Opinion · Tierra de nadie

A los baroncitos y sultanas se les acaba el chollo

Decidido a no tropezar varias veces en la misma piedra o, lo que es peor, a cogerle cariño, Pedro Sánchez ha ultimado el golpe definitivo a ese feudalismo de mesa camilla que ha gobernado al PSOE durante décadas y que había construido una estructura clientelar sobre la que se cimentaba el poder de baroncitos y sultanas. El nuevo reglamento interno que aprobará este próximo fin de semana el Comité Federal da más poder al secretario general, sí, pero sobre todo acaba con las camarillas y otorga capacidad de decisión a los militantes, que ya no se limitarán a pegar carteles y a hacer la ola en los mítines tras ser acarreados en autobuses. Serán los que quiten y pongan a los líderes, los que aprueben o rechacen los pactos de gobierno y los que determinen el sentido del voto en las investiduras de candidatos de otros partidos.

Se trataría de algo parecido al haraquiri con el que las Cortes franquistas se tragaron el sable de la democracia, con la diferencia de que no se ha tratado de un suicidio colectivo sino de la ejecución pública de una aristocracia que si por algo se había distinguido en los últimos tiempos era por su habilidad en el manejo de la daga. El reglamento convierte a los afiliados en protagonistas de las grandes decisiones. No sólo podrán ser llamados a pronunciarse sobre determinadas cuestiones sino que también podrían imponer consultas en cualquier territorio si lo pide un 20% y hasta obligar a los presidentes autonómicos a disputar primarias si lo solicita un 40%.

El nuevo modelo acabará con las prebendas, con el poder omnímodo de los aparatitos, con el tráfico de cargos y con el chalaneo. Era una catarsis imprescindible en un partido dominado por una pandilla de reyezuelos de taifas que, mientras monopolizaban el poder, se permitían alertar de los peligros del asamblearismo y la podemización. Tales eran los cantos a las bondades de la democracia representativa de las susanas, lambanes y ximos de turno, que hubieran podido confundirse sus conjuras con un recital del Orfeón Donostiarra.

Eran estos caudillitos los que advertían del riesgo de un hiperliderazgo relacionado directamente con las bases y, por tanto, fuera de su control, lo que no dejaba de ser gracioso en un partido que implantó la pose de estatua para poder salir en las fotos. Y los que apelaban a la tradición del PSOE para oponerse a que la militancia tomara decisiones más allá de pagar la cuota mensual, por eso de que debían ser los pastores y no el ganado los que decidieran el sendero a tomar y los que mandaran a los perros a devolver al redil a los extraviados.

Se trataba de una colosal mentira o de una ignorancia supina sobre la historia de una organización que desde su fundación ha sometido a la opinión de sus militantes tanto las alianzas o la representación en reuniones internacionales como la decisión de participar en los Gobiernos, tal y como ocurrió en 1931 cuando se votó la continuidad en el Ejecutivo de la República tras el periodo constituyente. Los militantes elegían al director de El Socialista y decidían si podían convocarse o no congresos extraordinarios. Fueron ellos los que determinaron la integración del PSOE en el Frente Popular o los que, ya en plena guerra civil, eligieron a quienes debían ocupar las vacantes que se habían producido en la dirección del partido.

Tal y como destacaba el catedrático de Historia Contemporánea Fernando Martínez en un artículo sobre la cultura de consulta a la militancia del PSOE desde 1900 a 1975, la participación de los afiliados siempre fue entendida como la manera más adecuada de mantener la democracia interna, la relación entre dirigentes y bases y “la mejor fórmula para salvaguardar la cohesión de la organización, algo fundamental para la defensa de la causa obrera”.

Será interesante escuchar las críticas feroces –que las habrá- a este nuevo modelo justo ahora que algo más de 400.000 militantes del SPD están llamados a pronunciarse sobre la gran coalición en Alemania y, por extensión, sobre el rumbo de la política europea. ¿Son asambleístas los socialistas germanos? ¿Deberían haber aprobado la alianza con Merkel a espaldas de sus afiliados igual que se hizo aquí con la abstención que permitió la investidura de Rajoy?

Devolver la voz y el poder a los militantes era un paso imprescindible aunque se eche en falta un trato similar con los simpatizantes, a los que únicamente se permitirá votar al candidato a la presidencia o a los cabezas de lista en las autonómicas y en municipios de más de 50.000 habitantes si así lo deciden los órganos correspondientes. Los partidos no son solo de sus afiliados sino fundamentalmente de sus electores, a los que conviene hacer protagonistas y no reducir a simples espectadores. Es mejor trabajar la fidelidad que comprarla, porque ésta última dura bastante menos.