En un minuto hay muchos días

A la hora en que empieza a escribirse esta columna todo apunta a que el Parlament proclamará la República y el Senado autorizará sin condicionante alguno la intervención del autogobierno catalán. Claro que sólo son las ocho de la mañana y son posibles múltiples combinaciones. Puede que en su papel de mediador el lehendakari Urkullu aún tenga éxito. Puede que la DUI no logre aprobarse porque a algunos diputados de la antigua Convergència les tiemble el pulso y las canillas y voten no. Puede que  Puigdemont convoque elecciones tras el rechazo. Puede que el Gobierno acepte la enmienda del PSOE para paralizar el 155 si media un adelanto electoral y se detenga el reloj. Puede que Forcadell no deje votar la declaración porque la blusa no le llegue al cuerpo y se vea demasiado joven para penar por un delito de rebelión. Puede que, pasado el susto, Rajoy quede con Puigdemont para tomarse unas birras, que es el caldo en el que mejor flotan los pelillos a la mar. Y así.

Hoy puede ocurrir cualquier cosa en una nueva jornada histórica del conflicto que tiene a la Espasa desbordada por exceso de original. Tanta montaña rusa, tanta improvisación es muy lamentable cuando lo que está en juego es el destino de Catalunya y de España. La insoportable frivolidad de la que estamos siendo testigos es un inmenso espejo en el que se refleja la pequeñez de quienes gobiernan. Ayer contemplamos sus miniaturas: uno mudo y demudado, el otro ausente. No nos merecemos a estos personajes de tebeo.

Puigdemont ha conseguido que nadie le tome en serio. El vodevil de ayer, deslizando primero el adelanto de elecciones y negándolo después por falta de garantías pasará a los anales del disparate. Entre todos los papeles posibles, el de héroe y mártir de la causa y el de estadista de espaldas anchas para cargar con las acusaciones de traidor, eligió el de tarambana. Explicar su cambio de actitud es de diván de psicoanalista. El hombre que no declaró la independencia y la suspendió después no podía abandonar el escenario sin repetir la ocurrencia: suspender las elecciones que no había llegado a convocar.

Dicen que le entró el pánico, que le pudo el clamor de la calle, que se desmoronó al ver las dimisiones tuiteras de alguno de sus diputados y la amenaza de ERC de dejar el Govern, que la presión fue más fuerte que su determinación para detener el tren antes de que se quedara sin vías. Su gesto no fue el del valiente que duda, tal fue el elogio de Iceta, sino el del cobarde que se quita de en medio para que sea el Parlament el que decida, el dispuesto a dimitir para que el emboscado Junqueras asumiera la responsabilidad. Jamás mereció estar al frente de una causa que le viene exageradamente grande.

Rajoy, por su parte, tenía su incompetencia tan acreditada que no tenía nada que demostrar. Cualquier otro, al comprobar que la argamasa del independentismo estaba hecha de harina y agua, al ver que comenzaban las dimisiones, que el bloque se deshacía en pedazos y que el pueblo se volvía contra Moisés y le ponía de vuelta y media en el desierto, habría levantado un puente de plata con incrustaciones de piedras preciosas para facilitar el camino.

Cualquiera en su lugar, anticipando que en unas elecciones nada volvería a ser lo mismo, que Junts pel sí daba sus últimas bocanadas, que la CUP desenterraba el hacha contra sus aliados de conveniencia, que la coyuntura abocaba a ERC a emprender un camino distinto aunque se impusiera en los comicios, habría hecho un gesto inequívoco de que no aplicaría el artículo 155 para impedir a Puidemont el paso atrás. Si algo no puede mostrar el necio es inteligencia.

A la hora a la que se termina esta columna nada nuevo hay bajo el sol. El Parlament y el Senado aún no han comenzado sus sesiones. Puede que nada nos salve del abismo o que de repente se abra el paracaídas. “Esperaré noticias tuyas todo el día de la hora porque en cada minuto hay muchos días”, le decía Julieta a Romeo en su interminable despedida. Shakespeare sí que sabía de amores malditos.