La guerra de los 21 años ha concluido

Cuando pensábamos que lo habíamos visto todo, la vida, que es una tómbola, nos ha deparado otra gran sorpresa: Aznar, en la Ser 21 años después, el “fascista sociológico puro”, aquel “hombre muy mediocre, con oportunismo de bandolero y principios morales de muy poca calidad” -dicho sea a la cebrianesca manera- ante los micrófonos de la cadena, el “tóxico”, el político que “más ha dividido y enfrentado a los españoles”, el recordman mundial de “deslealtades, el presidente de un Gobierno que declaró la guerra a Prisa “con apoyo de una empresa semipública y un juez prevaricador”, en las mismísimas entrañas de su enemigo mediático por excelencia.

Algo ha debido de cambiar para que Aznar conceda una entrevista al grupo que le distinguía “con su odio”, que “intentó impedir que ganáramos las elecciones”, que luego “intentó impedir que gobernara”, el grupo “que como no puede destruir lo que hicimos trata de destruir el honor de una familia” -en referencia a las informaciones de que la trama Gürtel había pagado una parte de la boda de su hija-, el grupo del que le preocupaba que llegara a ser insolvente y no pudiera pagar “las condenas a las que cuales va a tener que hacer frente”.

De la propia entrevista cabe deducir que no ha sido el estadista perdonavidas porque sigue en sus trece. No se siente responsable de la corrupción de su partido, sigue defendiendo que Rato fue un político y un vicepresidente formidable, rehúsa pedir disculpas por la participación española en la guerra de Irak y si le dejaran él mismo se iría con un sabueso a buscar las armas de destrucción masiva, se niega a cambiar una sola coma de sus afirmaciones sobre el 11-M y está convencido de que Rajoy es un flojo que no le hizo caso cuando le advirtió hace seis años del peligro de escisión de Catalunya mientras se deshace en elogios a Albert Rivera.

¿Qué ha cambiado entonces? Prisa, naturalmente. La presencia de Aznar lo corrobora. El grupo, cuyo viraje de su buque insignia hacia la derecha ya no es objeto de debate sino de diaria constatación, ha dejado de ser la bestia negra de este infatigable liberal reconvertido al comisionismo. La guerra de los 21 años ha concluido y Aznar acude a uno de los cuarteles generales del adversario para certificar su victoria. Jesús del Gran Poder se estará removiendo en su tumba y Gabilondo en su sofá.

Prisa ha cambiado tanto que, si todo marcha según lo previsto, en un par de días tendrá como presidente no ejecutivo a un marqués, el de Amodóvar del Río, Jaime Carvajal, pese a que Cebrián mantendrá amplios poderes en esa línea editorial que hace las delicias de la ‘vicepresidenta del diálogo’, también conocida como Sáenz de Santamaría, y con sus estipendios intactos tras asegurarse la inviolabilidad millonaria de su pensión y de su bono. Aznar, que es muy impaciente, no se ha resignado a sentarse y ver pasar ante su puerta el cadáver de Juan Luis sino que ha acudido en persona al tanatorio. El caso es que no está muerto del todo pero sí muy cambiado y recubierto de oro.