Opinion · Tierra de nadie

¿Algún traumatólogo en la sala?

Una vez que en Catalunya han votado hasta los enfermos y que la pretendida mayoría silenciosa -la que decían que negaba con la cabeza desde el sofá pero se resistía a bajar a la calle- se ha demostrado un cuento chino, va siendo hora de buscar una salida al laberinto, aunque sea a pico y pala. Y es que, cansados de escuchar que el independentismo es un veneno que rompe las familias más que el alcohol y las drogas, hemos vuelto a comprobar que dos millones de personas han apurado el bebedizo sin un solo retortijón de estómago.

El análisis de lo ocurrido este jueves hablará de la polarización de la sociedad catalana como explicación última a que Ciudadanos sea hoy el primer partido de Catalunya y que las fuerzas soberanistas puedan seguir gobernando con uno de sus líderes fugado y el otro en la cárcel. Comprobarán de nuevo que existen dos bloques inamovibles que desprecian los vasos comunicantes si no es entre ellos mismos y atribuirán a la lucha entre el blanco y el negro el fracaso de quienes pretendían nadar entre dos aguas cargados de medias tintas.

Se dirá también que el sentimiento es una poderosa arma electoral y que cuando la gente vota con el corazón puede ocurrir cualquier cosa: que las encuestas vuelvan a columpiarse, que Puigdemont y su grupo de amigos hayan dado el sorpasso a Esquerra o que la CUP y el PP se vean forzados a compartir el grupo Mixto en el mayor de los sarcasmos que han dejado las urnas.

Habrá incluso quien repase el intenso debate que mantuvieron Azaña y Ortega a cuenta de Catalunya y compruebe que poco o nada ha cambiado en 85 años y que ambos tenían razón. El catalán un problema perpetuo que sólo se puede conllevar, “que ha sido siempre, antes de que existiese la unidad peninsular y seguirá siendo mientras España subsista”, como mantenía el filósofo. Y la política de Madrid ha consistido en negar el problema “y cuando el nacionalismo y el separatismo hacían progresos importantes en diversas zonas de la sociedad catalana, todavía la consigna de la política oficial y monárquica era que eso no tenía importancia, que eran cuatro gatos”, como sostenía el por entonces jefe del Gobierno.

Devueltas las fichas a la casilla de salida, sólo los irresponsables caerían en la tentación de volver a iniciar la partida como si nada hubiera ocurrido. Que el plebiscito, si es que lo ha habido, haya acabado en tablas no oculta la fractura de España en su conjunto y de Catalunya en su interior. Ni España puede construirse de espaldas a Catalunya ni la pretendida república es un solo pueblo que pueda edificarse sobre una de sus mitades. Así que si hay un traumatólogo en la sala que haga el favor de levantar la mano.

Los resultados tendrán consecuencias. Siendo verdad que los secesionistas no son mayoría, sí lo son quienes defienden que la independencia debe votarse, y eso es algo a lo que más temprano que tarde habrá que dar una solución, ya sea en forma de referéndum o de reforma constitucional. Si Rajoy, que es el gran derrotado de las elecciones y no su pivot Albiol, cree que aún puede manejar la situación con un 155 a la carta es que no ha entendido que su epitafio se acaba de escribir en catalán este mismo jueves. Al tiempo.