Guindos, el patriota

Juan Carlos Escudier

Con permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide, nuestra lumbrera de Economía, Luis de Guindos, se dispone a optar a la vicepresidencia del BCE, uno de esos cargos a la altura de quien no ahorró desvelos para que saliéramos de la crisis ligeros de equipaje. O con lo puesto, según se mire. Antes incluso de ser nombrado, al ministro ya han empezado a echarle de menos algunos banqueros, lo que da una idea del fervor popular que este hombre despierta a su paso y el enorme vacío que dejará con su marcha.

Tuvo Rajoy con Guindos ese ojo clínico que en ocasiones guiña compulsivamente. Puede que no viera llegar la crisis y que de la quiebra de Lehman, cuya filial en España presidía, se enterase cuando el cajero se le tragó la Visa Oro de empresa, pero nadie como él para diseñar un rescate financiero en el que ya hemos dado por irrecuperables cerca de 50.000 millones de euros o para crear un banco malo que ha resultado ser malísimo. Fue cocinero antes que fraile y mercado antes que ministro. Es un sastre que conoce el paño y eso le ha permitido hacer trajes a medida. ¿No iba a saber el exconsejero de Endesa lo que le convenía a las eléctricas? ¿Iba a ignorar el exconsejero de BMN lo que era un preferentista?

Después de dar todo por la patria y hasta dejarse estrangular por Juncker con la mejor de sus sonrisas, a Guindos se le quedaba pequeño el Ministerio y en algún momento, cuando se pensaba que Rajoy estaba muerto y no profundamente dormido, se le relacionó con una operación de altos vuelos que le debía situar al frente del Gobierno y a su amigo Soria, el clon de Aznar, a los mandos del PP. El supuesto contubernio duró un instante porque al yonki de los paraísos fiscales que era Soria le pillaron in fraganti en los papeles de Panamá y al malogrado Monti que era Guindos intentando colocarle después en el Banco Mundial para que disfrutara del clima benigno de Washington y de los más de 200.000 euros de salario libres de impuestos. Hay que reconocer que a los Guindos, especialmente a las sobrinas del ministro, les gusta Estados Unidos.

Tras fracasar sus opciones a presidir el Eurogrupo, Guindos se ha trabajado el puesto en el BCE y hasta se ha permitido escribir un breviario de sus memorias para que se sepa realmente quién nos salvó del abismo. Dicen que al país le conviene estar presente en el Consejo Ejecutivo de la institución y el ministro está dispuesto a sacrificarse a cambio de 335.000 euros al año. Dados sus conocimientos, mucho más profundos que los que Noé tenía de la lluvia, hubiera podido ir a cualquier sitio, a especular si quisiera con nuestra prima de riesgo, pero en vez de eso ha aceptado ser su ángel de la guarda.

Con la designación de españoles en organismos supranacionales nos pasa un poco como con la fruta: siempre exportamos lo mejor a Europa. Si hace falta cubrir una plaza en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos enviamos a una experta en patologías de la homosexualidad, y si se requiere un vicepresidente para la autoridad monetaria mandamos por Seur 10 al responsable del segundo milagro económico, porque el del primero ya hizo su gira mundial, volvió para hundir Bankia, y ahora espera a que mejore el tiempo para volver a ponerse su bañador amarillo en algún yate mientras a alguien se le ocurre como librarle de la cárcel.

Convencida Merkel de las cualidades de don Luis y halagada Christine Lagarde por las genuflexiones del madrileño y sus besamanos, es el PSOE el que se ha mostrado más reacio a darle sus bendiciones con el argumento de que lo que necesita el BCE es una mujer preparada, nada que el ministro no pueda solucionar con una buena peluca.

Dando por segura su designación, siempre que el irlandés Lane no le coma finalmente la tostada, falta por saber cómo resolverá Rajoy la vacante de Economía y si aprovechará el paso del Pisuerga por Moncloa para llevarse por delante a medio Gabinete, tal y como le pide un PP al que no le llega la camisa al cuello por el empuje de Ciudadanos en las encuestas. Pudiera ser el último servicio de Guindos a la causa. Lo dicho: todo por la patria.