Paco Frutos, el último fascista

La izquierda moderna, que ya ni siquiera es de salón sino de Twitter, ha tardado un clic en poner de vuelta y media a Francisco Frutos, exsecretario general del PSUC y del PCE y excoordinador general de IU, por participar en la manifestación de este domingo en Barcelona y arremeter desde la tribuna contra el independentismo y su “racismo identitario”. La cosecha de opiniones ha sido generosa en insultos: momia traidora, neoCid campeador, sinvergüenza, cínico, majadero y, por supuesto, fascista.

Al aquelarre contra el que fuera organizador en Catalunya desde la clandestinidad de Comisiones Obreras se ha sumado el PCE, que hizo público un acuerdo de su comité federal en el que se le reprueba por usar “el cargo que ostentó para ir contra la política y los acuerdos del partido” entre los que “siempre hemos defendido el derecho de autodeterminación”. A los excargos, especialmente a los depositarios del legado leninista, se les exige, al parecer, fidelidad hasta la muerte aunque ello sirva para negar otro principio especialmente válido para los herederos, según el cual, nadie puede ser más alto que aquel que camina a hombros de sus padres.

Con Frutos se puede estar o no de acuerdo pero a la gente que se ha jugado el tipo y lo ha pagado con la cárcel no se le puede llamar fascista porque, en contra de lo que luego se dijo, la dictadura no murió sola y entubada bajo la atenta mirada del marqués de Villaverde, sino gracias a la lucha de los trabajadores que impidió que se perpetuara más allá de aquel óbito.

Quienes protagonizaron aquella lucha -la que exigía esconderse día y noche, manejar varios pasaportes para viajar a París o a Normandía y participar en las reuniones secretas del partido, la que abocaba a ser encarcelado por convocar huelgas o detenido por conspirar contra el franquismo en los bajos de parroquias como la de Santa María Mitjancera, la del cura Torner, donde cayeron los 113, Frutos entre ellos, la que aglutinaba las reivindicaciones obreras y trabajó por el final de un régimen terrorífico- merecen respeto, reconocimiento y gratitud.

Frutos, como Sartorius, tiene todo el derecho a decir lo que le dé la gana y a defender, como él mismo ha escrito, la memoria de la España de la Primera y Segunda República, “la del heroísmo de los obreros y campesinos que la defendieron, la de las gloriosas Brigadas Internacionales, la de los grandes poetas, escritores y revolucionarios que la cantaron, glosaron y defendieron, la de los luchadores de la clandestinidad que pagaron con torturas, cárcel y muerte su defensa, la del nacimiento de CCOO y las grandes luchas sociales (…), la España de la clase trabajadora, de las mujeres y de los hombres que no claudican ni renuncian a nada. La de los que un día elevarán la bandera de la III República Española orientada al socialismo”.

Tiene derecho a recordar que algunos de los veteranos independentistas de hoy fueron “franquistas hasta la médula, activísimos en la economía, algunos con grandes negocios y beneficios en ella, en la administración y en los medios de propaganda, hasta el punto de que muchas veces eran los principales perseguidores del rojerío; o bien masivamente pasivos, por aquello de que con Franco había paz y pan”.

Frutos está en su derecho de opinar que una parte de la izquierda se quedó colgando “de los faldones del pujolismo”, que el nacionalismo es una “milonga”, que no está por el derecho a decidir y que el de autodeterminación no tiene cabida en España, y que para quienes propugnan un Estado federal republicano es “kafkiano” pretender una república catalana que luego se confedere con una república española en un proceso constituyente.

Puede que el noi de Calella, cuyas tías tuvieron que esconderle al poco de nacer bajo el establo para protegerle del crucero franquista Canarias y sus bombardeos, el joven campesino primero y después obrero metalúrgico, auxiliar de laboratorio, trabajador de una fábrica textil y representante, al tiempo que dirigente comunista y sindicalista, esté profundamente equivocado. Pero tiene derecho a que nadie le llame fascista sin que se le caiga la cara de vergüenza.