Opinion · Tierra de nadie

La portavoza de Podemos confunde género y sexo

Aplaudida por su partido y por el PSOE, Irene Montero se ha autoproclamado ‘portavoza’ de Podemos, que puede parecer una patada en la espinilla al diccionario pero que es a su juicio una rebelión contra un lenguaje que durante siglos ha servido para perpetuar el machismo y hacer invisible a la mitad de la población. Donde algunos ven una simple ‘a’ y un palabro, Montero vislumbra una revolución, una conquista, un pequeño paso para la mujer pero un gran salto para la igualdad.

La dirigente -otra palabra que podría ser rebautizada con el agua bendita de la primera vocal porque aparentemente no se puede desdoblar y es de género común- parte de la idea de que al acabar con lo que entiende como sexismo lingüístico se dará un golpe definitivo al sexismo social, cuando es justamente lo contrario. De nada sirve llamar portavoza a una mujer que actúa en nombre de un grupo si no se consigue antes que ese rol no se identifique con un sexo en concreto.

Erróneamente, se confunde sexo con género y se incurre en lo que Álvaro García Meseguer definía como “sexismo del oyente”, que se produce tanto cuando se interpreta con un sesgo sexista una expresión que no es sexista como cuando no se detecta el sexismo en quien nos habla. Se podría acusar a Hobbes de machista –y seguramente lo era en otras cuestiones- por el enunciado de que el hombre es un lobo para el hombre, y Montero vería sexismo donde lo que hay es un uso genérico de la palabra hombre, que en este caso no significa varón sino persona y así debería entenderse. En eso consiste el sexismo del oyente.

La concordancia en español se establece por género y no por sexo, aunque es evidente que ambos términos tienden a identificarse. Que alguien hable de los fiscales y quien lo escucha asocie el término a acusadores públicos con barba no es culpa de la lengua sino una cultura patriarcal históricamente arraigada. Nada se conseguirá haciendo un Ibarretxe, mencionando a los fiscales y las fiscales o, si se prefiere, a los fiscales y a las fiscalas, si antes no deja de ser una rareza que las mujeres ocupen estos puestos. Siendo verdad que fueron hombres los que hicieron las reglas gramaticales y que por ello es habitual que el masculino sea también el genérico, la llamada economía del lenguaje hará imposible que en una conversación de bar alguien cite expresamente a vascos y vascas, a los ciudadanos y las ciudadanas, pero no por sexismo sino por simple ahorro expresivo.

Las palabras no determinan el sexo. “Ejército” tiene género masculino y ello no implica que las partes del colectivo hayan de ser necesariamente varones. Igual ocurre con las “comisiones parlamentarias” donde lo que sería extraño es que sus integrantes (o integrantas) fueran mujeres.

Yendo a la creación de neologismos para mujeres, que es lo que ha hecho Montero con ‘portavoza’ y lo que antes hicieron Carmen Romero con ‘jóvenas’ y Bibiana Aído con ‘miembras’, el idioma ofrece varias posibilidades. Una es feminizar la forma masculina, en línea con los ejemplos anteriores. La otra es aplicar la regla del género común, como se venía haciendo precisamente con ‘portavoz’ o lo que se hace con ‘periodista’. Y una tercera, la más inusual, es mantener la forma masculina, al estilo de “el juez Carmen García”. Ninguna solución per se es sexista y queda al libre albedrío de los hablantes escoger la que les parezca. El tiempo y la democracia de uso determinarán cuál es la que sobrevive y cuáles pasarán a mejor vida.

De ahí que sea un tanto injusto culpar a la Real Academia por incluir o mantener en el diccionario significados que pueden parecer ser sexistas y lo son –la última polémica por una de sus acepciones de ‘fácil’ como mujer que se presta sin problemas a mantener sexo- pero que sólo documentan el uso que se hace de determinadas palabras. La Academia es en sí misma un ejemplo de la diferencia entre sexismo lingüístico y sexismo social. No hay sexismo lingüístico en mencionar el empleo de un adjetivo si es real, pero sí existe sexismo social en una institución en la que sólo ocho de 44 asientos están ocupados por mujeres. De nada vale luchar contra lo primero sino se combate lo segundo, como bien sabe la portavoza de Podemos.