Opinion · Tierra de nadie

Los oídos del enemigo están escuchando

Hubo un tiempo que a lo que ahora se denominan fakes news se las decía noticias falsas o rumores en su fase más temprana, y a la guerra de la información –“un nuevo tipo de guerra” según nuestra ministra de Defensa- se la llamaba campaña de propaganda. Quiere esto decir que quienes parecen haber descubierto América a cuenta de la supuesta ciberinjerencia rusa para desestabilizar y desacreditar a las democracias occidentales y que se habría hecho notar en el referéndum del Brexit, en las presidenciales de EEUU, en las elecciones francesas y alemanas y, por supuesto, en el conflicto catalán, deberían repasar la historia de Colón y las tres carabelas. Todo está ya inventado y descubierto.

En los rumores se ha especializado el periodista, consultor y profesor de la Universidad Internacional de Catalunya Marc Argemí, autor de varios manuales sobre la cuestión. En uno de ellos describe las actividades de la Oficina de Información de Guerra de Estados Unidos y su Rumor Proyect, una enorme red de colaboradores que incluía a comerciantes, dentistas, profesores o policías, que periódicamente daban cuenta de los chismes y anécdotas que les llegaban para así combatirlos, ya fuera con información o con campañas de carteles para concienciar a la población con lemas del estilo Piensa antes de hablar o Los oídos del enemigo están escuchando. Según recoge Argemí, uno de sus grandes éxitos fue la censura voluntaria de datos acerca de la fabricación de la bomba atómica, de la que estaban al tanto un sinfín de personas y medios de comunicación locales.

Los norteamericanos no se limitaron a observar y contrarrestar los rumores sino que aprendieron a fabricarlos, siguiendo el ejemplo de los ingleses, auténticos especialistas en lo que a guerra psicológica se refiere. Hubo algún fiasco sonado como el impulsado por Gregory Bateson, antropólogo primero y cibernético después, que pretendió hacer realidad una vieja leyenda birmana según la cual el día en el que las aguas del río Irawadi se volvieran amarillas el enemigo extranjero, que en ese momento era Japón, abandonaría Birmania. Con las mismas, ideó un plan que consistía en lanzar al río decenas de latas de un aceite amarillo especial que usaban los pilotos para ser localizados en caso de ser abatidos en combinación con una campaña de rumores sobre la leyenda. El proyecto no llegó a ejecutarse porque las pruebas que hizo en su bañera fueron desalentadoras, tal y como predecían las instrucciones de los botes de aceite: “usar sólo en agua salada”.

Constatado que la desinformación y la propaganda no es un invento de los trolls rusos, de la obsesión de nuestros gobiernos por hacernos partícipes de sus efectos sobre la defensa nacional, la soberanía o la integridad territorial –Cospedal dixit- hay que suponer que somos potenciales víctimas de una guerra de la que no somos conscientes y cuyos efectos la inmensa mayoría de la población ni siquiera percibe. En ese contexto hay que entender el anuncio del presidente francés Emmanuel Macron de promover una ley contra las noticias falsas en períodos electorales. Previa denuncia de urgencia, un juez podrá ordenar la supresión de contenidos, la eliminación de cuentas de usuario o el bloqueo de las webs difusoras. Se resucita así el secuestro de publicaciones, una práctica muy de dictaduras y que aquí se creía superada con la Constitución, la consagración de la libertad de expresión como derecho fundamental y la inclusión de prevenciones en el Código Penal como los delitos de injurias, calumnias y atentados al honor por si alguien sobrepasa los límites.

No es descabellado pensar que la cruzada de Macron –que no perdona que en la campaña electoral que le convirtió en presidente se sugiriera que era gay o que tenía cuentas en Bahamas- pueda exportarse, que aquí receptividad no va a faltar por parte del Gobierno. Imaginemos qué habría pasado en este país en los días posteriores al 11-M previos a las elecciones generales con una legislación semejante. ¿No habrían tildado Aznar y sus muchachos como noticias falsas las que ponían en cuestión la autoría de ETA? ¿Acaso no se hubiera considerado –ya se hizo después- que las noticias que sostenían la hipótesis yihadista constituían un intento de desestabilizar al país y provocar un vuelco electoral?

Quienes se creen atacados por hackers de las estepas siberianas integrados en lo que aquí se vino a llamar la conspiración de la ensaladilla rusa son los mismos que han inundado los medios de comunicación de caricaturas que ridiculizaban a Putin o acentuaban el carácter sanguinario del Falete norcoreano, y que ahora piensan que deben reaccionar para esquivar las dosis de su propia medicina que les llega a la boca.

El problema de estos jueguecitos de contrapropaganda es que nos acabarán afectando seriamente. Con la excusa de protegernos de un enemigo invisible deberemos ceder libertades. Para que el adversario no nos escuche no se podrá hablar, ni escribir para que no nos lea. En la era de la información nos querrán mudos, ciegos y sordos. Ese es el panorama que nos espera.