Presidente por Skype

Al rey del plasma, que era Rajoy, puede haberle salido un serio competidor al trono con este embrollo en el que ha derivado el llamado problema catalán. El aspirante no es otro que Puigdemont, reacio al regreso porque acabaría a la sombra, y cuyas aspiraciones para ser investido pasan por convertirse en un president en alta resolución y Smart TV o, como resumía el republicano Gabriel Rufián para desacreditar sus opciones, en un presidente por Skype.

Las dificultades para ser un presidente con tres puertos HDMI son, en primer lugar, de carácter político. Precisa de antemano que ERC lo apoye y está por ver que la simbología, la recuperación del statu quo previo a la aplicación del artículo 155, se imponga a la realidad. Tal y como han venido manifestando, los de Oriol Junqueras aceptarían votar la investidura de Puigdemont si éste acude al Parlament, que al fin y al cabo fue lo que prometió en campaña: “Para que vuelva el president, hay que votar al president”. En caso contrario, no permitirían que otro dirigente de Junts per Catalunya le sustituyera y defenderían que Junqueras, actualmente en prisión, fuera el candidato.

En el caso de que se llegara a un acuerdo en torno a Puigdemont para facilitar su investidura a distancia, las dificultades serían legales y técnicas. Tomar posesión del escaño no requiere la presencia física de los diputados electos, una situación en la que se encuentran Puigdemont, los cuatro exconsellers que le acompañaron a Bruselas y los tres encarcelados, y hasta es posible que el discurso de investidura, por muy estrambótico que resulte, pudiera retransmitirse en pantalla gigante porque el reglamento no exige expresamente su presencia física en la Cámara.

Los problemas empezarían a la hora de la votación, ya que aquí el Reglamento sólo contempla la delegación de voto en casos de incapacidad, enfermedad grave u hospitalización. Así que, sin la presencia física de los ‘refugiados’ en Bélgica y si los encarcelados lo siguen estando y no cuentan con el permiso del juez para acudir a la sesión no habría manera de sacar adelante la investidura ni en la primera vuelta –en la que se exige mayoría absoluta- ni en la segunda por mayoría simple. Todo ello a expensas de los ocho representantes de los comunes, que ya anunciaron que no darían apoyo a ningún candidato de Junts per Catalunya, pero cuya abstención en este caso sería decisiva. O de la renuncia al escaño de varios de los exconsellers para que corra la lista y las matemáticas no sean un inconveniente.

Para salvar estos contratiempos, ya hay quien pretende otra reforma exprés del Reglamento, a la manera de septiembre, lo que provocaría otra batalla legal con recurso al Constitucional incluido y un nuevo amanecer del día de la marmota. Antes habría que pactar la constitución de la Mesa del Parlament, en cuya presidencia los de Puigdemont pretenden sentar de nuevo a Carme Forcadell que, tras su breve estancia en prisión y la amenaza cierta de volver a ella, no parece estar por el martirio.

Todos estos condicionantes son los que animan la presión de populares y socialistas para que Inés Arrimadas no se desentienda e inicie una ronda de conversaciones con los partidos constitucionalistas, a la fuerza simbólicas, cuyo único objetivo sería disputar el protagonismo a los independentistas durante un interregno que puede prolongarse hasta el mes de abril, límite en el que ha de haber president o convocarse nuevas elecciones. A mayores, no se descarta que se encomiende a Albiol, que ya lo tiene todo perdido, una misión de comando para cortar el cable del satélite o de la conexión a Internet para fundir a negro a Puigdemont antes de su alocución.

Así está el panorama. O se fuerza la investidura de Puigdemont pese a los escollos de un camino impracticable hasta para las cabras o se permite que Junqueras, que podría obtener próximamente la libertad bajo fianza, restituya al “Govern legítimo”, al menos hasta que un hipotético procesamiento por rebelión le aparte de la presidencia. Todo lo demás conduce a una repetición de las elecciones. De momento, Samsung, con su tecnología Quantum dot para pantallas de 75 pulgadas, se frota las manos.