Opinion · Tierra de nadie

Guasapeando la rendición

Ha tenido Puigdemont uno de esos momentos de debilidad, casi una crisis existencial, que le ha llevado a abrir su corazón al exconseller Toni Comín en una atípica confesión por Signal, que ahora además de un dentífrico es un servicio de mensajería instantánea. Viene el president cesado a reconocer la derrota, a denunciar que los suyos le han enviado al matadero como a un cordero lechal en Nochebuena y a anunciar que consagrará el resto de su existencia a defender su buen nombre, mancillado, según cuenta, por calumnias, rumores y mentiras. “No sé lo que me queda de vida (¡espero que mucha!), pero la dedicaré a poner en orden estos dos años”, afirmaba, en una clara invitación a Planeta para que le compre sus memorias.

La pájara de Puigdemont se producía después de que el presidente del Parlament, Roger Torrent, aplazara la sesión de investidura a la que optaba como candidato. Y ello tras el pronunciamiento del Tribunal Constitucional en el que imponía medidas cautelares a la vista de un recurso –el del Gobierno- que no ha admitido aún y que no debiera admitir nunca, salvo que la obediencia sea muy ciega o se quiera incluir el Derecho preventivo inventado por el sorayismo en los planes de estudio de la abogacía. El aplazamiento fue interpretado como un cisma soberanista, aunque poco más podía hacer Torrent si no quería acabar ante el Supremo y ser él mismo el inmolado, sin otro objetivo que satisfacer el capricho de Puigdemont de ser rehabilitado en la presidencia unos minutos, el tiempo justo para proclamar otro ‘ja soc aquí’ a más de mil kilómetros de distancia, convertirse en leyenda y dejar paso al siguiente.

Hay quien ha querido ver escrita en el guasapeo con el exconseller la nota de suicidio del procés y hasta una transcripción al catalán de El grito de Munch con marco y todo. Nada que ver con aquella arenga, tan bella como inútil, que lanzara -ya con la República abandonada a su suerte- el entonces presidente del Gobierno Juan Negrín a las Cortes, reunidas por vicisitudes de la guerra civil en el monasterio románico de San Cugat: “El vencedor lo proclama el vencido; no es él quien se erige en vencedor”. Justamente eso es lo que ha hecho Puigdemont con Rajoy, aunque más tarde se arrepintiera de enseñar la bandera blanca y rendir el fuerte sin un miserable emoticono intercalado en el texto.

El depuesto ha justificado el desahogo en esa condición humana que mete a cualquiera dudas en el cuerpo, pero es una excusa que no está permitida a quien juega a ser el héroe de un pueblo y a que éste recuerde su epopeya generación tras generación. Proclamar y desproclamar la República en ocho segundos, aventar una convocatoria de elecciones para arrepentirse después y tomar las de Villadiego o las de Gante son flaquezas que pueden entenderse en el camino hacia el mito. Una vez allí, no cabe llorar como Boabdil y rendirse en secreto, sobre todo si es chateando.

Sería normal que el independentismo se planteara abiertamente tomar un camino distinto al de un cabecilla que ha demostrado tener muy poca cabeza, un egocéntrico más preocupado por salvar su reputación que por el desengaño de esos cientos de miles de personas que, como Negrín, creyeron ingenuamente que mientras hubiera espíritu de resistencia habría posibilidades de victoria.

A Puigdemont –también al Gobierno- le resta explicar cuál es ese “plan de Moncloa” que ha triunfado y que, prácticamente, convierte en traidores a quienes prefirieron Estremera a un exilio en hotel de cuatro estrellas. No era necesaria ninguna conspiración para llegar a un “ridículo histórico”. Bastaba con idolatrar a un bipolar.