Las aguas menores de Gallardón

El asunto de Inassa tiene a Gallardón descompuesto y en un tris de que sus propias aguas menores le pongan perdido el traje. En septiembre se aseguraba que estaba formalmente imputado o investigado como se dice ahora desde enero, cuando la Sala de lo Penal de la Audiencia asumía el criterio de la Fiscalía Anticorrupción para proceder contra quienes presuntamente habían “depredado” el patrimonio de la Comunidad de Madrid en la compra de esta empresa colombiana de aguas tan mayores como el supuesto sobreprecio abonado por la misma. Hoy, tras meses de silencio y en una entrevista en El Mundo, el excalde y expresidente de Madrid, exministro y siempre faraón, que ese sí que es un título vitalicio, niega estar incurso en el procedimiento y habérselo llevado crudo en forma de comisiones.

Lo de Inassa es algo más que sospechoso. El 51% de su capital pertenecía a Aguas de Barcelona y fue vendido en el año 2000 por 7,2 millones de euros a una empresa uruguaya de la que formaba parte uno de sus directivos, Francisco Olmos, y varios empresarios colombianos. Un año después el Canal de Isabel II, previa autorización del consejo de Gobierno de la Comunidad, formalizó la compra del 75% a través de una firma instrumental, Canal Extensia por 83 millones de euros. Para materializar la operación, el Canal adquirió una entidad panameña, Sociedad de Aguas de América, que era la que entonces poseía los títulos de Inassa. Según la Fiscalía el uso de esta última sociedad radicada en un paraíso fiscal sugiere que se trató de ocultar el destino real de los fondos públicos y en qué bolsillos acabaron.

Para Gallardón las cosas se complicaron con la declaración del expresidente de Inassa Edmundo Rodríguez Sobrino, quien ante el juez confirmó que lo que se había pagado por 80 valía 10 y que si hubo algún pelotazo era Gallardón y su equipo los que tenían todas las papeletas de la rifa. Paralelamente, se supo que el exregidor madrileño se había reunido con Enrique Cerezo y con el chino de la coleta, Ignacio González, al que las mismas aguas del Canal tienen preso, en la que presuntamente habrían sellado un pacto de silencio sobre el saqueo de la empresa pública, pacto que Gallardón niega aunque reconoce el encuentro.

Todo ello se ha aderezado con una conversación grabada entre González y Zaplana de lo más suculenta que avalaría la omertá: “Alberto –explicaba González- hizo una operación en la que no sé si estaba, pero desde luego su gente sí, que fue comprar el grupo en América. Compraron una sociedad, que no valía ni treinta millones de dólares, por cien. Con una autorización del consejo de Gobierno para comprar una sociedad colombiana y compraron una sociedad en Panamá. Con un diferencial fiscal de veinte millones. Con un crédito del Banco Mundial que a su vez avalaba el Canal de Isabel II (…) No soy como esta gilipollas (Cifuentes) que me ha sustituido. Me encontré a alguien muerto y dije tenemos dos opciones: o reventamos esto y es un escandalazo, o tratamos de arreglarlo. Tratamos de arreglarlo, pero tengo todavía un dictamen así, de Cuatrecasas, sobre toda la operación, que no te puedes ni imaginar”.

Para alguien que presupuestó el soterramiento de la M-30 en 1.200 millones de euros y superó los 11.000 –a tenor de las nuevas cifras que maneja el Ayuntamiento de Madrid-que se fundió 530 millones de euros para tener un despacho con vistas a la Cibeles o que se columpió en los aros olímpicos sin que esté muy claro aún por cuánto nos salió aquella aventura, el sobrecoste de Inassa sería un tema menor de no ser por los serios indicios de que hubo robo o pelotazo, dicho sea en palabras de Rodríguez Sobrino.

A Gallardón no le llega la camisa al cuerpo y la prueba es esa pactada entrevista en El Mundo en la que se justifica incluso el precio pagado por Inassa aludiendo a informes de bancos de inversión de hace ocho años que valoraban la empresa en 200 millones de euros ante una eventual venta. Nunca se ha podido demostrar que se lucrara con la política, pese a que a uno de sus amigos del alma, Fernando Fernández Tapias, se le escuchara más de una vez aquello de “yo soy el que le hago la hucha a Alberto”, frase que nadie nunca se tomó en serio por esa fama de bocachancla del naviero. Ahora todo está en cuestión.