Del Trafalgar de la derecha al San Quintín de la izquierda

Los vientos de la demoscopia siguen hinchando las velas del bergantín de Albert Rivera, que ya no surca el mar sino vuela y tiene al almirantazgo del PP tan preocupado que hasta a Rajoy se ha puesto a dar órdenes en plena siesta para que los suyos remen o, si la distancia se sigue acortando, lancen alguna andanada. Sorprendentemente, el peligro está a estribor, que era una amura que los populares creían acorazada por eso de que a derechas en alta mar o en tierra firme no había quien les ganase, pero los de naranja y su líder veleta tienen gran maniobrabilidad y sus cuadernas resisten cualquier cambio de dirección por muy brusco que parezca.

Según cuentan algunos cuadernos de bitácora, la navegación en esas aguas ha de confiarse a marineros muy curtidos y de ahí que Ciudadanos pretenda enrolar en su tripulación a quienes en algún momento Rajoy hizo saltar por la borda o abandonó a sus suerte y al descuido en algún puerto en el que hizo escala. Se menciona directamente a la marquesa y exdiputada del PP Cayetana Álvarez de Toledo, cuya pasión por las aguas le fue inculcada por ese capitán Ahab del periodismo que es Pedro J. Ramírez cuando tocaba defender su piscina ilegal en Mallorca en una dura batalla naval contra el independentismo. Fue así como de grumete de Acebes, a quien Ramírez le confió su adiestramiento, pasó a alférez de navío, apadrinada por Aznar en FAES, que otra cosa no será pero en lo referente a la derecha, extrema incluso, es una autoridad en los siete mares. Tras abandonar la flota rajoyana antes de que la dejaran en tierra, Álvarez de Toledo ha seguido navegando melena al viento desde Libres e Iguales, una plataforma por la unidad de España, contra el nacionalismo, el populismo y alguna otra cosa más acabada en ismo donde comparte travesía con muchos de los que botaron en su día el bajel de Ciudadanos.

Otro de los mencionados es Gabriel Elorriaga, que en su día sirvió a las órdenes de Rajoy como capitán de fragata pero que cometió el error de amotinarse cuando pensó que, tras la segunda derrota electoral del gallego, el naufragio estaba asegurado. Degradado por su insubordinación y empujado a caminar por el tablón para ser pasto de los tiburones, es otro de los que encontraron en FAES un puerto de refugio.

Tras ellos, obviamente, estaría Aznar quien, desde que rompió las amarras de su fundación con el PP en octubre de 2016, no ha dejado de levantar olas contra su sucesor digital, al que le gustaría dar matarile y mandarle al fondo del mar aunque sea para buscar las llaves. De sus repetidos elogios a Rivera por haber encontrado un discurso reconocible y haber dado “esperanza y convicción” a los catalanes, cabe deducir quién está prestando a Mister Orange los mapas de navegación para llegar a las Indias.

Harían mal las fuerzas de izquierda en confiar en que las escaramuzas de la derecha acaben en un sangriento Trafalgar porque si algo destacan las encuestas es que el ascenso de Ciudadanos ha inclinado el tablero a la derecha, de forma que una hipotética alianza entre los supuestos contendientes les otorgaría una mayoría absoluta de la que hoy no disponen. Contemplar la batalla desde el malecón sin apenas mover un músculo, hacer la estatua voluntariamente o por efecto de su desconcierto tras las elecciones catalanas, es el camino más corto para acercar a los mirones a San Quintín, pero desde el punto de vista de los franceses.

A diferencia de la izquierda y su incorregible querencia de hacer la guerra por su cuenta y a elegir al enemigo entre sus filas, las querellas de la derecha suelen resolverse de forma mucho más civilizada. Puede resultar herida Supersoraya o desterrada Cospedal, puede perder un ojo el propio Rajoy, singularmente el que no deja de guiñarnos, la disputa puede desnudar los principios de Rivera, habituado por otra parte al deshabillé, pero nada impedirá el armisticio si la suma ronda o supera los 175 diputados. El mar es igual de profundo en la tempestad y en la calma.