Día de la marmota o tripartito

La agitada política catalana tiene un reverso sociológico de sorprendente estabilidad. Nada se mueve de manera significativa en ese magma, donde la pluralidad de opciones no impide que elección tras elección se imponga una suerte de gatopardismo en el que todo puede cambiar para seguir exactamente de la misma manera. Lo que hoy se llama fractura es una constante que se agudiza cuando la variable país se impone al eje izquierda-derecha y da lugar a dos bloques inquebrantables. Elegir un camino u otro está en manos de ERC, que es el fiel de la balanza. ¿Qué ser? ¿Más Esquerra o más Republicana y de Catalunya? He ahí el dilema.

Basta con repasar las últimas citas electorales para apreciar este fenómeno. En 2003 y 2006 CiU y Esquerra obtuvieron en conjunto un 42,84% y un 48,77% de los votos, respectivamente, pero un pacto de los republicanos con el PSC e Iniciativa posibilitó un tripartito que acabó con la hegemonía nacionalista. El experimento resultó un desastre. En los comicios de 2010 ERC perdió cinco puntos y tocó fondo con un 7% de los votos. Fue entonces cuando inició el viraje, más bien un giro copernicano, en el que la vía nacional arrinconó a la meramente ideológica. En esas mismas elecciones la suma de ERC, CiU (38,4%) y la efímera formación de Joan Laporta (3,28%) totalizó un 46,68% del electorado.

El cambio de estrategia hizo que ERC recuperara terreno. En 2012 alcanzó el 13,7% aunque el ‘bloque nacional’, junto a CIU y la CUP, retrocedió ligeramente hasta situarse en el 45,24%. Algo similar ocurrió en 2015, cuando Junts pel Sí, su coalición con Convergència, obtuvo el 35,59 de los votos y la CUP un 8,21% (43,8%). A poco más de un mes de las elecciones de diciembre, la última encuesta de La Vanguardia sitúa a ERC en cabeza con el 29,3%, y otorga al PdeCat (la antigua Convergència) y a la CUP un 10,4 y un 6,3% de los votos respectivamente, el 46% del total. Es el punto medio de una horquilla que se ha mantenido invariable en los últimos 15 años.

Los vasos comunicantes han venido funcionando con profusión en el interior de cada bloque pero de manera casi imperceptible entre ambos. Si a ERC le fue bien siendo menos Esquerra, al PSC le ha ocurrido justamente lo contrario. La pugna por acentuar su catalanismo y las sucesivas crisis y fugas de dirigentes proclives al soberanismo le hicieron pasar del 31,16% de apoyo electoral de 2003 -cuando Maragall ganó en votos las elecciones-, al 12,72% de 2015, una sangría de la que se ha alimentado Ciudadanos primero y la confluencia catalana de Podemos -hoy subsumida en la nueva formación de Ada Colau- después. Pese a ello, si en 2003 los partidos no independentistas representaban el 50,53% del electorado, en 2015 -incluyendo entre ellos a Catalunya Sí que es Pot – mantuvieron un apoyo del 48%.

Pese a la situación excepcional creada tras la aplicación del artículo 155 y la ofensiva judicial contra los dirigentes independentistas, no es previsible que los comicios varíen significativamente los parámetros ya conocidos. El independentismo puede ganar las elecciones pero será difícil que supere el 50% de los votos, y si los principales actores no cambian de estrategia Catalunya puede quedar atrapada en un interminable día de la marmota.

Por mucho que Ciudadanos se empeñe en atraer al PSC y al PP a un frente constitucionalista, convertir a Inés Arrimadas en presidenta se antoja matemáticamente imposible. En definitiva, todo se reduce a dos opciones: la reedición de un gobierno de independentistas con Junqueras de presidente o la conformación de un tripartito en el que necesariamente tendrían que participar el PSC y los comunes de Ada Colau.

