Que llamen a la Virgen de la Cueva

Nuestra historia ha demostrado que la mejor forma de enfrentarse a la sequía no es la previsión ni la anticipación, que son dos términos casi desconocidos en castellano, sino confiar a especialistas la solución del problema. Uno de ellos, bien conocido, fue San Isidro, quien en el siglo XII en Madrid y con un solo golpe de azada hizo manar agua a borbotones, el único que debió de dar en su vida porque luego se supo que un par de ángeles le araban el campo mientras él rezaba. Otro muy celebrado en Rota es la imagen de Jesús Nazareno, a la que en 1917 sacaron en procesión un 21 de diciembre y regresó a su templo empapado y algo oxidado, porque hace dos días lo han intentado de nuevo con la talla para celebrar el centenario y siguen esperando la borrasca. Los que critican que nuestra planificación hidrológica es un desastre han de saber que la Iglesia ya ha empezado con las rogativas y que es cuestión de tiempo que el diluvio se presente.

Estos descreídos de los milagros han empezado a llenarnos la cabeza con ideas revolucionarias como que la escasez ha de gestionarse cuando llueve o que es incomprensible que un país con el 75% de su territorio en riesgo de desertización en el que el agua es un bien escaso prácticamente la regale, hasta el punto de que sólo Italia nos gana a generosos con la factura. A mayor abundamiento explican el despropósito que supone haber reducido a menos de la mitad la inversión en infraestructuras en medio de la sequía más pertinaz que se recuerda.

Confiado a los santos y las plegarias, el Gobierno ha hecho caso omiso de las demandas ecologistas que, ya en primavera, reclamaron establecer restricciones a los regadíos, lo que unido a la ausencia de precipitaciones en otoño ha dejado a los embalses al 37% de su capacidad. Lo racional habría sido adaptar la demanda a las previsiones, que se han cumplido inexorablemente. Entre enero y octubre de este año ha llovido de media un 25% menos que en el período 1981-2010. A ello se han unido temperaturas especialmente altas, que han reducido aún más el volumen de agua en cauces y acuíferos. Se suponía que Dios iba a proveer pero ha debido distraerse con la guerra en Siria.

Sobre el problema del agua en España convendría tener cuatro ideas claras. La primera es que el consumo humano representa el 14% del total frente al 80% de la agricultura y el 6% de la industria, por lo que, una vez asegurado el derecho a no pasar sed, el resto de los recursos debería gestionarse con el criterio de no favorecer la demanda. La segunda es que no todos pagamos el mismo precio por el agua: los españoles consumen 132 litros diarios a un coste medio de 1,89 euros el metro cúbico; el agua superficial de riego cuesta de media 0,02 euros el metro cúbico aunque puede llegar a los 0,40 euros si se trata de aguas subterráneas, trasvasadas o procedentes de desaladoras.

En tercer lugar, y con datos del INE de 2014, se pierden en las redes 657 hectómetros cúbicos, con los que podrían llenarse hasta los topes los tres mayores embalses que abastecen a Madrid (El Atazar, San Juan y Valmayor), aunque a los precios que se paga el agua sea más barato el derroche que sustituir las conducciones. Y por último, esto no es Noruega ni Escocia, pese a que lo intentemos construyendo campos de golf a cascoporro o planificando la mayor playa artificial de Europa en Guadalajara.

Como viene siendo habitual, nada sensato se ha puesto en práctica en décadas. No se han tomado medidas para cerrar el millón de pozos ilegales que se consienten y que mantienen decenas de miles de hectáreas de regadío tan ilegales como los pozos. Mientras, como ha denunciado con insistencia Pedro Arrojo -que además de ser diputado de Unidos Podemos en Aragón es profesor de Análisis Económico, doctor en Físicas, premio Goldman de Medio Ambiente, autor de estudios comparativos sobre la gestión del agua en California y España y miembro del Comité Hombre y Biosfera de la UNESCO, o sea, un ignorante en la materia- se mantienen infrautilizadas las desaladoras a un 15% de su capacidad en épocas de normalidad en vez de usarlas para recuperar los acuíferos.

El gran hito de los últimos años fue el proyectado trasvase del Ebro, una obra antieconómica con la que se frotaban las manos los florentinos de turno y un descomunal atentado ecológico que hubiera precisado la construcción de varios embalses en el Pirineo y el anegamiento de sus valles. El trasvase era un disparate: hubiera acabado en tiempo récord con el delta del Ebro y habría tenido un efecto letal para la regeneración de las playas del Mediterráneo al cortar el tráfico de sedimentos; no hubiera podido llevar un metro cúbico en época de escasez por eso de que las sequías no tienen epicentro en Murcia sino una dimensión regional, y tampoco habría servido para aprovechar las crecidas del río, ya que el canal apenas preveía recoger el 2% de las riadas. Todo ello sin contar con el precio del líquido transportado: un euro por metro cúbico, con el agravante de que, a diferencia del agua de desalinizadora que costaba la mitad, no era apta para el consumo humano porque no cumplía los estándares de potabilidad de la UE. Como se ve, todo eran ventajas.

Aparcados los trasvases, el Gobierno del PP ha puesto en pie un mercado del agua entre particulares que permite la transferencia de caudales entre cuencas interconectadas con la mera firma de un director general y sin ningún tipo de evaluación medioambiental sobre su conveniencia. En definitiva, no es necesario justificar, por ejemplo, que salga agua de la cabecera del moribundo Tajo en dirección al fenecido Segura si existe de por medio un contrato de cesión, que para eso se ha inventado el liberalismo.

Así que, de no cambiar la tendencia, habrá que resignarse a restricciones severas en 2018 y a que centenares de pueblos deban ser abastecidos con camiones cisterna, aunque por otro lado quizás pueda iniciarse un cambio del mapa de cultivos, en el que regadío intensivo –que en extensión sigue aumentando año tras año- dé paso a explotaciones sostenibles de bajo consumo de agua. El Gobierno no ha dicho todavía su última palabra. Tras los buenos resultados obtenidos en las cifras de empleo por la Virgen del Rocío, es muy probable que la ministra de Agricultura ponga en danza a la Virgen de la Cueva para que canten los pajarillos, se levante la luna, caigan chaparrones con azúcar y turrón y se rompan los cristales de la estación. En sus manos estamos porque San Isidro ya no maneja la azada.