Opinion · Tierra de nadie

Si Inés Arrimadas fuera un hombre

Hablando de la invisibilidad de la mujer en la sociedad actual planteaba este martes la vicepresidenta de Valencia, Mónica Oltra, una interesante reflexión sobre Inés Arrimadas y su éxito electoral en Catalunya, al que atribuye el tirón que Ciudadanos tiene en estos momentos en España. Si Inés Arrimadas fuera un hombre –aventuraba- ya le estaría disputando el liderazgo a Albert Rivera, “pero es una mujer”. Es muy posible que lleve razón.

Sugería Oltra que la tranquila digestión que Arrimadas habría hecho de su triunfo, sin despertar en Rivera la sensación de haber criado un cuervo que podría sacarle los ojos al descuido o segarle la hierba bajo sus pies, era una consecuencia directa de su condición de mujer, poco dadas a las traiciones en política, a tener el reconocimiento que realmente les corresponde por sus méritos o, incluso, a exigirlo. Y bien podría estar refiriéndose al papel que juega ella misma en Valencia o tratarse de una indirecta al presidente valenciano, Ximo Puig, que no se sabe bien qué pensaría mientras la escuchaba en primera fila.

De lo que no cabe duda es que sobre el protagonismo de Arrimadas y su decisiva influencia en el auge electoral de Ciudadanos -al que algunas encuestas ya sitúan en cabeza en intención de voto- se ha extendido un tupido velo, una completa dilución a mayor gloria del partido y de su líder, empeñado en eclipsar ya en campaña a su propia candidata. En la hipótesis de unos resultados decepcionantes es casi una certeza que las culpas habrían recaído en exclusiva en la gaditana, a la que se reprochaba desde sus propias filas devaneos impropios con el catalanismo más moderado en un vano intento de ampliar su base electoral y a la que se fustigó en su día por haberse atrevido a acudir a un acto de la Confederación Empresarial Comarcal de Terrassa (CECOT), considerada la patronal del independentismo.

Para ignorar la relación directa entre el éxito personal de Arrimadas y el renovado empuje del partido muchos han mencionado el gran acierto de Rivera al impulsar un cambio ideológico desde el socialismo democrático que abrazaba en sus Estatutos al liberalismo progresista que se importó deprisa y corriendo desde Francia con permiso de Macron, el nuevo referente victorioso de mister Orange. Puede que intencionadamente, se ocultaba entre tanto que dicho viraje había acentuado la división interna en Ciudadanos, según recogía en junio del pasado año el diario El País, hoy principal apoyo mediático de Rivera. A este giro ideológico atribuía este medio el abandono de 130 ediles, 7 diputados provinciales, 5 diputados autonómicos y un consejero comarcal, ya fuera de manera voluntaria o directamente expulsados de la organización por sus críticas.

Ocurre todo esto en un partido que no se distingue precisamente por practicar la igualdad de género en sus órganos de representación, más allá de la surrealista propuesta de su portavoz adjunta, Melisa Rodríguez, de equiparar en derechos a hombres, mujeres y perros, esas personitas de cuatro patas. Es verdad que la propia Arrimadas fue elegida portavoz nacional de Ciudadanos, pero también lo es que sólo un 25% de los diputados nacionales de Ciudadanos son mujeres, que más de dos tercios del Comité Ejecutivo son hombres y que, salvo puntuales excepciones –la propia Arrimadas, Villacís en Madrid o Marta Rivera de la Cruz- el protagonismo principal se conjuga en masculino.

Si Arrimadas fuera un hombre es muy probable que alguien hubiese abierto el debate sobre quién debería comandar el naranjismo, de cuya función de báculo del PP se quejaban amargamente quienes hoy agitan su bandera y la de Tabarnia. Pero es una mujer, y Rivera puede dormir a pierna suelta y marcar deltoides.