con el riesgo de que se le caigan las bragas a la sota –otro micromachismo de la cosa- se han puesto en plan castigador con sus adversarios, unos pollos que, según dicen, se pelan solos.

Ignoran los contendientes que el mus al que juegan es una variante nada convencional en el que pueden perder todos, empezando por los mirones que, lejos de ser de piedra, tienen el corazón en un puño y muchos una bandera en la mano. Las tejas del seminario –o sea, el órdago del tándem constitucionalista- ya han empezado a caer sobre la cabeza de Sánchez, al que a su izquierda llaman traidor por aliarse con el enemigo y entre sus filas ha provocado un boquete por el que tratan de alejarse horrorizados y a la carrera varios alcaldes del PSC.

Tras años de no hacer nada, de sentarse a ver manifestaciones multitudinarias como quien ve pasar a la gente en la terraza de un bar delante de un doble de cerveza, el propio Rajoy puede ser víctima de su ímpetu y del se acabó el recreo, señores. Ganar el órdago anticipará el fin de la legislatura porque nadie querrá aliarse con abusones, empezando por el PNV al que ya no habrá forma de convencer con cheques nominativos para sacar adelante los Presupuestos y que tiene en remojo sus barbas por si el afeitado al vecino es de juzgado de guardia.

En otras palabras, todo apuntaría a elecciones generales en 2018, donde está por ver en esta ocasión que el truco del anticatalanismo le ofrezca réditos y la incompetencia no le pase factura. De la bienintencionada comisión para reformar la Constitución y al país ni siquiera se podrá decir aquello de que fue un remar y remar para morir en la orilla porque habrá muerto sin dar una sola palada.

Por lo que respecta a la pareja contraria, anda muy encorajinada y no es descartable que se deje llevar por la pasión y no por la inteligencia en un juego en el que no es aconsejable entrar al trapo cuando los orines del enfermo tienen un aspecto tan lamentable. Puigdemont no está en disposición de lanzar una de Antanares –dos a grande, tres a chica y cuatro a pares- y en su lugar haría bien en abrir el paraguas y pensar que los churros sólo hay que comprarlos cuando pasa la churrera.

Ver el órdago y resignarse a que te den la del pulpo sería una irresponsabilidad personal, si además se acompaña de una declaración de independencia con la que pueda ser encausado por rebelión, pero sobre todo colectiva. Cuando vienen mal dadas las cartas, cuando tiene sentido decir aquello de esto es sequía y no la de Etiopía, sólo cabe el paso atrás. Cuarenta años después del regreso de Tarradellas, Catalunya no se merece el embargo de su autogobierno ni la tensión que a buen seguro se vivirá en las calles.

Sólo un loco intentaría que lo que no ha podido defender sobre el tapete se delegue en la multitud porque nadie está en disposición de asegurar -como explicaba hoy Antonio Puigverd en La Vanguardia– que el sueño escocés no degenere en la pesadilla del Ulster. Ni su exigua mayoría parlamentaria ni los resultados de la patética y aporreada consulta del 1-O permiten otra cosa que no sea adelantar las elecciones y prevenir males mayores.

Para ganar al mus hay que ir al tran-tran y cansarse de pasar. Si alguno ha de salirse que lo haga con las suyas y no porque el contrario se empeñe en regalarle tantos. Son consejos que harían bien en tener en cuenta quienes hoy disputan esta dramática partida. No siempre tiene uno abierta la academia.