Aun con su líder entre rejas, los republicanos han resistido las presiones para alumbrar una nueva coalición soberanista y, liberados del lastre del PdCat, se disponen a ejercer la mayoría que le dan los sondeos. En su mano está proseguir la cruzada por el referéndum pactado y/o la independencia o reorientar la política catalana y posponer el sueño hasta una ocasión más favorable. Que el quinto partido catalán en 2010, por detrás del PP y de Iniciativa, sea hoy la opción mayoritaria dice mucho de la inteligencia de sus dirigentes y de la estulticia de los convergentes, con Puigdemont a la cabeza. De marioneta de Junqueras, el presidente a la fuga ha pasado a ser un juguete roto, una extravagancia, muy capaz de conseguir que su partido desaparezca del mapa.

La vuelta a la transversalidad y a las alianzas ideológicas precisaría, como se ha dicho, de la complicidad del PSC y de los Comunes, que tampoco es una empresa fácil en lo que a los de Iceta se refiere. Los socialistas, que ahora parecen ver la luz al fin del túnel con su repunte en los sondeos, se han instalado en el ojo del huracán y en una de sus repisas han puesto los tiestos. El partido ha tenido más abandonos que el Tour de Francia, ya sea hacia las filas del nacionalismo o incluso a las del PP, tal ha sido el caso reciente del alcalde de Gimenells, incapaz de soportar la inclusión en las listas electorales de antiguos miembros de Unió. Constreñido en su espacio por C’s y En Comú, esta alianza contra natura con el nacionalismo blando de Durán será una maniobra inteligente si sirve para atraer a una bolsa de votantes -100.000 en las autonómicas de 2015- que acompañaron a UDC en su último viaje y se quedaron sin representación en el Parlament.

Pocos han reconocido a Iceta su labor de mediación para evitar la aplicación del artículo 155 y desde su flanco izquierdo ha sido puesto en la diana por aceptar con resignación lo inevitable. Muy posiblemente serán los mismos que le pedirán su apoyo si se dan las circunstancias para que un frente de izquierdas tome el relevo en la Generalitat. Es difícil imaginar una oferta que pueda ser aceptada por el PSC y no desencadene un terremoto interno con epicentro en la calle Ferraz de Madrid que rompa la escala de Richter. Todo es posible en la cama de la política si se cambian antes las sábanas. Eso sí, sea cual sea el camino elegido, siempre habrá algún dirigente dispuesto a abandonar la nave y a romper el carnet, que lo de darse simplemente de baja no parece suficiente en ese partido.

La baza del Govern transversal es la que aparentemente viene jugando desde hace tiempo Ada Colau, aunque la expulsión del PSC del equipo municipal de Barcelona sugiera que la alcaldesa no pasó del capítulo tres del manual de cómo hacer amigos. El divorcio, no obstante, parece más una estrategia electoral para echar la caña en el río del independentismo que una maniobra de acercamiento a sus posiciones. Colau, que es una equilibrista de fama, ya ha explicado que la ruptura del pacto municipal decidida con estrecho margen por sus bases es una cuestión de democracia y no un decantamiento hacia el secesionismo. “Todo el mundo sabe que no soy independentista”.

La formación de la regidora desempeña un papel clave en el equilibrio entre bloques. A unos les daría la mayoría indiscutible que persiguen y a otros les permite mantener la idea de que la mayoría del país no comulga con la independencia. En cualquier caso, el objetivo final y declarado del partido es claramente confederal: la constitución de una república que pueda o no compartir la soberanía con un Estado plurinacional.

Estas son las posiciones de partida al inicio de un proceso en el que no está todo visto y en el que resulta casi un imperativo la excarcelación de los exconsellers y de los líderes sociales del independentismo. La territorial no es la única cuestión que enfrenta una Catalunya que en los últimos años ha liderado los recortes en Sanidad, que ha disparado los precios de las matrículas universitarias y que ha mantenido un ritmo insoportable de desahucios. Con el pan no se puede jugar todo el tiempo.