No hay descuido sino complicidad

Juan Carlos Escudier

Ha dicho Felipe González que en España no hay corrupción política sino un descuido generalizado que superaremos cuando los jueces dicten sentencias y los de su gremio se aten los machos. No es precisamente la mejor explicación que nos ha ofrecido el abuelo Cebolleta del socialismo. Un descuido es salir de casa y olvidarse la llave dentro o dejarse el calentador de gas encendido el día que comienzan las vacaciones y hacer cien kilómetros de vuelta para apagarlo. De los descuidos, por involuntarios, no se tiene consciencia inmediata, mientras que con la corrupción nadie del entorno suele ser ajeno sino cómplice. Indolencia culpable que se diría en cursi.

Sostener que el descuido es la explicación a la ciénaga es dar la razón a Esperanza Aguirre, la Cenicienta de los techos altos y condesa de Bombay, cuando reducía su culpa a un clamoroso fallo en su responsabilidad in vigilando, que es otra forma cursi de decir que miraba pero no veía o que contemplaba príncipes en vez de ranas antes del preceptivo beso en los morros. No hay descuido en quien contempla el súbito enriquecimiento de sus subalternos y les promociona sin dar la voz de alarma, ni lo hay en quien tras casi tres décadas de carrera política vinculada al núcleo podrido del PP de Madrid, tal es el caso de Cifuentes, se declara sorprendida y horrorizada por la mafia que le rodeaba. Lo que hay, en mayor o menor grado, es complicidad.

Mantener la honorabilidad de los presuntos malhechores hasta que éstos van camino de la cárcel y desacreditar luego su testimonio con el argumento de que los delincuentes no son creíbles puede funcionar en alguna ocasión, pero aquí los casos aislados ya son legión y la estrategia es insostenible. La charca de la lideresa ha sido un mero afluente de un río por el que ha navegado el PP y sus principales dirigentes. No ha habido ranas solistas sino orquestas perfectamente conformadas, y ya va siendo hora de dejar de atender a los violinistas para centrarnos en los directores.

Abraham pudo salvar Sodoma de la ira de Dios si hubiera encontrado a diez justos en la ciudad pero en el PP hubiera entrado él mismo con la antorcha por la puerta de Génova para hacer brasas del edificio. No quedan inocentes ni descuidados. Y en esas circunstancias se hace difícil no prestar atención a los malditos, aunque como en el caso de Granados, en vez de tirar de la manta lo haya hecho de la sábana para sugerir que bajo ella retozaron durante un tiempo dos de sus enemigos. No era necesaria tal maledicencia, que ni siquiera es disculpable en un conductor de volquetes.

La verdad es la verdad, la diga Agamenón, su porquero o un sujeto que escondía un millón de euros en el altillo de un armario empotrado. Y la verdad, o algo muy parecido, es que el PP ideó un sistema de financiación ilegal, que recibió mordidas a cambio de adjudicaciones públicas, y que de ese sistema, implantado a todos los niveles y territorios, se lucraron personalmente algunos avispados. Lo único generalizado no era el descuido sino la corrupción. Seguimos para bingo.