Moisés hace mutis de la tierra prometida

Tenía que ser un error que Puigdemont hubiera puesto pies en polvorosa porque, como ha afirmado Odón Elorza, un presidente no abandona a su pueblo al doblar la primera esquina. No se le hubiera ocurrido ni a Moisés, y eso que motivos no le faltaron. No le debió de resultar sencillo dirigir al gentío por el desierto a dieta de cereales como los del desayuno, subirse a un monte con la que estaba cayendo a por las tablas de la ley, que además eran de piedra para fastidiar más, y todo ello sabiendo que jamás pisaría la tierra prometida por su mala cabeza. Puigdemont, en cambio, ya estaba en la tierra prometida y había probado en Girona el primer vermut de la República. No se explicaba por tanto su cambio de sede social a Bélgica, salvo que fuera a Bruselas a por los mejillones de la tapa.

Tenía que ser un error que Puigdemont ya hubiera designado abogado para que le asesorara en la petición de asilo bajo los auspicios del neofascista Theo Francken. Tenía que ser un error que se dispusiera a afrontar la épica del exilio aunque rebajada a la categoría de propaganda y circo. Tenía que ser un error pero en gran parte no lo era, tal y como ha explicado hoy el protagonista en la capital de Europa. Según Puigdemont no ha dejado el país para pedir asilo ni para eludir a la Justicia sino movido por la prudencia y la seguridad y para evitar arrastrar a Catalunya a un escenario de violencia. No obstante, habrá que esperar sentado a que vuelva si antes no obtiene garantías de que saldrá indemne del envite.

Su mensaje no ha podido ser más alucinante. Una parte del Govern hace mutis para denunciar que el Estado español persigue ideas y no delitos y ponerse a salvo; la otra se queda en Catalunya para que se tenga a alguien a quien perseguir. Entre tanto, se pide a la sociedad que mantenga vivas las instituciones catalanas en peligro por la aplicación del artículo 155. Y, finalmente, se acepta el reto de las elecciones convocadas por ese Estado tan agresivo, por ese mismo artículo 155, pero se le exige que responda a la pregunta de si respetará los resultados.

Fruto del poderoso marketing de poder exhibir “presos políticos”, exiliados y “fuerzas de ocupación” o, sencillamente, del canguelo, la tocata y fuga ha causado un gran desconcierto, por mucho que la revolución de las sonrisas lleve a rajatabla eso de que en todos los trabajos se fuma y hubiese dado pie a Puigdemont a darse un garbeo por la Grand Place y disfrutar de sus terrazas. Fue proclamarse la independencia y las organizaciones sociales que la respaldan dieron el día libre a la concurrencia para llenar bares, cines, gimnasios y discotecas, irse a la montaña o a la playa y visitar a los abuelos, que también se lo merecen. Al parecer, con el hedonismo también se lucha y la prueba es que ya desde la CUP se proponía boicotear las elecciones que había convocado Rajoy para el 21 de diciembre con una “paella masiva insumisa”. Vale que haya cambio climático, pero ¿y si al día le da por llover? ¿Nadie había pensado en eso?

La perplejidad entre aquellos que se han creído a pies juntillas el procés y estaban dispuesto a la resistencia pacífica y la desobediencia que se les pedía para sostener el nuevo Estado ha tenido que ser mayúscula. Llamados el día del referéndum al heroísmo y a defender las urnas de las porras estatales, podían llegar a aceptar que la independencia se hubiera proclamado con el pasamontañas del voto secreto para no dar pistas al adversario. Ahora bien, ¿qué desobediencia tan extraña es la que practica la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, al acatar la disolución de la Cámara y convocar la mesa de la diputación permanente? ¿Cuál es la resistencia de los consellers que aún no han tomado las de Villadiego? ¿No se trataba de acudir a los despachos e ignorar su destitución o todo consistía en que Junqueras se acercara a apagar la luz y Rull a hacerse la última foto? ¿Es creíble que ahora se hable de una nueva estrategia que básicamente consiste en bajar los brazos?

Como alguien apuntaba con mucho gracejo en las redes sociales, los líderes independentistas tenían un plan A y, al fallar éste, echaron mano del B, un error colosal porque con Rajoy en B no hay quien pueda. Toca por tanto recurrir al plan C, perfectamente resumido en su tribuna de Twitter por Gabriel Rufián: “La República se gana el 1-O, se proclama el 27-O y se defiende el 21-D”. O para entendernos, y en palabras de Junqueras -al que hay que reconocerle la gallardía de aguantar a pie de obra las previsibles consecuencias judiciales y no salir pitando-, que las elecciones autonómicas convocadas por el Estado son una oportunidad para que el secesionismo haga oír su voz ya que lo contrario conduce al ostracismo y a la melancolía de lo que pudo ser o no fue.

En consecuencia, más allá de la paella de la CUP, un plan estupendo de domingo pero no para un jueves electoral -de ahí que ahora se lo esté pensando y ponga la decisión en manos de la militancia-, la actitud del bloque independentista ante la convocatoria del 21-D es la de acudir, aunque no está claro si reeditando el tótum revolútum o con la idea de que a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga. En esta última está Santi Vila, el exconseller de Empresa dimisionario que no cesado, que tiene en mente hacerlo en solitario, bien al frente de los restos del naufragio del PdeCat si logra imponer su criterio de ‘independencia sí, pero ajustada a derecho’, bien desde una nueva plataforma. “La gente está cansada de no saber lo que vota”, ha dicho hoy.

Para resucitar la imagen del plebiscito, a Esquerra le vendría bien una candidatura unitaria, siempre que fuera bajo el liderazgo de un republicano y mejor aún si lograse atraer a la lista a quienes ya tienen pie y medio fuera de Podem, Albano Dante y los suyos, tan agitados en los últimos tiempos que su imagen es un borrón insoportable para Pablo Iglesias, un clásico de la fotografía que no admite el menor movimiento, sobre todo si es espasmódico.

Rendidas aparentemente las débiles estructuras de la República de las cuatro horas, se abre un interregno que será más o menos convulso en función de elementos como el fiscal general del Estado, un pistolero de la Justicia al que se debería haber destituido fulminantemente por esa nota de presentación de las querellas contra el Govern y la Mesa del Parlament encabezada con un “más dura será la caída”. Con su tendencia a tomarse tan en serio su apellido, Maza la puede liar parda a poco que Moncloa le aliente o se encoja de hombros. Tampoco sería desdeñable la influencia del Tribunal Supremo en el supuesto de que le dé por reescribir el Código Penal y entienda por rebelión lo que ha podido ser una patochada aunque desprovista de cualquier atisbo de violencia.

Si todo discurriera por cauces normales dentro de la anormalidad, nada impediría que finalmente nos encontremos con la guinda del pastel más surrealista de la historia: un president independentista de la Generalitat de ERC, quizás apoyado por los comunes de Ada Colau, y otro en el exilio o dando vueltas por Europa. No habrá que perderse el traspaso de poderes.