Opinion · Tierra de nadie

El ministro del AVE

Lo de nuestro ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, tiene mucho mérito porque en medio de un océano de incompetencia este marino del Guadalquivir y del Juan Sebastián Elcano ha hecho de su ineptitud un faro que se yergue en equilibrio al estilo del coloso de Rodas, con una pierna en Madrid y otra -la de apoyo- en Sevilla, donde la lluvia es pura maravilla como es bien sabido. De cómo llegó Zoido al Ministerio y de sus espléndidas relaciones con Cospedal y la Virgen de la Macarena se han escrito enciclopedias, pero lo que sigue siendo un misterio es cómo ha logrado mantenerse en el cargo sin ni siquiera haber echado la llave por dentro.

Elevado por su antecesor a una considerable altura, Zoido y los compadres a los que el ministro encontró acomodo en el organigrama de Interior para no viajar solo en el AVE han superado holgadamente el listón y hasta se han permitido alguna que otra pirueta. A cualquier observador le hubiera resultado extraño que alguien pudiera sobrevivir políticamente al escándalo de las cargas policiales en Catalunya, a la maniobra de llenar de inmigrantes una cárcel sin inaugurar y vaciarla precipitadamente tras el suicidio de uno de ellos, o al colapso de miles de conductores durante una nevada mientras Zoido veía al Betis apalizar al Sevilla desde el palco del Sánchez Pizjuán y su cofrade la DGT presumía de su manejo de la crisis por Internet. Pero eso sería no conocer el talante del ministro, de su padrino Rajoy y las inconmensurables tragaderas de este país tan entrañable.

Comparecía este jueves el irresponsable de Interior en el Senado para dar cuenta del dispositivo policial en Catalunya, de su actuación el 1-O y del gasto correspondiente a la estancia de los hasta 6.000 agentes de la brigada Piolín, cuyo despliegue se ha mantenido por puro capricho durante más de tres meses. Entre el flete de los tres barcos, alojamientos en hoteles, manutención y dietas, la operación Copérnico -bautizada así no porque el astrónomo fuera polaco sino en alusión a un pretendido giro copernicano- nos ha salido por 87 millones de euros, equivalentes al coste de diez referéndums, si las cifras que en su día estableció el Tribunal de Cuentas para el 9-N son extrapolables.

Si el heliocentrismo de Copérnico revolucionó la astronomía, la chapuza de Interior hizo que la prensa del mundo entero fijara su órbita alrededor de la brutalidad de la Policía española, la vergüenza de Europa en expresión de la CNN. A la incompetencia para detectar las urnas que llenaron los colegios –“a ciencia exacta, todavía no se sabe el procedimiento por el cual pudieron llegar”, insistía Zoido-, se sumó la violencia gratuita para forzar el cierre de los lugares de votación –apenas se consiguió en un 15%- y el repliegue apresurado al mediodía tras el sofocón que provocaron en Moncloa las imágenes de violencia en las calles.

De esa violencia fueron culpables los Mossos no por actuar y los infiltrados del independentismo, todos menos quienes esgrimían las porras y dispararon pelotas de goma de manera “legítima, profesional y proporcional”. “No cabe hablar de ineptitud”, subrayó este distinguido cliente del AVE que, al día siguiente, ya estaba en Sevilla imponiendo esas medallas que su Departamento compra por miles porque salen más baratas. Es prácticamente imposible que a Zoido le ocurra lo que a su antecesor y alguien le grabe en el despacho oficial porque apenas lo pisa.

Hacer bueno a Fernández Díaz, a su ángel de la guarda y a su policía patriótica era una misión complicada pero no imposible. Si la coordinación entre los distintos cuerpos ya era débil, su restructuración de la Policía y la Guardia Civil acabó con ella, tal y como se evidenció en los atentados yihadistas de Barcelona y Cambrils. Llenar el Ministerio de amiguetes sin experiencia alguna en Interior como quien monta una caseta de la Feria de Abril tampoco contribuyó a aumentar la eficacia. Al timón del Ministerio no está un exalcalde ni un juez de carrera sino un diplomado en incompetencia. El misterio de su continuidad queda por fin aclarado.